CUANDO LA VIOLENCIA SE SUBE AL BONDI

Por: Leo Smerling y Cecilia Anigstein

La pandemia puso de relieve las condiciones precarias en las que se encuentran los trabajadores del transporte. En el caso de los colectiveros, además, la exposición permanente a situaciones de violencia e inseguridad plantea la necesidad urgente de pensar políticas transversales que los protejan y hagan valer su rol esencial en el día a día. Fotos: Télam.

La calle es el lugar de trabajo. La cabina es una ventanilla de atención al público metida en un monstruo de doce metros que se conduce en un tránsito caótico. Desde el asiento del chofer la violencia no es un concepto abstracto sino una experiencia cotidiana que parece no tener solución.

Las agresiones como las sufridas por el chofer Alejandro Martínez el pasado primero de octubre en Pilar son parte de una larga lista de ataques con palos, cuchillos y balas que se repiten cada dos o tres semanas. La respuesta a estos hechos se despliega como un guión no escrito. Los trabajadores reclaman, los medios cubren la noticia y el sindicato convoca a un paro que deriva en reuniones con funcionarios municipales y policiales. Usualmente la policía se compromete con un acta a realizar mayores patrullajes, presencia y controles estáticos en las paradas y operativos sorpresivos de tránsito. Pero la aplicación concreta de estos compromisos es insuficiente. Los policías paran tan solo a algunos colectivos, le toman los datos al chofer y nada más.  En un par de semanas queda en evidencia que se trata de medidas cosméticas.

Los choferes plantean posibles soluciones. Conocen bien ese territorio donde hacen su recorrido y pueden señalar las paradas clave donde la sola presencia policial podría hacer la diferencia. Pero los comisarios sostienen que no tienen los móviles necesarios para cubrir esa demanda.

Otra propuesta es que los colectivos tengan cabinas cerradas que aíslen al chofer de ataques con cuchillos o palos. Hay empresas que tienen los prototipos a la espera de la aprobación de la CNRT, pero la pandemia alargó los tiempos. Algunos conductores recuerdan con nostalgia la política aplicada por Patricia Bullrich y derogada por Sabrina Frederic de realizar controles de DNI entre los pasajeros. La experiencia demostró que estos operativos no son muy efectivos y generan más conflictos de los que resuelven. Pero al menos les restaba la amarga tarea de lidiar con potenciales agresores, argumentan.

La violencia latente define la relación entre choferes y una parte del pasaje, que se resume en una paradoja: todos/as temen que el/a otro/a explote. La mecha se acorta cuando se quiere viajar sin pagar boleto, como sucede a diario. Por un lado, el conductor se expone a sanciones que van desde apercibimientos leves hasta suspensiones (que pueden ocasionar la pérdida del adicional por presentismo). Por el otro lado, la frustración del pasajero/a rechazado/a puede escalar en instantes en una situación de violencia verbal y/o física.

La violencia latente define la relación entre choferes y una parte del pasaje, que se resume en una paradoja: todos/as temen que el/a otro/a explote. La mecha se acorta cuando se quiere viajar sin pagar boleto, como sucede a diario.

Ahora bien, la inseguridad es una preocupación cotidiana, que suele además legitimar socialmente las medidas de fuerza en el sector del transporte de pasajeros más que los reclamos salariales o por condiciones de trabajo. Pero existen otros móviles de peso como telón de fondo del paro de los colectiveros del jueves pasado que generan un enorme malestar y demandas insatisfechas entre los trabajadores.

En primer lugar, el congelamiento salarial. Los choferes aseguran que el retraso salarial se arrastra de cinco años atrás. Sin novedades de recomposición en el 2020, el básico de es de 34435 pesos, con un salario conformado que ronda en los 41000 pesos mensuales, por debajo de la canasta básica del INDEC. Primera línea y trabajo esencial, los colectiveros esperan tanto la recomposición de los salarios como el reconocimiento social y simbólico: “El Presidente no nos felicitó, se olvidó de nosotros” dice Miguel González, delegado de la UTA de la línea 57, en la zona oeste del conurbano.

En segundo lugar, un enorme malestar por el incumplimiento sistemático de las medidas y protocolos preventivos que se establecieron para el transporte de pasajeros. Un secreto a voces. Vector preferido de propagación del Covid, la circulación en el transporte público en el AMBA que fue restringida vía decretos y resoluciones del Poder Ejecutivo es letra muerta. Sin controles efectivos y con la mitad de la población trabajadora en condiciones de informalidad y precariedad, subir al bondi sin el Certificado Único para circular es una necesidad y un enorme riesgo. Tiempos de espera extenuantes en las paradas y colas infinitas de cientos de metros en las cabeceras, que, si bien ya eran parte del paisaje del conurbano bonaerense, en pandemia están perforando el umbral de la paciencia de los hombres y mujeres de a pie que salen a ganarse la vida todos los días.

Son los choferes los que regulan directamente, a consciencia, el pasaje en los coches y garantizan que no viajen personas paradas: “Nosotros somos los responsables de llevar a la gente y de lo que pase, que llegue a su casa y que vuelva a su trabajo. Somos la cara visible de todo lo que pasa” explica Fernando, chofer de la empresa La Perlita en Moreno.

Son los choferes los que regulan directamente, a consciencia, el pasaje en los coches y garantizan que no viajen personas paradas: “Nosotros somos los responsables de llevar a la gente y de lo que pase, que llegue a su casa y que vuelva a su trabajo. Somos la cara visible de todo lo que pasa”

Como está sucediendo en la mayoría de los lugares de trabajo desde el inicio de la pandemia, los déficits en materia de inspección laboral y control de la circulación del Estado provincial y de los Municipios, han significado en los hechos que sean los propios trabajadores y principalmente los delegados sindicales quienes se han puesto al hombro la responsabilidad de cumplir y hacer cumplir los protocolos y medidas preventivas: “Del día que comenzó la pandemia, del día cero que nosotros estamos trabajando sin apoyo de nadie, pero de nadie, nadie en general. Fuimos los primeros en salir corriendo y tratar de ponerle a colectivos las lonas, que son plásticos. Se tomó eso como iniciativa, como aislar a los compañeros y salimos todos los cuerpos de delegados a tratar de hacer eso. Después salió un DNU del gobierno, junto con la CNRT, que daba el protocolo a seguir. Ahí empezaron a repartir alcohol gel a los coches, primera medida alcohol gel. Después el nylon, cubrir el lugar del chofer, barbijos y guantes” Dice Miguel González. Y agrega: “En la pandemia yo te puedo asegurar que nosotros, no solo como cuerpo de delegados de esta línea, en general en todas las líneas, somos los que estamos a rajatabla con este tema, tratando que no falte alcohol gel en las cabeceras, que le den alcohol gel al chofer cuando sale a trabajar, que se desinfecte cuando corresponde”.

Con las restricciones por la pandemia surgieron nuevos focos de conflicto. “Hay la gente que intenta subir al colectivo sin barbijo ¿qué haces ahí?” se pregunta el delegado de la línea 57. Además, aunque solo los trabajadores esenciales están autorizados a viajar en transporte público, los choferes denuncian que no se realizan los controles y “viaja cualquiera”. Según la Resolución 197/2020 del Ministerio de transporte, a quienes utilicen el transporte público dos días seguidos sin permiso de circulación se les debe bloquear la tarjeta SUBE durante una semana. Pero los choferes plantean que esa medida no derivó en un descenso de pasajeros. La multiplicación de focos de conflicto pone de manifiesto la dificultad de los choferes de resguardar la seguridad de sus pasajeros cuando en esas calles se juegan su seguridad a cada momento.

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