REIVINDACIÓN DE HORACIO GUARANY

Por: Gerardo Fernández

Autor de clásicos como “Pescador y guitarrero”, “Puerto de Santa Cruz” y “La villerita”, Horacio Guarany fue uno de los artistas más emblemáticos y populares del folklore nacional. Un homenaje al hombre que le cantó al amor y al trabajo a lo largo y a lo ancho del país, en contra de los abusos de poder y levantando la voz de los más humildes.

La música que forma parte de la banda sonora de tu vida no la elegiste vos. Estuvo ahí, como el gorjeo de los gorriones en la mañana, la bocina de las locomotoras haciendo maniobras en la playa de la estación o los ronquidos de papá por las noches. Y, sin dudas, una parte importante de esa banda sonora la ocupa Horacio Guarany; porque sonaba en las radios, en los tocadiscos de esos boliches que están en las afueras de los pueblos y ciudades, en la propaladora, en todos lados.

Cualquiera que ande en torno a los cincuenta años se conmueve si alguien le canta las primeras líneas de “Pescador y guitarrero”, “Volver en vino” o “Piel Morena”, porque la puede seguir cantando de memoria así como se entona el himno nacional; y es entonces en ese momento donde se ratifica que un artista echó raíces profundas en su pueblo, que está en la caja negra de la cultura popular que todos llevamos dentro.

Cualquiera que ande en torno a los cincuenta años se conmueve si alguien le canta las primeras líneas de “Pescador y guitarrero”, “Volver en vino” o “Piel Morena”, porque la puede seguir cantando de memoria así como se entona el himno nacional; y es entonces en ese momento donde se ratifica que un artista echó raíces profundas en su pueblo, que está en la caja negra de la cultura popular que todos llevamos dentro.

El artista que está en tu banda de sonido, cuyas canciones se escuchan con más volumen que las de otros, puede haber tenido muchos vaivenes políticos, pudo haber sido afiliado al PC y terminar en un menemismo full full, pero eso no afecta su figura porque es parte constitutiva de tu memoria, lo mismo que la primera bici que tuviste o aquel gol inolvidable en el campito de tu barrio.

Y algo tuvo de distinto para que su muerte ponga en silencio a tu memoria y se amontonen fotos de tu vida musicalizadas por él. Entonces te ves con la gomera buscando el mejor lugar para el disparo y allá en el fondo suena “Jazminero azul” en la propaladora del pueblo; y te ves jugando un poliladron en la bici, a la siesta, mientras de un Falcon que pasa se escucha “Puerto de Santa Cruz”; o te encontrás una noche lluviosa de sábado amarga y sin fato comiendo un lomito en el boliche frente al Bar Español de tu pueblo mientras en los parlantes canta Horacio, ese Horacio de una fuerza interpretativa difícil de equiparar, a tal punto que, repasando en la memoria, me cuesta hallar otro artista que se le acerque en intensidad comunicativa. Quizá el Chaqueño, pero hasta ahí, con matices.

Otro rasgo distintivo que lo separa del resto fue el grupo instrumental que lo acompañó en sus actuaciones en vivo: una maquinaria sofisticadísima que funcionaba con una precisión deslumbrante y un bombisto irreemplazable como “Palito” Acuña.

Una vez fue a mi pueblo. Si mal no recuerdo la actuación fue al mediodía. Tuvieron que organizar su recital en un galpón de la estación porque los salones de los clubes quedaban chicos, pero muy chicos.

El artista que está en tu banda de sonido puede desafinar, y quizás en las dos últimas décadas no pudiste soportarlo más de dos minutos en Cosquín, pero va con vos a todas partes; y cuando un día te encontrás en una disquería sin buscar novedades sino discos que te retrotraigan a tu niñez, resulta que llegás a tu casa con un doble que recoge cuarenta grandes éxitos de Horacio Guarany y cuando lo escuchás no buscás el solo deslumbrante, no esperás la nota justa ni ese silencio magistral. No, no, no, nada de eso.

Buscás imágenes de tu pueblo, de la vieja Casa Marcaida, del Monte de March, del Prado Español, buscás a tus padres, a tus tíos, a los amigos. O te buscás en esa formación de máquinas a vapor abandonadas en las que pasaste lo mejor de tu infancia, o las tuyas del patio de la escuela 7.

Buscás tu ADN y todo eso engendra un borbotón emocionado que te cuesta contener porque ya no está papá, ni mamá, ni la tía Mabel o el tío Alberto, y tampoco Horacio. Vas pegando la vuelta de a poco, todavía tenés fuerzas, pero te vez entrando en la curva, en esa, la última, la que te depositará en la recta final de tu paso por esta vida maravillosa, la que se pondrá de fiesta toda vez que por algún parlante suene “Cuando ya nadie te nombre”, o “Caballo viejo”, o “Si se calla el cantor”, “Pescador y guitarrero”, “Piel morena”, “Amar amando”, “Jazminero azul”, “Si se calla el cantor”, “Caballo que no galopa”, “La del Chúcaro”, “Canción del adiós”, “Cuando ya nadie te nombre”, “Memorias de una vieja canción”, “Puerto de Santa Cruz”, “Coplera del prisionero”, “Volver en vino”, “La villerita”… y los títulos pueden seguir ininterrumpidamente (es imposible nombrar solo dos o tres hits del cabezón).

El artista que está en tu banda de sonido puede desafinar, y quizás en las dos últimas décadas no pudiste soportarlo más de dos minutos en Cosquín, pero va con vos a todas partes; y cuando un día te encontrás en una disquería sin buscar novedades sino discos que te retrotraigan a tu niñez, resulta que llegás a tu casa con un doble que recoge 40 grandes éxitos de Horacio Guarany.

Probablemente a quien lea estas líneas y ande alrededor de los cuarenta le cueste horrores imaginar lo que significó Horacio Guarany en términos de popularidad en nuestra música de raíz folklórica.

Si hay algo muy difícil de explicar es, precisamente, la popularidad de un artista. Están los conocidos, los famosos, los que venden discos a lo pavo, pero esas características no alcanzan para transformarse en un fenómeno popular. Seguramente todo se sostiene en una obra que a través de los años tuvo como destinatario al hombre y la mujer del pueblo humilde, seguramente Horacio supo ganarse un lugar especial en sus corazones y eso explica su trascendencia.

El pueblo trabajador lo nominó como su voz en cada festival a lo largo y ancho del país, y él cumplió su rol con oficio y mucha sabiduría cantándole al amor, al trabajo, criticando la explotación y los abusos del poder con una expresividad única e irrepetible.

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