EL HOMBRE QUE MATÓ A MAFALDA

Por: Lucas Nine

El reciente fallecimiento del dibujante mendocino Joaquín Lavado abre la puerta a aquella decisión clave en su carrera: salir del facilismo exitoso de Mafalda para evolucionar en su estilo.

Joaquín Lavado, más conocido como Quino, murió ayer o anteayer en la Ciudad de Buenos Aires. No es un hecho sorprendente o inesperado si tenemos en cuenta que el humorista frisaba los noventa años. A nadie escandalizaría la sospecha de que varios “repasos” por su vida y obra ya hacían flexiones en el cajón de algún escritorio, junto a las inefables Mafaldas con alitas que seguramente ahora poblarán el cielo volando en círculos, según es la costumbre de estos rapaces.

Y es que donde quiera que fuese o se presentase, el estoico dibujante solía ser precedido con el título de “papá de Mafalda”. Dado que Joaquín Lavado era una persona tan gentil como discreta, la frase no lograba hacerle mirar al techo, resoplar o dar muestras de otros signos de impaciencia visibles. Es cierto que tampoco se molestó en ocultar su opinión sobre el personaje, al que guardaba un afecto más bien relativo, recalcando el daño que la práctica continuada de repetir el condenado muñequito tuvo sobre su dibujo. Producir una historieta es, en parte, un ejercicio administrativo; y era este ejercicio -tendiente a la fosilización- el que deploraba el dibujante, consciente de la poca distancia entre personaje y marca comercial que, en general, acecha al creador de tiras cómicas.

Fue por esto -junto a razones de corte más bien político, que hablan de una sensibilidad particular- que el mendocino discontinuó su obra más celebrada, justo en la cumbre de su fama. Este es el tipo de cosas que no se hacen. Aquel que encuentra un lugar en el reconocimiento del público no suelta así nomás, prolongando la original necesidad personal (de expresión y de ganarse el mango) en un largo abrazo de acero, justificado más por la costumbre del lector que por la aparición de algún hallazgo original. Devenido el personaje en hábito, el resto es coser y cantar, y el creador puede languidecer en su nicho particular hasta el final de los tiempos, convertido ya en otro faraón de la contratapa.

Bueno, la cosa es que Quino no solo largó sino que dejó al lector en banda y pegando alaridos. Lo hizo amablemente, como hacía todo. Puede ser por eso que siempre se hayan leído sus declarados motivos como otra prueba de modestia. No lo eran: Quino tenía razón.

Los que se tomen el trabajo de mirar sus dibujos con un poco de atención (hablo puntualmente del dibujo y no del chiste o la eficacia del gag) notarán que hay una gran diferencia entre la producción contemporánea a la celebrada tira y todo lo que vino después. La norma es que estos cambios, si se producen, sean para abajo, en picada o caída libre, guiados por la ley del menor esfuerzo. Lo notable en este caso es que Quino haya ido a contramano, convirtiéndose en un dibujante impresionante sin perder su calidad como dibujante efectivo, sabiendo de antemano que este esfuerzo estaba destinado a ser pasado por alto por la mayoría de sus lectores. 

Autor: QUINO

Su aparición en el mundo del humorismo databa de finales de la década del cincuenta. La revista Dibujantes, una de las primeras publicaciones que tomó nota de su trabajo, solía sindicarlo -a modo de ejemplo- entre los abanderados de la llamada “línea moderna”, una avanzada renovadora del dibujo cómico. Si mal no recuerdo, los otros eran Oski, Garaycochea y Juan Ángel Cotta (un genio hoy olvidado a causa de lo breve de su carrera). La idea general era que el tiempo de las curvas gráciles de un Divito o un Quinterno había quedado atrás, y la cosa ahora venía medio cuadradita, onda boogie boogie, bongó, camisa hawaiana y barbita en punta. La línea moderna era geometrizante, sintética, depurada. La obvia excepción a esta regla general era quizás Oski, pero igual se veía que lo suyo no era Divito, en fin, esta gente tenía ojos. El que repartía los laureles era el dibujante Laino, director de la publicación, al que por suerte todavía tenemos entre nosotros. Siempre resentí un poco esa clasificación, acaso algo arbitraria, pero estaba bien que existiera (aunque fuera para discutirla) y que fueran otros artistas los que la hicieran.

De este grupo –talentoso, tirando a genial- Quino era, de lejos, el más discreto. Su pluma chirriaba sobre el papel y él lo sabía. Exhibimos este autorretrato con la lengua afuera a modo de prueba. Los años de Mafalda no hicieron sino complicar la cosa, como bien notara el maestro (excluyo aquí todo lo referido a la gloria, la fama mundial y el poderío económico).

Autor: QUINO

Liberado al fin de ese lastre con moño, pudo concentrarse el humorista en su dibujo; no llevado por un amor particular por la línea o el grafismo en tanto entidades abstractas y siempre guiado por una intención narrativa, pero estableciendo una diferencia notable con todo lo producido anteriormente. En los primeros trabajos tenemos el gag correcto, bueno o genial, mostrado con efectividad y el cuidado suficiente como para no agarrarse los dedos con el cajón de la mesa. En los últimos, la pieza sólo podría haber sido dibujada de esa manera y por una persona. La línea ya no es moderna ni antigua, es Quino en estado puro y asciende filiforme por la página como una fuerza de la naturaleza o una hiedra purgada de venenos. No se apura: tiene todo el tiempo del mundo. Todo lo que el bueno de Joaquín Lavado debe haber rumiado en el medio, sólo Dios y el tablero de dibujo lo saben, pero Dios se escuda en el secreto profesional y Lavado es discreto, y si lo llamamos “el papá de Mafalda”, incluso sonreirá y nos dará la mano. Es que Quino, como el Diego de Zama de su coterráneo Di Benedetto, cuenta con el arma secreta de todo mendocino: la paciencia.

A modo de ejemplo, aquí tenemos algunos dibujos, agrupados bajo la arbitraria etiqueta del “antes” y “después”. Sé que este método expositivo es medio una chanchada, pero como el material suele venir bastante mezclado en las antologías, el método del chancho trufero (que elige y discrimina), viene a cuento y sirve para corregir la idea de que todo es lo mismo y que lo importa es que el chiste sea risueño o como lo quieran llamar. ¡Que el ejemplo de Quino impida a otros artistas caer en la tentación de llamar a dos huesos y un harapo “mi personaje” para hundirse con él en las arenas movedizas del tiempo!

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El reciente fallecimiento del dibujante mendocino Joaquín Lavado abre la puerta a un análisis de la decisión más importante de su carrera: postergar a
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