El largo camino a la CGT inmensa

Por: Paula Abal Medina y Martín Rodríguez

Ilustración: Nicolás Daniluk.

Ha concluido un tiempo, un tiempo pendular en el que nos movimos entre dos polos: la subestimación y la sobreestimación política del macrismo. Y entramos en la recta final de una campaña electoral impensada hace apenas seis meses. La contundencia del triunfo en las PASO de la fórmula Fernández-Fernández nos lleva a girar la mirada hacia adentro. Hacia nuestro propio campo de fuerzas. Nos preguntamos: ¿de qué se tratará la nueva coalición liderada por Alberto Fernández, quien fuera uno de los exclusivos arquitectos del kirchnerismo originario?

 

Hay una fórmula en boga: “cautela y moderación”. En boga por un runrún de fondo que precipitadamente la empieza a cuestionar por izquierda, y por la disputa en la que el triunfo de Alberto Fernández es reapropiado por sectores más amplios (diríamos “por derecha”). Pero una palabra más precisa podría ser la palabra “acumulación”. Argentina se encamina a una discusión con el FMI que será decisiva, y para ello el gobierno necesita espaldas anchas, fortaleza, respaldo popular, la suma de mayor legitimidad posible. Dicho rápido: no está en juego el nacimiento del “albertismo” (un nuevo ismo), sino una nueva época.

Discurso y omisión

Unos días atrás Hugo Yasky decidió crear una escena política al anunciar que la CTA de los Trabajadores iniciará el proceso de reunificación con la CGT. Es una manifestación muy significativa tras 28 años de ruptura. La CTA se armó interpretando un mundo del trabajo desmembrado, diciendo “la fábrica es el barrio”, interpretando incluso el desplazamiento territorial del peronismo. Después se focalizó en una lógica combativa, más monocromática. Como es obvio la reunificación necesita el acuerdo de la otra parte, que es la más fuerte: la CGT. Lo sabe bien el “Gringo” Castro, el secretario general de la CTEP, porque solicitó en ese carácter, en junio de 2018, el ingreso de la CTEP a la CGT y aún no tuvo respuesta. En esa representación esperan alrededor de cinco millones.

 

La configuración de las escenas es muy significativa: quiénes y cuándo y con qué enunciados. El anuncio se produce en tiempo de descuento electoral: Yasky acompañado por los candidatos de la plana mayor del Frente de Todos, Alberto, Máximo y Verónica Magario. Inmediatamente atrás Hugo y Pablo Moyano, Sergio Palazzo, Omar Plaini, el Gringo Amichetti. Cegetistas que se fueron de la CGT o de la instancia de conducción. Aunque no todos los que se fueron. De hecho, Juan Carlos Schmid, triunviro renunciante, no estuvo presente en el acto. Y así tampoco otros. Nadie de la CTEP. Es más: la CTEP como sigla no fue pronunciada en el discurso del Secretario General de la CTA. Y entonces tampoco la realidad extensa del trabajo que la misma CTA vio alguna vez en los barrios. Hay una filiación conceptual, un hilo histórico, que une la CTA a la CTEP que fue omitido.

 

El camino hacia la CGT inmensa es el más estratégico en el país que Macri gobierna. Entusiasma imaginar la conmoción que podría producir medio millón de maestras y maestros de CTERA en la CGT. El sindicalismo de guardapolvo tiene la huella del país policlasista. Como cuando Perón dijo hablando de las universidades: “de manera que tanto el pobre como el rico podían ir. Era un crimen que estuviéramos seleccionando materia gris en círculos de 100.000 personas, cuando lo podíamos seleccionar entre 4.000.000”. Por otro lado: ¿que podría resultar del encuentro entre UPCN y ATE?

El paraíso

El balance histórico del kirchnerismo nos enfrenta a que mejoró en el país muchas cosas, pero principalmente la tasa de empleo. La reinstalación de aquel Consejo del Salario incluyó sentar a la mesa a una CGT con fuerte capacidad representativa, de habitual desgaste público y de tono realista en sus demandas. La CTA también incorporada en aquel consejo apareció siempre más ligada a la lucha por la calidad del empleo y apegada a reclamos de máxima que subrayaban el carácter más testimonial de su presencia. Ocurre también lo básico: las dos centrales tienen culturas políticas diferentes. La CTA tuvo un sesgo más clasista y autonomista, heredero de otras tradiciones. La CGT sigue siendo heredera de un hecho maldito que nutre su poder: el lugar que pensó Perón para la clase obrera, la columna vertebral. Dicho mal y pronto: sólo a condición de “mutilar” el clasismo es que se construyó un movimiento obrero tan poderoso, y del que aún sobreviven estructuras vigorosas. El peronismo dotó a su programa reformista de un fervor y una energía verdaderamente revolucionaria, pero desde una visión indisolublemente nacional. Eso lo volvió difícil de sofocar.

 

Qué tipo de fuerza hay que construir, nos preguntamos, para un proceso tan determinante como la reunificación de la nueva multitud más heteróclita que la imaginación pueda concebir en una sola estructura sindical. ¿Fuerza de avalancha social? ¿Fuerza de la política? ¿Qué significará para la unanimidad presente en el plenario de CTA la autonomía sindical? ¿Cómo se concibe el movimiento sindical más importante de la región en un país donde la mayoría se autopercibe de clase media? ¿Cómo se reelabora la fuerza de la acción colectiva con el estigma del mundo sindical? Dijo Yasky: “autonomía no es neutralidad”. Pero qué es autonomía. ¿El tiempo entre ganar y ganar requiere “quemar naves”? El objetivo indiscutible es sacar a Cambiemos del gobierno con una elección tan contundente como las movilizaciones que horadaron su legitimidad, demostrando que el poder de bloqueo social no tiene en este país fecha de vencimiento.

 

Pero desde el 10 de diciembre: ¿qué articulación entre poder político y poder gremial? ¿Qué vínculo entre gobierno y movimientos? ¿Cuál es esa distancia sagrada, la separación que preserva los poderes de cada uno? ¿Y cuál el lugar de abstención? Porque en definitiva quedó claro alguna vez que querer eliminar el conflicto, un intervencionismo excesivo, no crea armonía sino que sólo elimina fuerza social.

 

Concluye el gobierno de Macri y, podemos decir aún sin esquivar responsabilidades y tensiones, que no ha mermado el poder sindical en Argentina.

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