VIOLENCIA POLICIAL Y AUTORITARISMO: EL «LEOPARDO» DE CHUBUT

Por: Sebastián Sayago

El video del entrenamiento policial que coloca al piquetero como delincuente es apenas una muestra del tipo de política de mano dura ejercida en el distrito gobernado por Mario Arcioni frente a las manifestaciones contrahegemónicas, producto de la crisis que atraviesa la provincia. Pero lo que en una primera mirada parece producto de microexcesos, es en rigor un modelo que encuentra similitudes en otros distritos de la Argentina.

Si uno ve una mancha y luego otra y luego otra, cada una aislada, separada del resto, posiblemente tenga una percepción fragmentada de la totalidad. Solo manchas sueltas, al fin de cuentas. Pero, si las interrelacionamos, puede tomar forma delante de nuestros ojos la naturaleza íntegra del fenómeno. Un leopardo, por ejemplo.

Más o menos esto es lo que pasa con la violencia institucional y la política de mano dura. Puede ser percibida como una serie azarosa de microexcesos: un pibe molido a golpes en una comisaría, un activista asesinado en una maniobra de represión, un exceso de violencia en un operativo policial, la denuncia por alguien que pudo haber desaparecido por acción de las fuerzas de seguridad, un funcionario que respalda prácticas autoritarias -o directamente criminales- de la policía. Un continuum de casos que parecen acontecimientos singulares, desgraciados accidentes, hechos excepcionales. En Provincia de Buenos Aires, en Tucumán, en Chubut, en una ciudad, en otra…

Sin embargo, estos eventos son muchos y repetidos. Demasiados para pensar que solo son atribuibles a un grupo de policías, a un jefe de seguridad, a un ministro o a un gobierno. Es algo de mayor envergadura. Más general y más profundo, si se quiere.

Lo que ocurre en Chubut se inscribe en esta tendencia general. Vale apuntar, en principio, que es una provincia atravesada por una crisis profunda. O varias, según se mire.

Por un lado, el Estado está quebrado por una deuda externa impagable, que ha ido creciendo de manera descontrolada durante diez años. La situación no deja de ser sorprendente, al tratarse de una provincia que recibe muchísimo dinero en concepto de regalías petroleras. Este desmanejo (por emplear un eufemismo) condujo a una deslegitimación de la clase política tradicional, es decir, la que ha ejercido el gobierno, ya sea en el ejecutivo o en la legislatura.

Por otro lado, hay al menos tres luchas que pueden ser consideradas contrahegemónicas o, al menos, contrarias a las políticas estatales: la lucha socioambiental en contra de la minería metalífera a cielo abierto (o megaminería), la lucha de las comunidades mapuche-tehuelche y la lucha de los docentes provinciales.

La primera se opone al lobby minero, integrado por empresarios, funcionarios y burócratas sindicales; la segunda se opone a los terratenientes y al Estado blanco (winka), que promueve un régimen de despojo y desconocimiento, y la tercera enfrenta los gobiernos que, siguiendo lineamientos neoliberales, ajustan a los trabajadores y desfinancian los sistemas públicos. Entre las metodologías de lucha que desarrollan hay una que comparten: el corte de ruta, es decir, el piquete.

Y las tres luchas molestan al gobierno, porque lo critican, porque hacen denuncias, porque lo ridiculizan y le quitan autoridad. Todo el dinero que éste emplea en controlar a la prensa mediante la pauta oficial resulta insuficiente.

Entonces, hasta la irrupción del coronavirus, había manifestaciones, pronunciamientos y paros docentes en toda la provincia. Unos se movilizaban en contra de las intenciones del gobierno de aprobar un proyecto de zonificación que habilitaría la megaminería, otros, en reclamo de la devolución del territorio enajenado y otros, exigiendo que les paguen el sueldo en tiempo y forma. En este escenario, aparece la figura de Federico Massoni, mano derecha del gobernador.

Elogio de la mano dura

Cuando Mariano Arcioni cambió el sillón de vicegobernador por el de gobernador, a partir del fallecimiento de Mario Das Neves, Massoni pasó al primer plano del staff político. En 2019 asumió como Ministro Coordinador de Gabinete y, rápidamente, demostró rasgos cuestionables: razzias en barrios pobres, discursos autoritarios, declaración de apoyo a Patricia Bullrich, actitudes soberbias y egocéntricas.

Hubo un acontecimiento que expuso con claridad su perfil. Luego de meses de paro y cortes de ruta de docentes, en noviembre, colaboró activamente para que una patota del Sindicato de Petroleros desaloje violentamente un piquete en el acceso sur de Comodoro Rivadavia. Fue en su vehículo en plena madrugada, ordenó que se corte la iluminación pública en el sector y, así, los muchachos del secretario general del gremio, Jorge “Loma” Ávila, sacaron por la fuerza al grupo que protestaba, compuesto en gran parte por mujeres.

Ese mismo día, a la tarde, se produjo en la ciudad la movilización más grande de la historia (30.000 personas) en repudio a la agresión. Días después, presionado y a regañadientes, Arcioni tuvo que pedirle la renuncia. Pero, en un gesto de burla o de impunidad, en diciembre, al reasumir como gobernador, Arcioni lo designó al frente del Ministerio de Seguridad.

Desde entonces, y estimulado por la cuarententa, Massoni dio rienda suelta a sus excesos. En abril del año pasado, se filtró un audio del director de Seguridad de la provincia en el que pedía a un comisario “Tratá de meter gente en cana”, porque el ministro pensaba que no había suficientes detenidos. Durante la pandemia aprovechó también para cambiar el logo de la policía, agregando un águila imperial que, por su similitud, remite directamente al águila nazi.

También aprovechando la cuarentena, montó un centro de detención en gimnasios municipales de Trelew y promovió numerosas acciones de exceso en el uso de la fuerza. En los primeros dos meses se realizaron más de 5.000 detenciones y se efectuaron más de 40 denuncias por violencia institucional. La acción de organizaciones de derechos humanos logró la aprobación de un habeas corpus que obligó a Massoni a limitarse en sus funciones.

Pero, Massoni es lo que es. O, peor, se esforzó en fortalecer el personaje de policía duro e inflexible. Tanto fue así que empezó a hacer videos promocionales en los que se exhibe en medio de operativos policiales, inútiles e impactantes, al mejor estilo SWAT. Intenta demostrar que es el mejor perro guardián del gobierno y, más allá, del establishment, es decir, de ese nosotros blanco, burgués y patriarcal que ejerce la hegemonía.

En esa línea, ordena que acribillen a un vecino con problemas mentales en Las Golondrinas, despliega una cantidad exagerada de efectivos con el pretexto de realizar un censo en la cordillera y celebra que los aspirantes a policía canten «Piquetero, piquetero, ten cuidado, ten cuidado, en una noche muy oscura a tu villa entraré». Al final, para él, “el piquetero es un delincuente”, el que denuncia el orden de injusticia que él defiende.

Una mancha más

Ahora, lanzado a la campaña para senador, propone la baja de la edad de imputabilidad. “Delincuente es el abuelo, el padre, el hermano mayor y el chiquito mama todo eso”, repite para justificarlo. Su reflexión acerca de la delincuencia es tan corta como el gatillo de una pistola. No hay causas socieconómicas: asume que se trata de algo que está en la naturaleza de las personas. Mejor dicho, de los pobres y de los que protestan contra el gobierno.

Hay muchos ejemplos, demasiados. Menciono un par. El primero sucedió en junio de 2020, cuando la policía disparó en el rostro a un albañil Gabriel Fredes que estaba cerrando la puerta de su casa. Como Fredes hizo la denuncia correspondiente, un año más tarde, Massoni amenazó personalmente a su hijo. Lo detuvo, lo golpeó y ordenó su traslado a la comisaría, para que lo sigan maltratando.

Otro ejemplo. En mayo de este año, de madrugada, comandó un violento desalojo de un piquete de militantes socioambientales que protestaban en la ruta 3, cerca de Trelew. Una de las consignas de este movimiento es “No es no”, enfatizando el hecho de que la sociedad chubutense, por diferentes vías y desde hace muchos años, rechaza esta industria extractivista. El ministro de Seguridad, justificó el desalojo violento, diciendo: “¿Cómo se dialoga con alguien que se rige con el eslogan ‘No es no’?”.

Una pregunta que podría parecer ingenua, sino fuera por el hecho de que pretende ignorar el hecho de que el gobernador Arcioni ganó las elecciones prometiendo oponerse a la megaminería y, pocos meses después de asumir, anunció un proyecto para aprobarla, elaborado junto con las empresas mineras. Recientemente, Massoni cobró notoriedad pública nacional por el video de reclutas cantando contra los piqueteros. En Chubut, indigna, pero no sorprende. Es apenas una mancha más, una de tantas.

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