RESURGIR EN EL ESPACIO PÚBLICO

Por: Mariano Abrevaya Dios

Las restricciones sanitarias obligaron a muchos trabajadores y trabajadoras informales a reinventarse para enfrentar la pérdida de ingresos. Surge así un nuevo escenario, el de una vida social al aire libre, en el que profesoras de gimnasia, comerciantes, y vendedores ambulantes para quienes la ayuda del Estado no es suficiente, encuentran una oportunidad y, en algunos casos, un lugar en el mundo.

Con la pandemia, el espacio público se convirtió en el ámbito en el que estamos todos, todas y todes. En las plazas y parques se organizan las reuniones familiares y los cumpleaños infantiles, se junta el grupo de amigas, van y vienen cientos de bicicletas, debajo de los árboles y también al sol se pueden ver grupos de baile, taekwondo y mucho entrenamiento funcional, clases de boxeo y futbol, meriendas, pizzas, reposeras, perros, cerveza y porro.

El espacio público también es el lugar donde hoy miles tratan de ganarse un mango para hacerle frente a una crisis severa, profunda, marcada por el 42% de pobres que informó el INDEC hace un mes atrás. Nación Trabajadora conversó con una joven pareja que vende paltas y ajo, un pochoclero de la zona norte del conurbano bonaerense y una profesora de zumba. Los primeros acuden a la calle para sobrevivir. El segundo, ex boxeador, lo hace por elección, ya que tiene espalda económica, y la mujer, vecina de Saavedra, por necesidad.

Perú e Hipólito Yrigoyen (CABA)

A pesar de que la gente que camina por la zona no es ni la mitad de la que solía andar por ahí antes de la pandemia, Macarena y Juan ofrecen su mercadería a los gritos. A sus costados hay algunos artesanos, en silencio, sentados en el suelo, atentos a cualquier consulta o posible venta. El punto es la calle Perú, adoquinada, entre Avenida de Mayo e Hipólito Yrigoyen. La mayoría de los locales comerciales de la zona tienen la persiana baja y un cartel de alquiler.

Macarena tiene veinte años y es madre soltera de una nena de dos años y medio. Vive en Merlo con su hermana y sus dos hijos. Lo primero que hizo cuando se relajaron las restricciones, en septiembre de 2020, fue ir a vender ajo y morrón en la esquina de Callao y Tucumán. “Me dijeron que ahí la cosa caminaba, pero no me fue muy bien”, confiesa. “Un tiempo después un amigo me habló de las paltas, que se vendían bien”. En eso está hace dos meses, junto a su amigo Juan, que por lo menos una vez por minuto ofrece la mercadería con vehemencia, mirando al cliente a los ojos ni bien lo ve venir.

-¿Trabajan para alguien o la movida es de ustedes?

-Es nuestra. Las cajas las compramos en el Mercado Central -cuenta ella.

-¿Cuánto pagan y cuánto se llevan?

-Cada caja trae 80 unidades, y vale entre 1.000 y 1.300 pesos. Si vendemos todo nos volvemos con 6.000, o algo más.

Los chicos ofrecen tres tipos de palta. Dos son enormes, del tamaño de un pomelo. Las que están verdes por dentro y son oscuras por fuera – y que hay que dejar reposar envueltas en diario- y las verdes, que ya están para comer. Las que más venden son las chiquitas. “Se llaman hass y se comen en el día”, explica ella, mientras Juan le arma un paquete de tres paltas grandes, todavía verdes, a una señora. “La gente lo que más busca son las grandes, porque las pueden comer en unos días”, detalla Macarena, que tiene ojos marrones muy grandes, y viste zapatillas deportivas y jeans. También venden ajo. Cinco o seis cabezas a 100 pesos. “Hay gente que lo licúa”, cuenta ella, “yo no tenía idea”.

-¿Qué días vienen para el centro?

-Andamos algunos días, nomás.

Macarena cuenta que en Merlo falta la plata. “A la vuelta de casa funciona un comedor. Va mucha gente, demasiada. Antes daban comida, pero ahora leche, porque no llegan”, grafica. El merendero depende del municipio y se realiza en un polideportivo.

Macarena cuenta que en Merlo falta la plata. “A la vuelta de casa funciona un comedor. Va mucha gente, demasiada. Antes daban comida, pero ahora leche, porque no llegan”, grafica.

Cuando deciden moverse hasta el centro, como hoy, un día primaveral, arrancan bien temprano para el Mercado Central, y de ahí toman tren y colectivo, con sus dos zorritas –carretillas- hasta la esquina de la Legislatura Porteña, donde ofrecen la mercadería en unos canastos de plástico.

 “Nos vamos cuando vendimos todo”, cuenta Juan, que tiene puesta una gorra y una remera del Chelsea inglés, y que en ningún momento aparta la oreja de la conversación. “A veces no nos dejan subir al bondi con los carritos, aunque tenemos el permiso para circular y hasta la reserva para ocupar un asiento en el tren”, agrega.

El padre de Macarena cobró el IFE durante el 2020 y hoy se gana la vida cortando el pasto y haciendo otras tareas de jardinería en el barrio, allá en Merlo. La madre es empleada municipal y ya fue vacunada por el gobierno bonaerense. “Ahora está en su casa porque está grande y es grupo de riesgo”, cuenta su hija, y remarca que se ayudan unas a otras, junto a su hermana. “Tiene tres hijos, hace bizcochuelos, pastafrolas y a veces consigue un trabajo de limpieza”, detalla. Ambas son beneficiarias de la AUH, pero no está al tanto del pago de 15 mil pesos que recibirá de Anses por el parate de tres semanas.

“Igual a veces no alcanza y en el almacén tengo que pedir que me anoten”, agrega Macarena, más suelta que al principio. “Antes iba a la feria, llevaba colitas, ropa, y con eso más o menos andaba, pero ahora no se puede. Igual me voy arreglando”, comparte. Lo último que cuenta, antes de volver a ofrecer y prepararle unas paltas a un oficinista con barbijo de Boca, es que largó el secundario en tercer año, cuando quedó embarazada. “Tengo ganas de terminarlo, pero por ahora no le encuentro la vuelta”, asume.

Goyeneche y Manuela Pedraza (CABA)

Cuando la pandemia y el decreto presidencial del 19 de marzo de 2020 la guardaron en su casa en Saavedra, al norte de la CABA, Gabriela Happer tuvo que largar el laburo que tenía en tres gimnasios de la zona.

“Perdí todo mi sustento, fue terrible”, recuerda ahora con un gesto grave en la mirada. Cayó en un pozo depresivo del que recién pudo empezar a salir cuando algunas de sus alumnas le escribieron para retomar las clases, aunque sea de manera virtual. “Ellas necesitaban de mí y yo de ellas”, señala. “Corrí la mesa, escondí los gatos y me puse a dar clases; fue lo mejor que pude haber hecho para salir de lo que estaba viviendo”.

Ahí algo se movió con la fuerza de una orquesta y puso en movimiento a una mujer de 54 años que tuvo siete hijos, hoy es abuela de ocho nietos, y que la remó siempre: limpió casas, cuidó chicos, fue bordadora, hizo tortas. 

“A mis alumnas no les cobro una cuota, sino que me tiran unos mangos, lo que puedan”, retoma, sentada sobre las raíces de un árbol, a unos diez metros donde en un rato comenzará la clase. En septiembre fueron a un mini anfiteatro de cemento, a dos cuadras. “El anfi”, como le dicen la profe y sus alumnas. “Éramos diez, todas con barbijo y los cuidados correspondientes”, cuenta. A los pocos días les cayó la policía, con el argumento de que recibían denuncias por ruidos molestos de parte de los vecinos. El parlante suena fuerte, se escucha de lejos. “Es así, tiene que estar alto”, justifica ella, y hay que verla bailar y encabezar la clase para entenderlo. La vitalidad que circula entre las mujeres es admirable y contagiosa.

Hasta las restricciones que comenzaron a regir con el último DNU, si uno pasaba por la zona, se topaba con una imagen muy potente: un centenar de mujeres de todas las edades, embarcadas en una coreografía amateur, entusiasta y colorida, sobre un piso de tierra, al mando de una morocha de pelo corto, cuerpo atlético y la sonrisa más ancha del barrio y alrededores.

“Es maravilloso”, se emociona ella. “Se armaron vínculos entre las chicas, y eso está sirviendo para darnos una mano entre todas. Hay gente que la está pasando muy mal con la pandemia, en lo económico, lo anímico, y estar acá una hora, escuchando música, bailando, interactuando con otras personas, es un montón”, tira ella, mientras se va juntando el grupo de veinte alumnas de la clase. Dos de las chicas son sus hijas.

“Se armaron vínculos entre las chicas, y eso está sirviendo para darnos una mano entre todas. Hay gente que la está pasando muy mal con la pandemia, en lo económico, lo anímico, y estar acá una hora, escuchando música, bailando, interactuando con otras personas, es un montón”

Gabriela se crió en Saavedra. La conocen todos. Entre sus alumnas hay varias vecinas del Barrio Mitre, una de las zonas más humildes y estigmatizadas de la zona. “La gran mayoría nunca antes había ido a un gimnasio o tomado una clase de baile, y hoy descubrieron que acá no tienen que hacer el paso perfecto”.

Algunos de sus nietos corren atrás de una pelota. Otra, hace la tarea sobre una lona. Llegan más alumnas. Por el corredor pasa gente al trote, o con el paso apretado. Otros pasean perros. Van a ser las seis y media de la tarde y el sol cae por detrás de la General Paz.

La profe vuelve a ponderar el lazo comunitario que se armó en el grupo. Una de ellas vendió una buena parte de la ropa deportiva que ahora usan las alumnas. Otras trajeron budines y tortas, otras cortan el pelo, cosen, venden perfumes. Son manicuras, pedicuras. “Yo trato de que en el grupo nos demos una mano entre todas. Se trata de eso”, apunta.

Gabriela se metió con la zumba cuando terminó de criar a sus hijos e hijas, hace doce años. También incursionó en el mundo de la porcelana fría. “Encontré mi cable a tierra, me olvidaba de todos los problemas”, confía. Se certificó en 2018, luego de pagar la tarifa con la tarjeta de crédito de una amiga, y nunca se olvidará del momento en que bajó del remise para meterse en el gimnasio y hacer la prueba, y que una duda, por un instante, y por su edad, la paralizó.

Pero acá está, con su sonrisa, una energía inagotable, y luego de despedirse con sentidas palabras de agradecimiento, sale disparada en busca de sus hijas, sus alumnas y la música que la pondrá en un estado de frenesí anti pandemia y cualquier tipo de problema, por lo menos, durante una hora.

Pacheco y el río (La Lucila, partido de San Isidro)

Hace ya unos veintisiete años, de vacaciones en Mar de Plata, Carlos González le prestó atención a un hombre que alquilaba autos con batería para los chicos, a un peso el paseo. Decidió copiarlo, pero en el Parque Saavedra. Al poco tiempo, alguien le habló del negocio del pochoclo, y decidió probar suerte. Él trabajaba en el área de Seguridad del supermercado Norte -ahora es una sucursal de Carrefour- sobre Scalabrini Ortiz, en Palermo, pero quería más. Siempre fue así.

Comenzó a trabajar en la puerta de una escuela. Los pibes se le abalanzaban para comprarle un tarro de pochoclo, manzanas acarameladas, copitos de nieve. “Gracias a Dios me empezó a ir bien”, cuenta ahora, en la costanera parquizada que se extiende entre las calles Paraná y Pacheco, en La Lucila, partido de San Isidro. La tarde primaveral y el rio calmo, color dulce de leche, convoca en buen número a grandes y chicos que toman mate, le pegan a una pelota, andan en bicicleta, se meten en el agua hasta los tobillos.

Carlos nació en la maternidad del hospital de San Isidro y vivió siempre en Boulogne. Fue justo antes de la pandemia que un agente de tránsito del municipio, en la puerta de un colegio, le dijo que en Pacheco y el río se trabajaba bien. Arrancó en septiembre de 2020. “Acá vengo los sábados y domingos”, cuenta sentado sobre una reposera, y confía que el fin de semana largo de Semana Santa recaudó 56 mil pesos. Tanto él como su ayudante tienen una remera negra que en letras blancas dice: El rey del pochoclo.

Su madre era chaqueña y se casó a los catorce años en Buenos Aires, con su padre santafesino, que también era muy joven. Enseguida tuvieron dos chicos (Carlos fue el segundo). Quince años después nació el tercero. “Mis padres nos inculcaron la cultura del trabajo y yo a los 19 años me pude comprar mi casa, a pesar de que hice sólo hasta séptimo grado”, cuenta orgulloso. Tuvo tres hijos. “Ya son independientes, tienen sus familias, trabajan en una fábrica y viven en Capital”.

Carlos es ancho de espalda y mide un metro sesenta. Tiene ojos claros y manos grandes, curtidas. Cuando era joven -hoy debe andar por los cincuenta- fue boxeador profesional. “Practiqué durante veinte años, hice 114 peleas como amateur y 18 como profesional, gané 12, empaté 3 y perdí las otras tres; llegue a estar décimo octavo en el ranking mundial de mi peso”, tira.

-¿De qué peso hablamos?

-Peso pluma, 57 kilos, y me llamaban Carlos “Locomotora” González.

-¿Cuándo fue todo esto?

-1982. Entrenaba cinco horas por día.

La pochoclera tiene luces leds, campana, bocina, equipo de música y la caja vidriada. “Si la vendiese, sale dos mil dólares”, explica Carlos. Es roja y llamativa, y junto a un tablón que le pusieron al lado, conforman un puesto que se ve desde cualquier punto del paseo. Debajo de una palmera, y con una bandera argentina, allí se puede comprar galletas, caramelos, chupetines, bebida fría, agua caliente para el mate, pañuelitos y, por supuesto, la especialidad de la casa: pochoclos, copitos y manzanas.

“Acá vengo los sábados y domingos”, cuenta Carlos, sentado sobre una reposera, y confía que el fin de semana largo de Semana Santa recaudó 56 mil pesos. Tanto él como su ayudante tienen una remera negra que en letras blancas dice: El rey del pochoclo.

“Un día Dios me habló y me dijo vos tenés virtudes. Busqué la palabra en el diccionario y me puse a llorar. Se me abrió la cabeza como un melón”, cuenta Carlos, que en la pochoclera tiene un cartel hecho a mano que dice “Dios te bendiga”.

La atracción de la tarde es una lancha con motor que vuela con un ala triangular, como las que se usan en la disciplina Ala delta. Va y viene por la costa, toma altura, despierta suspiros entre la gente y, luego de descender, hace un vuelo rasante por el agua hasta detenerse en la orilla, frente a una playita que hay a pocos metros del puesto de Carlos. “Si yo fuese ese tipo sabes cómo lo alquilo, 500 pesos la vuelta, ponele”, dice, y se ríe.

Durante la pandemia recibió el IFE y ahora, en la segunda ola, será beneficiario de la ayuda de 15 mil pesos que bajará por medio de ANSES, por ser monotributista. “Para mí Posse es uno de los mejores, primero el padre y luego el hijo, siempre los voté, porque acá ayudan a la gente humilde, al prójimo, y me dan una asistencia alimentaria”.

Una pareja se acerca al puesto. Piden algo para tomar. Carlos le hace una indicación al muchacho que lo acompaña para que los atienda. “Le pago 1.500 pesos por día, no es mucho, pero ayuda, ¿no?”, dice, y lo último que cuenta, antes de despedirse y volver a lo suyo, es que tiene un par de docenas de disfraces para fiestas infantiles, que los alquila a buen precio.

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