EL DEDO EN LA LLAGA

Por: Martín Rodríguez y Paula Abal Medina

Juan Grabois se esfuerza por construir su lugar en la política. Venido de los movimientos sociales desde hace más de una década, encara hoy la trabajosa tarea de pasar “de lo social a lo político”. Desconocemos la suerte que tendrá, pero ese pasaje además no es tan abstracto, parece ser pasar de lo social al kirchnerismo. Incluso más: al entusiasmo de reconocer el liderazgo de CFK. A la vez, en este apresuramiento no sólo de reconocerla líder sino también candidata (algo que levanta polvareda, porque aventura lo que ni en el riñón más próximo de la expresidenta se dice), aparecen en el discurso de Grabois algunas “condiciones” para el apoyo (“sin los corruptos”, “sin los oportunistas”).

Juan Grabois se esfuerza por construir su lugar en la política. Venido de los movimientos sociales desde hace más de una década, encara hoy la trabajosa tarea de pasar “de lo social a lo político”. Desconocemos la suerte que tendrá, pero ese pasaje además no es tan abstracto, parece ser pasar de lo social al kirchnerismo. Incluso más: al entusiasmo de reconocer el liderazgo de CFK. A la vez, en este apresuramiento no sólo de reconocerla líder sino también candidata (algo que levanta polvareda, porque aventura lo que ni en el riñón más próximo de la expresidenta se dice), aparecen en el discurso de Grabois algunas “condiciones” para el apoyo (“sin los corruptos”, “sin los oportunistas”).

 

El motivo de estas líneas, entonces, se debe a esas condiciones que Grabois pone en su boca y que restallan sobre el campo opositor porque tocan la fibra de un tema tan delicado como indispensable. ¿Cómo se aborda la corrupción? ¿Qué se acepta o no de este tema de “agenda”? ¿Por qué Grabois puede decirlo? ¿Podía eludirse, podía no decirse; el desastre económico del gobierno autoriza esta omisión?

 

El efecto Lanata

Cuando en 2013 el programa de Jorge Lanata elaboró una serie de denuncias sobre “los bolsos” y la “ruta del dinero K” inauguró masivamente un género: la corrupción kirchnerista. Que políticamente fue subestimado al calor de una lectura lineal: la correspondencia entre reclamo institucional y clase. Diríamos que la eficacia de Lanata fue llevar “el tema” más allá de las fronteras de clase previsibles donde pesa o se prioriza “la calidad institucional”. Por la eficacia de los montajes, por la simplificación de los argumentos y por el carisma del conductor que se había fogueado hasta en el teatro de revistas, la jerga de esa ruta se incorporó al lenguaje popular y al costumbrismo político, contra una línea de defensa kirchnerista que parecía entrañar una “discriminación positiva”: creer que la corrupción sólo importa en ciertas capas sociales. Como si se dijera: si los pobres cobran AUH y ven fútbol gratis son impenetrables o incapaces de producir un discurso moralista y “burgués” sobre el manejo de lo público. Se repiten latiguillos en círculos politizados contra el famoso “honestismo”, que paradójicamente patentó Martín Caparrós, como si sólo fuera el mote de una ingenuidad “republicana” de quienes en nombre de las formas repudian los contenidos populares de ciertas políticas. Estas típicas diatribas contra los “puros” también se revelan como una contraseña entre “entendidos” y como una cesión de agenda: a la larga la reivindicación de la honestidad la puede encarnar un Macri. Es decir, subrayar la obviedad de que toda política es “oscura”, que tiene una acumulación originaria, y practicar con eso una pedagogía realista más que ampliar la comprensión sobre la política, subraya lo que separa a esos politizados de la sociedad “a representar”. Encima, la misma dinámica opositora empuja a denunciar las inmoralidades de los otros. Este duelo retórico que enfrenta a realistas con “ingenuos”, revela también una ingenuidad de los realistas: porque a la larga, ser oposición te lleva a ser más “republicano”. Te tiro los aportes truchos de Vidal, vos me tirás los bolsos. Y así. Finalmente, el impacto de esta serie de hechos denunciados fue y es policlasista. Golpea las costas de todas las clases sociales.

Cuando en 2013 el programa de Jorge Lanata elaboró una serie de denuncias sobre “los bolsos” y la “ruta del dinero K” inauguró masivamente un género: la corrupción kirchnerista. Que políticamente fue subestimado al calor de una lectura lineal: la correspondencia entre reclamo institucional y clase.

En estos tres años de gobierno macrista, esa avanzada mediática se transformó en judicial. De Lanata a Bonadío. Y sabemos las desprolijidades y vicios que envolvieron esta “cruzada”. Ahí se advierte entonces que las líneas de defensa desde el kirchnerismo son dos: 1) cuestionar las cuestionables violaciones judiciales (el abuso de la prisión preventiva que hace ruido hasta en las filas oficialistas, por ejemplo); 2) politizar los argumentos de la defensa en una lógica ideológica que convierte a todos los acusados en víctimas de una persecución política.Nos acusan de lo malo para avanzar contra lo bueno. Son razonamientos para entender la política pero que no ahorran el dedo en la llaga que coloca el propio Grabois: ¿se puede poner el debate de la ética pública sobre la mesa? ¿Se puede abrir eso hacia la sociedad? ¿Se puede hacer ese proceso a la luz? ¿Se puede reelaborar la experiencia política no sólo en el daño de los demás sino también en el daño a sí mismo que se hace un proyecto?

 

La campaña de López Obrador también fue “honestista” en el México bronco. Y así fue la de Bolsonaro en Brasil. Movidos entre extremos del arco ideológico, las dos figuras representan las aspiraciones en dos potencias regionales. Leemos este artículo de Pablo Stefanoni publicado en Anfibia: “No se puede reducir el ciclo progresista a la corrupción y borrar lo que implicó en el sentido del ‘derecho a tener derechos’ difundido entre los sectores populares. Pero tampoco puede pasarse por alto que, históricamente, el socialismo democrático combinó la demanda de ética pública con la de justicia social y que el desacople de ese binomio terminó por crear un hándicap moral de la izquierda que dificulta seriamente la (re)construcción de alternativas políticas anticonservadoras”.

 

Podríamos decir que esta combinación -demanda ética y justicia social-  tuvo en la experiencia del socialismo democrático europeo otro desacople, ya que la liviandad con la cual interpretó justicia social terminó por reducirlo a una simple versión de la derecha.

Autodefensas

En su último manifiesto, la Revista Crisis señala: “salvando las enormes distancias, el kirchnerismo se encuentra hoy respecto de su manejo de la guita en una posición similar a la que los setentistas padecieron en su relación con las armas durante el ‘retorno de la democracia’.  Desde la compra de armas que se adjudica a Evita tras el frustrado golpe de Benjamín Menéndez.

Las líneas de defensa desde el kirchnerismo son dos: 1) cuestionar las cuestionables violaciones judiciales (el abuso de la prisión preventiva que hace ruido hasta en las filas oficialistas); 2) politizar los argumentos de la defensa en una lógica ideológica que convierte todo en víctima de una persecución.

Desde las armas que dicen que, en 1955, el gobernador del Chaco (entonces provincia Presidente Perón), ordenó enviar a su residencia para entregarlas a funcionarios y dirigentes sindicales en pos de preservar el orden constitucional. Por este motivo Felipe Gallardo fue llevado a prisión por dos años (entre el 55 y el 57). Gallardo era un obrero y durante su breve mandato ejerció su cargo algunos días a la semana en la Casa de gobierno provincial y otros en el edificio de la Regional de la CGT. El gobernador era un representante de los trabajadores en cumplimiento de una constitución provincial que establecía que un cincuenta por ciento de los cargos serían ocupados por representantes de las organizaciones de trabajadores. Quizás no sea anecdótico recordar que Gallardo, el gobernador que expropió veinte mil hectáreas a Bunge y Born y repartió armas en 1955, consideró indispensable realizar una ‘Declaración Pública de Bienes’ consignando: una bicicleta, un carro, una heladera a kerosene y algunas pequeñas cosas del hogar.”

 

Es posible que en los años cincuenta se haya originado una práctica compulsiva: organizar la autodefensa, porque a los procesos políticos populares indefectiblemente les llega ‘la mala’.

 

Se habla entonces de aceptar la incomodidad que produce la política, lo que comúnmente se dice “el barro”. Pero esa exhalación de realismo estetizado por la euforia de los recién politizados no puede redundar en el cinismo. Sabemos que hay costos en el compromiso. Porque entonces: ¿cómo se sostiene (cuando sobreviene la mala) un proyecto político, el kirchnerista, que quiso -como un pálido reflejo- una transformación popular que sintonizara con el peronismo originario? ¿El reaseguro más actual sería la guita como sugiere la editorial de Crisis? Guita para las campañas, para aguantar los trapos cuando te lleven puesto o para garantizar una gobernabilidad que impida que te lleven puesto. Con el retorno a la democracia parte de la cotidianeidad política, las armas diseminadas por las múltiples militancias populares, se volvieron objetos vergonzantes. Ahora se repite: la plata desenfrenada por el entramado político, aparece como extemporánea y brutal, porque aún si hubieran existido motivos, no hay cómo reponer contexto. Mientras, asciende sobre nosotros una sombra sin contorno, el fenómeno Bolsonaro: urnas y tanques.

Sabemos que hay costos del compromiso. Porque entonces: ¿cómo se sostiene (cuando sobreviene la mala) un proyecto político, el kirchnerista, que quiso -como un pálido reflejo- una transformación popular que sintonizara con el peronismo originario?

La discusión resuena en otros lados: “hay una moralidad en la política -un asunto difícil, y que nunca ha sido tratado de forma clara- y cuando la política debe traicionar su moralidad, elegir la moralidad es traicionar a la política”. Esto planteaba Sartre enfrentándose con Camus a raíz del comunismo soviético. Para el filósofo está el lado desagradable, los costos de la política, los avances dentro de un limitado campo de posibles.Aunque después, con los sesentas, el campo de posibles resultó más extenso. ¿Cuál es el momento justo en el cual esta enemistad (con la moralidad) se lleva puesta a la propia política?

 

Volviendo a nuestros días empantanados por la formulación de un cristinismo sin corruptos: ¿sufrimos la paradoja de la autodefensa o fue otra cosa? Muchos dirigentes sociales dicen que la corrupción de los gobiernos de la región no fue en defensa propia. Si no parte de la estrategia del enemigo.

 

Hablando sobre los sindicatos hace unos cuantos años atrás, Horacio Ghilini buscaba argumentar esta tensión y hallaba estas palabras: “una cosa es el negocio, otra es el negociado, y te diría más, otra cosa es un principismo utópico tonto que no acepta que el poder es también el dinero. Está bien que los gremios tengan guita, pero el negociado está ahí, al lado del negocio. El negociado y el negocio, ahí las palabras son muy claras. Porque el negocio es parte de una estrategia de poder y el negociado es parte de la estrategia de poder del enemigo…”

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