TELETRABAJO Y CUIDADOS EN PANDEMIA

Por: Paula Lenguita

La crisis del Covid 19 deja al descubierto un nuevo infierno para las mujeres: tironeadas entre la disciplina agobiante del trabajo a distancia y el cuidado de personas dependientes, son expuestas a mayor explotación dentro de los muros del hogar. Se abre entonces otro capítulo de esa economía históricamente silenciada que, a la hora de hablar de regulación, exige un debate sincero sobre el sexismo que conlleva el “quedarse en casa”. Ilustración de Martín "Rata" Vega.

La actual pandemia provocó la implementación rigurosa de una política de aislamiento social, en función de evitar un drástico crecimiento de la propagación del nuevo coronavirus. Ahora bien, fue también la piedra angular de un develamiento sustantivo para la economía: el profundo sesgo de género aún vigente en el reparto de las tareas del hogar. Queda claro que la discriminación padecida por las mujeres que trabajan en sus casas fue sistemáticamente enmascarada por el discurso misógino, dedicado a naturalizar el rol femenino en los quehaceres domésticos. La crisis pandémica forzó a la extensión del teletrabajo hogareño dejando al descubierto un mapa de desigualdades que es necesario erradicar definitivamente. En el actual contexto, quedarse en casa representa un infierno para las mujeres, tironeadas entre la disciplina agobiante del trabajo a distancia y el cuidado de personas dependientes.

Hace más de una década estudié críticamente la modalidad de teletrabajo, en un tiempo donde todavía era escasa su expansión. Aun así, rápidamente observé que esta renovación del tradicional trabajo a domicilio acarrea consecuencias cardinales en la economía silenciada de las mujeres en el hogar. Quizás sin contar en aquel tiempo con una narrativa feminista tan consolidada, como sucede en la actualidad, fue difícil comprender la profundidad del sexismo padecido por las mujeres que trabajan en sus domicilios.

En cambio, con el confinamiento derivado de la pandemia ese desequilibrio hogareño está quedando al descubierto. Además, el teletrabajo se materializa cada vez más como una opción que vino para quedarse, en el comercio y la administración, más allá de la industria informática y periodística donde sobrevivió todos estos años. Esa es la razón que propició, a pocos meses de instalado el aislamiento, la necesidad de regularlo. En ese sentido, existe un proyecto que logró media sanción en la Cámara de Diputados y comenzó a ser debatido por lxs senadores. Entre sus detractores, las patronales cuestionan la idea de reversibilidad de la medida, y, por abajo, también se quejan de tener que absorber los costos de producción. Para los sindicatos, las amenazas están en la falta de regulación de la disponibilidad digital y, de forma más tímida, en el tiempo demandado para el cuidado de personas dependientes y convivientes. El teletrabajo amenaza más la situación de las mujeres, que además de exponerse a la precariedad propia de esta modalidad, tienen que hacerse cargo de las tareas de cuidado.

El teletrabajo se materializa cada vez más como una opción que vino para quedarse, en el comercio y la administración, más allá de la industria informática y periodística donde sobrevivió todos estos años. Esa es la razón que propició, a pocos meses de instalado el aislamiento, la necesidad de regularlo.

Por esa razón, quiero señalar la importancia que tiene discutir en profundidad las consecuencias del teletrabajo en el hogar, entendiéndolo como parte de una economía silenciada que afectará profundamente el interés de quienes la adoptan para trabajar. Los muros del hogar exponen a las mujeres a una mayor explotación, contraproducente para su salud, ya sea física o emocional. Los testimonios de las teletrabajadoras en pandemia son ilustrativos: cuando intentan combinar las tareas remuneradas con aquellas reproductivas sin paga, reiteradamente se expresan sobre el hartazgo y el agotamiento extendido en el tiempo. En este claroscuro de la pandemia necesitamos consolidar un debate sincero sobre el sexismo que conlleva el “quedarse en casa” y los costos que asumen las mujeres, al ser quienes sufren el desempleo y, por otro lado, la sobrecarga del trabajo doméstico no remunerado.

A mi juicio, alrededor de la historia del feminismo y las epidemias, la problemática de la reproducción social en el capitalismo se explicita con la política de “quedarse en casa” (expresión traducida hasta el cansancio en varios idiomas como instrumento paliativo frente a la pandemia). La sobreexplotación femenina de ese “quedarse en casa”, asociado a la figura tradicional del “ama de casa”, tiene que centrar el debate sobre el teletrabajo, ya sea a nivel parlamentario como a nivel de la opinión pública. Sin embargo, esta discusión no adquiere una perspectiva de género como debería.

Seguramente la ausencia de dicho enfoque es producto de los intereses sexistas que históricamente naturalizaron el trabajo femenino en el hogar. Es preciso desenmascarar dicha economía silenciada porque, como quedó demostrado por esta pandemia, es el territorio último de subsistencia de la humanidad. Llama la atención cómo la perspectiva de género no se emplea sobre lo que sucede en el hogar: el propio epicentro impago de la reproducción capitalista. Parafraseando a Silvia Federici, la lucha por la remuneración del trabajo doméstico es revolucionaria porque fuerza al capital a reestructurar las relaciones sociales en favor de las mujeres explotadas.

Con la demanda de un salario para las tareas reproductivas queda en evidencia la manifestación del sexismo, dando los pasos necesarios para desnaturalizar el sesgo de género en el hogar. La idea de “salario” permite también considerar ese pago como un reordenamiento de la relación entre los géneros. En ese sentido, las mujeres están en condiciones de rechazar el trabajo doméstico, en tanto cuentan con un sistema de cuidados (desde los ámbitos educativos hasta las licencias biparentales, por ejemplo). El “quedarse en casa” para protegernos de una enfermedad, trastocó dicha red de cuidados, forzando a las mujeres a asumir mayoritariamente esa actividad.

Curiosamente, hace medio siglo comenzó el camino del teletrabajo, aún cuando sin el desarrollo informático quedaba sólo en una fantasía futurista. A su vez, el movimiento feminista en el mundo empezó a denunciar el contenido político del orden reproductivo en el hogar. La actualidad nos obliga a repasar esa historia, quizás más entrecruzada de lo que suponemos, porque la pandemia se transformó en un catalizador del agobio de las mujeres en el hogar. La enfermedad puso al descubierto, como nunca antes, la importancia de los cuidados. Ante el cierre de escuelas, la crisis reproductiva comienza a manifestarse incluso más allá del feminismo, donde nació como preocupación central.

Parafraseando a Silvia Federici, la lucha por la remuneración del trabajo doméstico es revolucionaria porque fuerza al capital a reestructurar las relaciones sociales en favor de las mujeres explotadas.

]Es el momento oportuno para reescribir la historia de la explotación femenina en el hogar. Es preciso abolir esa expresión del sexismo económico anclado en la explotación doméstica de las mujeres, para lo cual es necesario ubicar en el centro el cuidado de la vida, y entender el campo reproductivo de las tareas domésticas como su soporte y materialización. A partir de este reconocimiento, tenemos esperanza de desarrollar un mundo más igualitario y democrático cuando la pandemia termine, sin volver a viejos artilugios misóginos. Para decir, definitivamente y a viva voz: “No es amor, es trabajo reproductivo”.

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