CERRADO POR MELANCOLÍA

Por: Mariano Schuster

A propósito del cierre del restaurant Pippo en la calle Montevideo, un réquiem lejos de toda nostalgia o melancolía al centro porteño, hoy en camino de una incierta mutación inmobiliaria y comercial. ¿Es lo que recordamos del centro algo más grande que lo que efectivamente fue? ¿Cómo lidiamos con las transformaciones comunitarias que provoca esta época del capitalismo argentino?

A Ezequiel Kopel

Esta ciudad es muy difícil de comprender y el secreto para hacerlo consiste en haber sido porteño y ya no serlo más. Bernardo Kordon. “Expedición al oeste”

Todavía, por esas viejas calles otrora gloriosas, algunos lo dicen: “El centro, pibe, es otra cosa”, “hay que aprender a manejarse, a conocer sus yeites”, “los barrios están muy bien, pero vos fijate, acá tenés todo”, y uno cree, quizás con razón, que quizás lo están caminando. Los incautos caminan por las calles y se encuentran, cada tanto, con personajes de esa estirpe. Un mozo, por ejemplo, que quiere hacer que el comensal se sienta a gusto con una frase de este estilo: “maestro, este restorán no es solo un restorán, acá hay que entender muchas cosas…”. O una librera que le dice: “librerías de viejos hay muchas, pero la calle Corrientes es diferente, ¿no?” Puede que el cliente solo vea una librería y un restorán. Lo que no ve, entonces, es el centro. Sus pies y su culo están formando parte de un mundo que es pura venta, como la Argentina, de ilusiones (perdidas o por venir). Los entrañables personajes que siguen reivindicando el secreto del centro lo saben bien: el secreto del centro es vender que hay un secreto. Pertenezco a los que dicen: compro.

Soy de una generación que no vio el glorioso centro del que hablaban nuestros viejos, sino de otra: la que le dirá a sus hijos que conocieron el glorioso centro. El centro cambia, lo que no cambia son las personas que lo reivindican diciendo “ya no es lo que era”. Escuchan primero que el centro murió, luego lo viven, finalmente cuentan que después de ellos es cuando empezó la muerte. Es una operación que combina nostalgia y reivindicación al mismo tiempo. La melancolía porteña, a no confundirse, nunca fue realmente melancólica: cualquiera que haya conocido el centro, reivindica su pasado para que mañana sea mejor.

El de la década del 90 y principios de los 2000 ya no era aquel de los setenta y los ochenta, pero conservaba, para nosotros, los progres, los peronistas o los izquierdistas, el halo nostálgico de nuestros viejos (los cafés de la revolución y de la muerte, los cines bolcheviques, las librerías con sus Lenin, Mao o Cooke en la mesa de saldos) y el espíritu presente de restoranes, heladerías y cafés que, al menos en ese entonces, no sabíamos que estaban sentenciadas a muerte. Incluso en ese tiempo, la clase media porteña compartía un espacio, al menos durante los fines de semana, con la otra clase media: la del conurbano y la del interior, poblando los mismos restaurantes y cafés. Para unos, tenían brillo ideológico o cultural. Para otros, en cambio, no era necesario darles más brillo del que efectivamente tenían: el del centro mismo, que era de todas las paletas posibles. Los que iban al Maipo y los que iban al Lorraine, los que llevaban a los chicos al Cine Los Ángeles y los que íbamos al Cosmos, los que comían en Pippo o en Edelweiss, pertenecíamos todos a una misma cofradía que solo tenía sentido por algo que era más que cada uno de los lugares que la componían. El centro no era “ese restorán”, “esa librería”, “ese cine”: era lo que eso generaba como centro mismo. El lugar donde estaba todo. Incluso aunque estuviera de salida. Es cierto que, todavía entonces, había gente que decía: “vamos al San Martín”, “vamos a Las Cuartetas”, “vamos a La Academia”, “vamos a la Librería Edipo”. Pero había una frase mayor, aglutinante: “vamos al centro”. La gran mayoría decidía ir ahí, sabiendo que en el centro había para todos. Mucho de lo que había ya no está: la Librería Fausto, la propia Gandhi, Liberarte, bares como La Giralda y cines como el Metro (en Cerrito), el Los Ángeles o el Monumental. Nombramos Avenida Corrientes, pero podríamos nombrar lo que había en Lavalle o Sarmiento, en Uruguay o en Paraná. Muchas cosas quedan, pero en el centro, como en todo, el problema es también el tipo de cosas que abren. La cultura que se pierde, pero también la que llega. El centro que nosotros vimos era, quizás, abusando otra vez del cliché, el del final de una época. La democracia de la desigualdad, la de la fractura social, también estaba terminando con él, aunque no nos diéramos cuenta.

El centro que nosotros vimos era, quizás, abusando otra vez del cliché, el del final de una época. La democracia de la desigualdad, la de la fractura social, también estaba terminando con él, aunque no nos diéramos cuenta.

Ayer nomás cerró Pippo, el viejo restaurante de pastas de Montevideo entre Sarmiento y Corrientes. Un viejo emblema de una ciudad que, lo sabemos, nunca vivió solo de emblemas. Pippo era, para muchos, un lugar donde se cocinaron algo más que pastas: reuniones de todo tipo en mesas interminables, domingos familiares y fines de semana en los que se imponía siempre un plato: los supervermicelli tuco y pesto, con el correspondiente vino de la casa. Ayer mismo, Paula Abal Medina, militante peronista, me decía: “Fui desde muy chiquita hasta el 9 de diciembre de 2015, el día del adiós a Cristina. Se llenó de manifestantes comiendo los vermicellis tuco y pesto a las 5 de la tarde: cantábamos vamos a volver.” Rodrigo Andrade, de extracción radical y militante en los ochenta comentaba: “Más que un cierre es un fin de época de la porteñidad. Colas eternas al ingreso, manteles de papel, panera generosa, tinto en pingüino que después mutó su forma, tuquipesto a todo, opípara compotera de queso rallado, madrugadas, militancias de pelajes diversos.”

El Pippo de Montevideo tenía problemas. Algunos empleados se lo comentaron, hace un año o dos, al cronista que escribe estas líneas. La cosa venía mal. Terminó peor. La crisis económica, los problemas del propio boliche, la situación actual del confinamiento, terminaron de matar a un emblema de la ciudad. También lo mató, sin embargo, un pedido de “aggiornamiento” injusto, hijo de una ciudad que cambió con la descentralización y con un nuevo criterio urbano desigual y uniforme al que se llamó, no sin cinismo, “modernización”. Una ciudad con una población que cambió de hábitos, con clases que se dividieron más y en la que el centro dejó de ser visto como un espacio de comunidad para empezar a ser percibido como la suma de cosas que hay en él. Un espacio de los tantos en el que juzgar a “aquella pizzería”, “a ese cine”, “a esa librería”. ¿Cómo se aggiorna lo que no nació para aggiornarse, sino para seguir siendo lo que era? No todo puede -ni debe- transformarse en lo que hoy es Los Galgos. El centro es: “Crear uno, dos Los Galgos. Esa es la consigna. No más”.

Quizás es por eso que lo que cerró con Pippo no es un restorán. No es un adiós a los supervermicelli. Lo que está cerrando es un modelo de centro. El centro del pacto social. El centro de la confluencia entre diferentes. El centro de la igualdad. Un centro heredado de épocas mejores.

Nosotros, los de la generación del 90 y del 2000, quizás nunca entendimos los códigos céntricos tanto como nuestros viejos, que habían curtido modos que también entonces estaban cambiando. Mi viejo, lo reconozco, se esforzó. Impostaba y exageraba el vínculo con el mozo o con el canillita, con la pretensión de mostrarme un modo, una forma que, para mí, seguía siendo igualmente lejana. “Al mozo de Las Cuartetas se le habla asá”, “al vendedor de garrapiñada del Cine Los Ángeles le pedís de esta manera”, “a la librera de Librerías Libertador le hablás con este tono”. Lo mismo pasaba en Pippo. Cualquiera sabía que Pippo era, grosso modo, un solo plato: supervermicelli con tuco y pesto. La bebida: vino de la casa. En jarra y, si no recuerdo mal, en pingüino. Alguna vez, con mi amigo Julián -cuyo viejo también era ducho en restoranes del centro- llevamos a otro amigo que pidió, pese a que se lo desaconsejamos, un plato de ravioles. “Che, son una mierda”. Le avisamos. Hay restoranes en los que no se mira la carta, se aprende preguntando o recibiendo la historia. Pippo era/es así. Su cierre tiene que ver con el cierre de esa ciudad. Los nuevos polos gastronómicos descentralizados ofrecen comida. No librerías de usados aledañas, ni grandes teatros, ni la calle de la cultura de izquierda o el bar en el que en la última mesa se reúnen un par de fascistas. No ofrecen al albañil en el mismo restorán que el “doctor”, ni al mimo en la misma cuadra que el líder de un partido trotskista. No ofrecen el viaje de la familia del conurbano para ir “ahí”: donde están todos. Ofrecen lo que se ve. El centro ofrece lo que no se ve.

Los nuevos polos gastronómicos descentralizados ofrecen comida. Ofrecen lo que se ve. El centro ofrece lo que no se ve.

No creo que se trate de la vieja nostalgia contra la modernización, sino de una modernización que no rompa el pacto en el que podemos sentirnos iguales. El quiebre de la idea de la comunidad -palabra que le gusta repetir al dirigente social Esteban “Gringo” Castro- es también el de los lugares en los que las distintas clases se juntan. El centro porteño era un poco eso: de “alta cultura” y federal, de estirpe popular y bien porteño. Todo eso junto. De izquierdistas, peronistas y radicales populares que pululaban por los mismos bares, de restoranes donde se encontraban el concejal y el barrendero del Congreso. El espacio en el que vi a algún familiar ponerse su traje Macowens diciendo: “me empilché bien para salir”. Cuidado: la alabanza por “lo nuevo” puede ser tan peligrosa y nociva como la defensa cerrada de “lo que tuvimos y perdimos”. Se trata de saber, en cualquier caso, en esta ciudad frenética, si hay algo por conservar. Y si “lo nuevo” no viene también con un packaging de división. Nuevos lugares de clase media donde solo los de clase media nos sentimos eso. El centro era (todavía un poco es) otra cosa: la sociedad de todas las clases. Todas las clases todas, hermano americano. Un lugar para ser y, al mismo tiempo, borrar lo que sos.

En La Ciudad Vista, Beatriz Sarlo dice que los “empleados y turistas son los dos grandes públicos de la calle que, en una ciudad que ha perdido su centro, ya no es un paseo de las capas medias como lo fue durante buena parte del siglo XX”. La pérdida del centro, en aras de la modernización, también fue la pérdida de ese secreto: el que permitía entender que Pippo no vendía solo -quizás ni siquiera principalmente- comida, y que por eso no podía ser comparado con otros restoranes de los barrios de la ciudad o de fuera de ella. Pippo, como el Lorraine o el Cine Los Ángeles vendían centro. La confluencia de la ciudad. Lo decía Celedonio Flores en 1922: Esquina porteña, vos hiciste escuela / en una melange de caña, gin fitz, / pase inglés y monte, bacará y quiniela / curdelas de caña y locas de pris.

El centro siempre fue lo contrario a la segmentación y al consumo que hoy, usando anglicismos, llaman “on demand”. El centro ofrece y tomás el centro, no buscás una de sus partes. El centro, como casi todos sus lugares icónicos, nació con su propia nostalgia. Ya en los viejos tiempos había tangos nostálgicos por la Corrientes angosta.

Pero hay formas de cambiar y no morir y hay formas de cambiar y matar. Hoy hay gente para lo que esos lugares significan poco o nada. Es responsabilidad del mercado y de la política, pero también es responsabilidad de las generaciones precedentes. Sin idea de centro, solo hay una idea de establecimiento particular: de librería, de bar, de restorán.

Una ciudad es un pacto entre lo que nace y lo que debe permanecer. Un acuerdo que entiende que la modernidad no debe ser enemiga de lo que debe perdurar, no por tradición o conservadurismo, sino por bello y bueno. A veces, caminando por ahí me pregunto, ¿es Café La Paz más moderno con el enorme quiosco de golosinas que se exhibe ahí afuera? ¿Es más moderna Corrientes sin el Cine Los Ángeles, pero con un Burger King?

No sé si lo que digo tiene sentido. Probablemente no. Son solo ideas al pasar. Como a Isidoro Blaisten –a quien le robé el título para este texto–, “no me interesan los pensamientos rigurosos, porque cada cinco años hay que cambiarlos”.

No se trata de nostalgia o de melancolía, se trata de preservar el pacto que ya no puede ser preservado. La democracia céntrica de la igualdad con todas las clases adentro está rota. Pero si se rompe la estructura, intentemos conservar los símbolos. Para que, quizás un día, podamos volver a poner los ladrillos.

Chau Pippo.

PS: Pippo Paraná, el otro local, sigue abierto. Habrá que seguir yendo.

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