LA SOMBRA DEL CORDOBAZO

Por: Horacio González

Pueden revisarse las imágenes viejas, con preocupada nostalgia o dedicado afán de investigador. Las fotos son en blanco y negro. El Cordobazo ocurrió bajo esa paleta de color, lo blanco y lo negro. Y la tecnología que correspondía era la de la fotocopia. Por supuesto, se incendiaron fachadas de bancos y se rompieron vidrieras de las multinacionales. Pero Xerox representaba en ese momento el punto alto de las técnicas de reproducción de la imagen. No es posible pasar por alto que toda insurrección popular -o pueblada, si se le quiere dar un nombre más espontáneo-, busca afectar los símbolos de dominación, como una forma sustitutiva de lo que orondamente se llama la toma del poder. Los movilizados de ese momento, en la infinita duración del tiempo entre la retirada de la policía y la entraba de la Brigada de infantería auto transportada, hubieran podido ocupar la casa de Gobierno. Un vislumbre que suele ser sensato en medio de la convulsión, dice que es mucho menos importante ocupar los edificios públicos de gobierno -así había pasado en el Mayo Francés un año antes-, que afectar los emblemas y logotipos de las grandes empresas. El pensamiento de las masas en la calle no es violento, es simbólico. Se piensa desatando libremente el juicio sobre qué emblemas de poder o de mando significan el motivo del enfrentamiento. Menos sentarse en el sillón del gobernando que dejar la huella profunda de la discordancia con las señales diseñadas para transcribir el poder de los Bancos o de las Corporaciones.

No es posible pasar por alto que toda insurrección popular -o pueblada, si se le quiere dar un nombre más espontáneo-, busca afectar los símbolos de dominación, como una forma sustitutiva de lo que orondamente se llama la toma del poder.

En la producción sistemática de imágenes que carga consigo la movilización masiva, suele haber el retrato del manifestante con su honda que es la resistencia del que luego de actuar retrocede a buscar otra posición, pero por otro lado, la inusual circunstancia del retroceso del escuadrón de las policías montadas. En el Cordobazo, si hizo célebre esa filmación del Canal 10 de Córdoba, la policía a caballo dando la orden de retirarse a sus corceles. Retirada de los uniformados con casco, forma inusual en donde bebe el ánimo popular combatiente. No se ve todos los días la retirada perpleja de los que poseen las armas de fuego, ante el espectáculo de los cuerpos numerosos que conforman un bloque humano que se sabe imparable. De uno de esos policías que huyen sale el disparo que mata al obrero Mena. Córdoba, como tantos estudios recuerdan ahora, era la sede de desarrollo de una nueva clase trabajadora, centrada en la industria automotriz, y de un movimiento estudiantil que recorría los diversos senderos de las izquierdas. La protesta obrera no era directamente salarial, sino por las disposiciones sobre horas de trabajo y otras mañas burocráticas que afectaban la remuneración. Pero a partir de una agresión a los intereses materiales, se transitaba por la cuerda siempre tendida de la marcha hacia la fusión de todos los empeños colectivos bajo la consigna de la rebeldía general. Se lo decía con la admiración de la palabra aumentativa, Cordobazo, figura del lenguaje eminentemente utópica que intenta instalarse en un momento único y que significa un impulso multiplicado, de precipitada redención.

No se ve todos los días la retirada perpleja de los que poseen las armas de fuego, ante el espectáculo de los cuerpos numerosos que conforman un bloque humano que se sabe imparable.

[vc_column][vc_single_image image=»3544″ img_size=»large»]Punto alto y restallante de un aglomerado humano caminando por las calles empedradas de Córdoba -y también, sobre colchones de piedras arrojadizas, usadas y vueltas a usar-, lo ocurrido en esos dos días de mayo de 1969 recorta sobre la multitud a tres personajes centrales entre la maraña de rostros, torsos desnudos y overoles mezclados con las corbatas al vuelo de los estudiantes de Filosofía o de Derecho. Una es Agustín Tosco, que viste su mameluco orgulloso, no por querer ser un aditamento al que el dirigente sindical condesciende para certificar su apego a las bases, sino porque su estilo era ese. El de alguien que representaba a una ilusión de todas las épocas, el dirigente obrero revolucionario, con su política de masas y su indumentaria casi mitológica. Con su efigie, era un punto alto de las izquierdas sociales argentinas, no igualados luego. Atilio López, el dirigente tranviario del peronismo, un gremio fundamental para el paro, era un dirigente combativo, morochón de familia yrigoyenista, que contrastaba con el rostro del Tosco salido de las campiñas piamontesas. Peronista de la resistencia y del programa de Huerta Grande y La Falda, López fue luego el vicegobernador de Córdoba, derrocado por el navarrazo -la medalla opuesta a la del Cordobazo, su sanguinario reverso-, con el que comenzaba el ajuste de cuentas.

 

Cuando Atilio López viaja a Buenos Aires a presentar su renuncia sindical, es secuestrado por un grupo parapolicial y su cuerpo, encontrado en una localidad del interior de la provincia, estaba acribillado con saña.

Lo ocurrido en esos dos días de mayo de 1969 recorta sobre la multitud a tres personajes centrales entre la maraña de rostros, torsos desnudos y overoles mezclados con las corbatas al vuelo de los estudiantes de Filosofía o de Derecho. De esos tres hombres diferentes entre sí, el Cordobazo extrajo su savia, y ellos de los miles y miles de movilizados.

[vc_column][vc_single_image image=»3545″ img_size=»large»]El tercer dirigente del Cordobazo, salido del sindicato automotor, ligado a los núcleos vandoristas, era Elpidio Torres. Era el representante de los obreros afiliados a SMATA, el sindicato de las fábricas de automóviles, que superaban largamente el número de diez mil. Eran escenas masivas, con un aire a las filmaciones de Eisenstein. De esos tres hombres diferentes entre sí, el Cordobazo extrajo su savia, y ellos de los miles y miles de movilizados. Como toda memoria recurrente, porosa y abierta, el Cordobazo supera los trazos de las corrientes sindicales de la época, peronismo combativo, peronismo ortodoxo e izquierda independiente. Fue una gesta protagonizada por el pueblo de Córdoba, muy lejos de lo que hoy se llama “cordobesismo”, que postula un encierro localista y prejuicioso, desmentido por aquellos obreros y estudiantes que siguen transitando como sombras doloridas por nuestra memoria.

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