SOLAPAS ILUSTRADAS: ALFREDO LE PERA

Por: Lucas Nine

Esta selección de las grandes frases de la literatura universal, ilustradas por Lucas Nine, nos fue presentada por su autor como una “revisión gráfica del canon literario, realizada de coté y en librerías de segunda mano”. Con ustedes, los dudosos resultados.

Alfredo Le Pera, el asesino de Gardel

Alfredo Le Pera (1900-1935) es un nombre que no necesita presentaciones, y quizás por eso todo lo que sabemos de él es su nombre. Con el aditamento de la infaltable partícula Gardel, ha quedado ligado para siempre al cancionero popular argentino y sólo algún erudito a la violeta podría llegar al extremo de añadir los títulos de periodista o guionista de cine a su ajado ramillete de laureles. Y sin embargo…

—Sin embargo, falta el más importante: el de asesino. ¡Alfredito Le Pera fue el asesino de Gardel y acaso esa sea su mayor gloria!

Quien así me interrumpe es el librero, harto sin duda de mis continuas peroratas frente a un auditorio para él inexistente.

—No, señor, inexistente no, aunque algo vaporoso; es cierto. Pero déjeme decirle que tocó usted un tema sensible. Un nervio óptico. Porque en la Peña de Medellín yo soy el principal sostenedor de la hipótesis Leperiana.

¡La peña de Medellín! ¡Entonces era cierto! Había escuchado muchas versiones sobre su existencia, pero para mí se reducían a un cuento de viejas, a un mito urbano…

—Permítame, señor, mito urbano las pelotas: nos reunimos como siempre todos los 24 de junio, aniversario de aquella fatídica tarde de 1935 que ornara con su crespón negro el aeródromo Olaya Herrera, Medellín, Colombia. Sí, yo soy Leperiano, pero es responsabilidad de cada uno de los miembros defender su versión personal de la Tragedia. Digamos que hay tantas versiones de lo ocurrido como socios tiene la peña, y ese es el punto: mientras no podamos ponernos de acuerdo sobre lo ocurrido, el fuego de Medellín seguirá ardiendo y en él, el Morocho renacerá de sus cenizas, eterno como el Gato Félix. Es por eso que revivimos el accidente una y otra vez, incansablemente, postulando una serie interminable de factores, circunstancias y posibles asesinos. Para hacerlo, nos servimos incluso de la larga mesa de El Galeón (sí, es ahí donde nos reunimos), que tiene forma de pista de aterrizaje; y si en ella reconstruimos el accidente, usando pancitos y tenedores o sifones de soda y haciendo el ruido de los motores con la boca (plut-plut-plut), es porque sabemos que el tiempo es una ficción de los hombres y que el plazo que va de las 15 horas (momento en el que el piloto Samper Mendoza encendió los motores de su Ford Trimotor F-31) a las 15.05 (cuando una sombra informe era todo lo que quedaba del Ídolo) es imposible de computar en años, minutos o segundos. No sé si me interpreta, señor. Ese accidente ha ocurrido y ocurre en este momento y está aún por ocurrir.

El nuevo énfasis que descubro en el rostro del librero (a quien creía conocer bien) me llena de estupor. Es evidente que el hombre ha quedado trastornado por la muerte de Gardel, y…

—Las muertes de Gardel, si me disculpa. Que una ráfaga de viento repentina, que la impensada borrachera del piloto, que una disputa entre compañías rivales, que un Gardel que corre desfigurado por las selvas colombianas… las posibilidades son infinitas. Pero como creo haberle dicho, la mía es la hipótesis Leperiana, y le explico por qué.

Observe esta foto,  la última de Le Pera y de Gardel, segundos antes de abordar el vuelo fatal. Observe el rostro confiado de Le Pera. Sonríe por primera vez en su vida. Es un hombre que ha tomado una determinación. Contrástelo con el ceño preocupado del Gardel, en segundo plano: el Mudo sospecha algo.

¿Y el testimonio de Riverol, en el hospital, antes de morir a causa de las quemaduras? Afirmó que Le Pera extrajo un arma al poco de abordar el avión y que hubo una disputa con el Morocho y lo de la bala perdida que impactó al piloto en la espalda con los resultados que conocemos. Sí, ya lo sé: las palabras del guitarrista fueron tomadas como el delirio de un moribundo. Nadie en sus cabales podría creer que un genio de primer orden como Alfredo Le Pera se dejara llevar por semejantes impulsos. En suma, faltaba el motivo. Pero yo, señor, encontré ese motivo. Y le aseguro que está a la altura de un genio como Le Pera.

Mientras habla, el librero extrae con destreza de las bateas polvorientas las fotos y los cartapacios que ilustran su teoría y no puedo sino admirar el orden con el que tiene dispuesto todo.

—Es que se trata de una vida entera, señor, una vida entera dedicada a la hipótesis Leperiana. Y las pruebas estaban a la vista de todos, como suele ocurrir con los crímenes perfectos. ¡Esa prueba es la misma obra de Le Pera!

El “Cancionero Criollo” editado por Corregidor es recorrido velozmente por los febriles dedos del librero, hasta detenerse como lebreles junto a su presa: los tres tangos más célebres de todos los tiempos.

—Aquí los tiene, señor. «Volver», «Mi Buenos Aires querido» y «El día que me quieras». La «tríada mística» de Le Pera. Tales son mis pruebas.

Una rápida mirada le hace colegir la magnitud de mi sorpresa.

—No, señor, no estoy loco. Preste atención: los tres tangos, indiscutida cumbre tanto de la poética Leperiana como de las facultades interpretativas de Carlitos, son uno sólo. Es decir, están íntimamente ligados, formando un texto común. Un mensaje oculto, en donde la clave de uno está oculta en el siguiente. Por separado, no son más que bellas piezas literarias. Sumados, su sentido es inapelable.

Es evidente, creo yo, que de alguna manera Le Pera supo que no había un más allá después de esos tangos, que tanto Gardel como él habían concluido su misión en la tierra y que sólo quedaba pendiente el golpe final de cincel que terminara la obra, otorgándole la eterna grandeza de los mitos, que no envejecen ni se traicionan. Para lograr eso, era preciso que la envoltura material de ambos se consumiera, fundida en un común abrazo de fuego. A partir de ese momento Gardel y Le Pera serían una misma cosa, consustanciada en la “tríada mística” que el compositor dejaba en lugar de los hombres que la había pergeñado. El balazo en la espalda de Samper Mendoza, disparado con premeditación, no fue más que el punto final de un poema que dejaba muy atrás los límites de la literatura o la canción popular.

Porque Le Pera fue como letrista, sin lugar a dudas, un genio. Pero en tanto asesino, fue algo mucho más grande aún. Nos legó el Mito; y lo hizo a costa de su propia vida.

Ahora, preste atención a la clave, expuesta en el siguiente cuadro:

—La repetición del verbo “querer” (primero como adjetivo y luego en el más indirecto de los futuros) indica la subordinación de estos dos títulos al primero. Ingenioso, ¿verdad?

¿Comprende ahora, señor, en dónde radica el motivo de Le Pera? El mito, que en sí mismo no resulta de una extraordinaria novedad, es el del prometido retorno: ese día en el que nos reencontraremos todos. Si los bardos británicos creen o creyeron (cuando aún creían en algo) que algún día el viejo Rey Arturo volvería de su destierro desde la lejana Avalon, nosotros tenemos la certeza, y esto gracias a Le Pera, entiéndase bien, de que Carlitos también retornará un día a esta tierra. Y ese será el día en que lo queramos; es decir, en el que lo queramos realmente: no con la histeria de Radiolandia sino con la fuerza de una voluntad que no sabe de «speakers».

El librero calla, por fin, atento a mi mandíbula trémula. «Es increíble», murmuro apenas, “y sin embargo, concuerda con las leyes de la lógica, por no decir del arte… pero, dígame, buen hombre: ¿qué hacemos entonces con «Por una cabeza»?

Y es aquí donde debo retirarme velozmente, según aconseja la prudencia y la soez respuesta del anciano. Y es que las librerías de viejo son en Buenos Aires casi infinitas, pero la paciencia de los libreros no.

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