SENEGALESES: EL TRABAJO EN LA CALLE ES UNA MILITANCIA

Por: Lucía Sabini Fraga

A propósito de la ola de protestas antiracistas en EEUU, repasamos experiencias de trabajadores senegaleses en dos orillas del mundo. Por un lado, vendedores ambulantes en la ciudad de Buenos Aires -organizados en la CTEP- que dan una lucha cotidiana por sobrevivir al mundo de la calle, al maltrato policial y  la indiferencia social. Y por otro, el grupo creador de la marca TOPManta, un emprendimiento textil en Barcelona que defiende el trabajo genuino de inmigrantes y produce una línea de ropa con sello anti esclavitud.

Los primeros intentos de comunicarme telefónicamente para hacer la nota, fueron todos fallidos. Alpha tenía reuniones en la CTEP por cuestiones habitacionales, estaba en alguna actividad militante, o preparando bolsas de mercadería para sus compatriotas. La pandemia -y también la medida elegida para frenar el impacto de la enfermedad, es decir, la cuarentena- pegaron de lleno en el corazón de la economía popular.

A quienes viven del día a día de la venta callejera, esta medida sin precedentes los dejó patas arriba. Si a eso le sumamos la falta del idioma, la precariedad de la vivienda (generalmente habitaciones de hoteles con poca infraestructura, que comparten entre varios), la lejanía cultural y la indiferencia social, la situación pasa a tonos más dramáticos.

La cuestión de la documentación -resumida en la expresión “tener papeles”- es el nudo primero de una serie de dificultades encadenadas; como por ejemplo bancarizarse u obtener alquileres a precios de mercado y no quedar expuesto a los abusos de los dueños de pensiones de mala muerte. Alpha lo resume en un porteño clarísimo: “Si no tenés DNI no te dan ni bola” afirma con un dejo afrancesado en el tono. “Entonces a los chicos no les queda nada más que estar en la calle porque si o si tenés que vivir, pagar el alquiler, no puedo quedar en la calle durmiendo, hay que hacer algo”.

Juntarse, aunar las vivencias –y las ganas de salir adelante- de manera colectiva, son el único salvoconducto. En definitiva, como popularmente se dice, organizarse. No siempre se inserta la militancia en los lugares donde aparentemente se necesita ayuda, a veces es al revés.  En el 2017, Alpha con otros tres compañeros tocaron la puerta de Pedro Echagüe 1265, la dirección de la CTEP (Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, ahora convertida en UTEP) en la capital porteña. Barrio de inmigrantes, de hoteles y desalojos, de vendedores ambulantes y de negocios de todo tipo; Constitución ofrece uno de los escenarios  más transitados y caóticos de la ciudad.

“Un día, un grupo de tres o cuatro senegaleses se acercó a la puerta de la CTEP a pedir representación del gremio porque no estaban pudiendo trabajar. Viendo el accionar de nuestra organización en el territorio, en la defensa de los cartoneros o incluso de los vendedores ambulantes cuando había problemas, lo expresaron así: querían tener un sindicato que los defienda”, explica Nicolás Caropresi, referente de la UTEP y militante del MTE (Movimiento de Trabajadores Excluidos).

Desde la confederación intentaron brindarles herramientas para las cuestiones más urgentes y concretas: fortalecimiento del gremio, formación sindical, trámites, elaboración de proyectos y propuestas de ley para facilitar el acceso a la documentación, como parte del eje fundamental.

“Son víctimas claras de una persecución con un tinte y una carga racista muy fuerte, donde por lo general la saña es mucho más grande con los africanos o senegaleses que con el resto de los vendedores ambulantes; y al mismo tiempo son como la vanguardia que defiende la calle a pesar de todo porque no tienen otra posibilidad de conseguir ingresos que no sea de la venta ambulante. Defienden su trabajo a capa y espada” relata Nicolás.

“Un día, un grupo de tres o cuatro senegaleses se acercó a la puerta de la CTEP a pedir representación del gremio porque no estaban pudiendo trabajar. Viendo el accionar de nuestra organización en el territorio, en la defensa de los cartoneros y de los vendedores ambulantes cuando había problemas, lo expresaron así: querían tener un sindicato que los defienda”, explica Nicolás Caropresi, referente de la UTEP.

El idioma constituye otro problema recurrente. La imposibilidad de comunicarse siempre empeora las cosas,  por eso desde la Confederación comenzaron a articular cursos de español junto a la Universidad de Buenos Aires y otras instituciones, a la par de formaciones específicas y cursos de oficio.

Según internet, Alpha es un nombre de origen africano cuya etimología significa «líder». Llegó a Argentina en 2015, junto con el macrismo, aunque sin saberlo. Como prácticamente todos, Alpha tenía gente de referencia: ya habían llegado un hermano en 2014 y un primo en 2012. Una de sus principales motivaciones era viajar, conocer el mundo y las distintas culturas; un sueño que sigue acariciando para cuando en algún momento pueda ahorrar y moverse. “Es un destino, no puedo estar mucho tiempo en un lugar”, resume.

Tiene 34 años; una esposa y dos hijos en Senegal: una nena de 10 y un varón de 6 y medio. La última vez que los vio fue en el verano pasado: estuvo unos meses en su tierra natal pero decidió volver a Argentina, y aterrizó nuevamente en el barrio de Constitución el 18 de marzo, dos días antes de que la pandemia del coronavirus cerrara por tiempo indeterminado las fronteras de casi todos los países.  “Justito”, dice entre risas.

Desde el principio, su llegada a la Argentina estuvo lejos de constituir un sueño: gastó alrededor de 7000 USD en los distintos traslados que suelen estar mediados por “contactos” que permiten –a cambio de cuantiosos montos- surfear la porosa frontera argentina. Alpha, como tantos, entró a este país por Misiones, en el límite con Brasil. “Vos sabes cómo es, con taxis y todo, la mayoría entraron por ahí”, describe la experiencia. Se sabe: hay lanchas, hay paseros, y así como se comercializan drogas o artículos electrónicos, también pasan personas. A Buenos Aires -su destino final- viajó en colectivo.

En Diourbel, su ciudad, Alpha trabajaba en cuestiones ligadas al turismo: “Soy chofer de camión y agente de turismo en francés” cuenta, y remarca que llegó a ser propietario de su propio vehículo, el cual tuvo que vender para invertir en la travesía que lo trajo a estas costas.

La rutina de Alpha pre pandemia, también incluía las reuniones de los lunes para leer el Corán como parte de su vida social y religiosa; como el casi 85% de los senegaleses, Alpha es musulmán. “Hay muchos musulmanes que viven aquí y los viernes vamos a la mezquita” cuenta. Debido a la alimentación estricta que llevan por sus creencias religiosas, las bolsas de mercadería que entrega la ahora UTEP para abastecer a las miles de familias que no tienen lo suficiente para alimentarse en la cuarentena  son más útiles que comer comunitariamente. “Muchos de los chicos no quieren comer en las ollas populares, por eso prefieren tener los bolsones”, explica Alpha.

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El macrismo no se caracterizó por el buen trato a los trabajadores. Pero si para colmo éstos entraban en las categorías de ilegales o ambulantes, todo era peor. Fueron famosas las imágenes de la detención violenta de varios senegaleses en septiembre del 2018, que incluyeron la figura del dirigente gremial Juan Grabois siendo trasladado en un camión celular por la policía local. “El nivel de arbitrariedad de nuestro país ha llegado a un grado intolerable. Un grupo de jóvenes  vino a defender a los trabajadores de la vía pública que están tratando de ganarse el pan a partir de su propio trabajo y esfuerzo en el contexto de una profunda crisis económica” explicó en aquel momento Grabois.

Pero no fue la primera ni la última manifestación de hostigamiento hacia el sector: el maltrato se sufre todos los días y a toda hora. En un pedido de informe del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) de ese mismo año, se narran los hechos de abuso policial ocurridos el 14 de abril de 2018 en el barrio porteño de Flores, con un operativo de la Policía de la Ciudad totalmente desproporcionado y la detención de al menos 20 personas.

En la ciudad de la furia, además, en diciembre pasado–con un macrismo fuerte casi como nunca en este territorio- se aprobó en la Legislatura porteña  la modificación del Código Contravencional, que implica, entre otras cosas, la posibilidad de llevar adelante detenciones preventivas por 48 horas sin comunicarlo ante juez o fiscal; dar como «prueba suficiente» las versiones policiales; la no obligatoriedad de una revisión médica para detectar apremios ilegales; e incluso, tratar como delitos penales lo que hasta ayer eran simplemente contravenciones. Desde el 1 de marzo, los vendedores ambulantes lidian también con esta nueva realidad.

Quizás el último evento mediático de abuso a los vendedores senegaleses ocurrió el pasado jueves 11 de junio, cuando la policía bonaerense detuvo en la ciudad de La Plata a Mbacke Ndaw, migrante senegalés con solo seis meses en el país, casi sin idioma y sin trabajo más que salir a vender por su cuenta.  En la declaración posterior, Mbacke aseguró que lo agarraron de tal forma “que no podía respirar”: el método Floyd extendido a todas las latitudes.

En un pedido de informe del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) de ese mismo año, se narran los hechos de abuso policial ocurridos el 14 de abril de 2018 en el barrio porteño de Flores, con un operativo de la Policía de la Ciudad totalmente desproporcionado y la detención de al menos 20 personas.

Barcelona no es Messi

“Fue más difícil de lo que pensaba”, dice Mansour. “Yo pensaba que aquí cualquiera podía venir dos años, iba a tener lo que tú quieres, y después volver. Pero no ha sido así”, se lamenta. Mansour llegó por primera vez a Cataluña en el año 2007, puntualmente a Barcelona. Ilusamente,  imaginaba que en un par de años lograría juntar dinero, acomodarse, y volver a sus tierras con su esposa e hijos, quienes aún lo esperan del otro lado del océano. Una de las ciudades más cosmopolitas del mundo alberga en su interior un sinfín de historias. El mundo de la inmigración -de la llamada legal y de la otra- no es la parte brillante y jocosa de la ciudad que nunca duerme.

Como tantos africanos, Mansour llegó en una patera; embarcación pequeña de madera sin cubierta, tal cual las imaginamos o vemos en las películas. Fue elegido como capitán de ese viaje en barco del cual prefiere no hablar mucho; ni del sufrimiento, ni del mar que se come los cuerpos. El trayecto no fue directo: su primer destino en tierras españolas fue la pequeña ciudad de Tenerife, en las Islas Canarias.

La primera pregunta que le formulé fue un reflejo de cómo en los países occidentales nos referimos a las personas que -según las leyes vigentes- no tienen los permisos para habitar esos lugares. Y pese a haber sido hecha desde una concepción más humanitaria, fue errada. Mansour me acomodó rápido y claro: “¿Sin papeles? No existen personas sin papeles, no existen personas ilegales. Todo el mundo tiene papeles,  tenemos de nuestros países, en nuestros idiomas”. La “ilegalidad” del inmigrante no es una convención que respete el derecho humano básico de existir y ser tratado como un igual, por el solo hecho de ser persona. “Esa es la forma que ellos manejan el mundo, y es un mundo falso. Los gobiernos son más criminales que a los que le dicen que son criminales” concluyó con la voz cansada.

Mansour da clases de historia y geopolítica a quien quiera escucharlo: “Todos los negros que ves en el mundo son africanos, les han robado su gente, les han sacado en barcos como esclavos y como ya no pueden robar la gente les sacan sus recursos”. Explica también que en África los están matando por sus recursos naturales, sus bienes comunes: “Nosotros somos muy ricos, no somos pobres” reflexiona.

A los tres años de habitar el país ibérico, Mansour pudo normalizar mínimamente su situación, y gracias a una amiga de Zaragosa logró obtener los benditos permisos locales. Pudo también regresar de visita a su país en 2010, y volver a juntarse con los suyos. Sin embargo, hoy en día ya no tiene más papeles y la cuenta está en foja cero. No sabe cuándo podrá volver a Senegal, ni ver a su familia. Y ya pasó mucho tiempo.

“¿Sin papeles? No existen personas sin papeles, no existen personas ilegales. Todo el mundo tiene papeles,  tenemos de nuestros países, en nuestros idiomas”. La “ilegalidad” del inmigrante no es una convención que respete el derecho humano básico de existir y ser tratado como un igual, por el solo hecho de ser persona.

Los “top-manta” es el nombre con el que se conoce a los vendedores ambulantes que se distribuyen en las calles céntricas y turísticas de Barcelona y venden las famosas “copias” de primeras marcas de indumentaria. Son productos “top” –que simulan ser los de la empresa original-, pero se exhiben encima de una tela que se levanta muy rápido desde sus cuatro puntas cuando la Guardia Urbana, los Mossos d’Esquadra, la Policía Portuaria o  cualquier otro organismo de control que los toma de punto, aparece.

La muerte del senegalés Mor Sylla, un hombre de 50 años que cayó por el balcón del departamento donde vivía tras una redada policial de los Mossos (policía autónoma de Cataluña) en agosto de 2015, fue el puntapié para organizarse gremialmente. Con la bronca en la sangre, pero la certeza de poder crear nuevas realidades para los miles de compatriotas que llegan día a día a Barcelona, se conformó ese mismo año el Sindicato de Manteros de Barcelona, que tuvo entre sus primeros objetivos luchar contra los abusos policiales.

Dos años después nació la marca TopManta (como propuesta del sindicato), y tomó el nombre que socialmente los agrupa en las categorías de vendedores ambulantes/ropa trucha/ciudadanos ilegales, para resignificarlo en un mensaje político de lucha y resistencia a favor de la vida de los migrantes.

El local, ubicado en pleno barrio Raval de Barcelona, ofrece distintos modelos de camisetas, bolsas de tela, camperas, pantalones y hasta sandalias. Las estampas fueron diseñadas por los propios trabajadores, con dibujos y frases asociadas: “Legal clothing by ilegal people” (ropa legal por gente ilegal), modela uno de los maniquíes. Otra de las estampas más habituales es una pantera que avanza agazapada con la leyenda “Black Manters” , apelando con fuerte carga histórica a las Panteras Negras; el movimiento político socialista de reivindicación negra y afro surgido a mediados de los 60 en los Estados Unidos.

“La marca la sacamos en 2017 con unos artistas de Brasil. La presentación tuvo mucho éxito y vinieron medios de comunicación de todo el mundo, la demanda de ropa subió, pero no teníamos dinero ni para empezar. El dinero lo buscamos cocinando en las fiestas de barrio para poder financiarnos”, explica Lamine Sarr uno de los miembros del colectivo que hasta el año pasado daba trabajo a 6 personas, en una entrevista con la revista catalana “Jovent”.

Más tarde apareció una revista digital local que, entusiasmada con la idea, les propuso hacer un proyecto de crowdfunding. Con lo recaudado compraron máquinas y herramientas para aprender el proceso de serigrafía; todos pasos necesarios para poner de pie el sueño que no termina en hacer ropa, sino en crear una cooperativa que sirva de base para que los manteros que lleguen tengan un “contrato” y puedan estar, al menos, empadronados. Una forma de volver “legal” al inmigrante y darle las mínimas posibilidades de supervivencia de cara a un Estado al que parece no interesarle, y cuya Ley de extranjería exige vivir al menos 3 años en España para comenzar cualquier trámite de residencia .

La marca TopManta tomó el nombre que socialmente los agrupa en las categorías de vendedores ambulantes/ropa trucha/ciudadanos ilegales, para resignificarlo en un mensaje político de lucha y resistencia a favor de la vida de los migrantes.

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En Barcelona, las razias son contantes. La puja entre las distintas fuerzas de seguridad, la presión de muchos comerciantes, grupos políticos de extrema derecha y ciertos medios de comunicación genera el cultivo ideal para los operativos no escasos de violencia, maltrato y racismo.

“El tema no son los manteros u ocupar el espacio público. El tema es que los pobres no pueden ocupar el espacio público, en cambio, las personas ricas, sí”, comenta Sarr, con ejemplos más que elocuentes. No son pocos los sectores que depositan en ellos la bronca y los asocian a la inseguridad y la delincuencia: “Nos quieren ahí para tener a alguien a quien culpar. Lo que pesa es hacer crecer el fascismo y dividir. Es lo que les queda; no tienen ninguna solución. Intentan meter miedo y generar inseguridad.”

En los diarios catalanes se leía el 9 de julio que los manteros habían vuelto a las calles de la ciudad: “Los barceloneses temen que este negocio ilegal gane terreno y se vuelva a descontrolar como en años anteriores”, titulaba Metrópoli, haciendo alusión al parate que generó el COVID-19 en todo el mundo, y sobre todo en las áreas más turísticas. Aunque destacaba que “Los vendedores ambulantes no llevan ningún tipo de protección contra el Covid-19”, el portal en cuestión eludió hacer mención en su artículo a lo difícil que pudo haber sido sobrevivir a una cuarentena sin acceso a nada.

“Nosotros estamos aquí para recuperar lo que nos han robado”

Tanto Alpha como Monsour son de Senegal, un país del continente africano  que baña las costas del Océano Atlántico. La población no llega a 16 millones de habitantes, y limita con Guinea, Nueva Guinea, Mauritania y Mali. Casi como incrustado adentro de Senegal, se encuentra el pequeño país de Gambia, que pese a ser uno de los que cuentan con las tierras más fértiles, ocupa hoy uno de los índices más bajos en desarrollo humano.

El idioma oficial de Senegal es el francés y está sumamente extendido, a pesar de que se independizó en 1960 de la potencia europea que lo tuvo bajo su imperio al menos 110 años (aunque con presencia y explotación comercial que data desde, por lo menos, mediados del siglo XVII). A su vez, el idioma nacional es el wólof y se hablan además otros idiomas locales o étnicos.

En Argentina conocemos poco y nada de este país, como del resto del continente negro. La comunidad senegalesa más grande se encuentra en Francia; aunque los puntos de mayor llegada en los últimos años son las regiones de Cataluña en España, y Lombardía en Italia.

Argentina no tiene números nada despreciables. Es difícil calcular las cifras porque al ser en gran parte “indocumentados”, no entran en ninguna estadística. La UTEP calcula que hay actualmente, entre 9000 y 12000 senegaleses en todo el país. Como todos sus compañeros, Alpha sueña con una vida mejor, pero siempre al frente de la lucha por sus derechos: “Me imagino tener un buen futuro, un buen trabajo. Me imagino siguiendo luchando por los compañeros” dice, y por la voz, se nota que sonríe.

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En julio del 2019, Mansour me pidió que le lleve a su hermano -quien se fue hace años a probar suerte a Buenos Aires- una remera de TopManta. Eligió el talle, escribió su nombre en un papel y me la dio. Me aseguró que lo iba a encontrar por su nombre; él tampoco tenía dirección para darme, ni forma de comunicarme con su hermano. Lo miré azorada, con miedo de que la tarea fuera imposible. Todavía la tengo guardada en un sobre, a la espera de encontrar a su dueño; hasta ahora todos los intentos fueron en vano. Quién sabe si por fin, esta nota lo logre.

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