OTRA VEZ EN MARGARITA BELÉN

Por: Analía Real*

Cientos de familias de pequeños productores de la agricultura familiar, campesina e indígena, como los Benítez-Fernández, resisten desalojos y agravios impulsados por el agronegocio y la presión inmobiliaria. En Margarita Belén, escenario del reclamo histórico de Memoria, Verdad y Justicia por los hechos ocurridos el 13 de diciembre de 1976, la lucha por los derechos humanos se actualiza y pone en el centro de la disputa a la tierra y la identidad de una comunidad.

Margarita Belén es una localidad ubicada a 25 km de Resistencia. Lo que quiero compartir ocurre, de todas formas, en centenares de parajes y pueblos de nuestro país en simultáneo.

Las familias damnificadas pertenecen al sector de la Agricultura Familiar, Campesina e Indígena ya que la tierra que trabajan y habitan se ve constantemente amenazada por el agronegocio, la especulación financiera, la presión inmobiliaria o simplemente el atropello de los que más tienen.

El 21 de abril de 2021 la jueza Ana Mariela Kassor ordenó el desalojo de la familia Benítez-Fernández, en plena segunda ola de la pandemia por COVID 19. El desalojo pudo frenarse ese día gracias a la resistencia de la familia, la participación de las organizaciones del sector, las vecinas y vecinos y las instituciones provinciales y nacionales que trabajan acompañando al sector y se hicieron presentes.

Como siempre ocurre cuando existen estas situaciones de tensión, nadie sabe bien cómo ni cuándo, pero llega el caos y la incertidumbre con un oficial de justicia que repite que él solo “cumple órdenes”, una jueza que no se hace presente y la policía local que conoce a la familia de toda la vida buscando no tener que intervenir. Teléfonos que arden, radios, medios, confusión, gritos, conversaciones amontonadas. Finalmente, el oficial de justicia vuelve a comunicar que se suspende el desalojo: aplausos, ¿alegría?, alivio.  

La familia es consciente de que solo ganaron un poco de tiempo, “un poquito así”, como dijo una de las hijas de los Benítez-Fernández, haciendo el ademán con los dedos. Realmente fue poquísimo tiempo. A los tres días la jueza convocó a una nueva audiencia virtual y dictaminó que en 60 días las familias tienen que desalojar las 30 hectáreas.

En solo 60 días, que se cumplirían el próximo 27 de junio, con todas las restricciones de la pandemia, estas familias deberán encontrar un lugar donde vivir y trabajar. Pero, ¿cómo se muda la identidad?, ¿dónde entran 36 años de trabajo y proyectos, la inversión de varias generaciones? Alambres perimetrales, perforaciones de agua, la tierra preparada para la agricultura, la ladrillería, el carbón, la sombra, las cinco casas, los recuerdos de los bailes, las reuniones de productoras/es, la estufa para secar tabaco. ¿Dónde y con qué se embala la dignidad de producir alimentos que otras y otros comen todos los días?

En solo 60 días, que se cumplirían el próximo 27 de junio, con todas las restricciones de la pandemia, estas familias deberán encontrar un lugar donde vivir y trabajar. Pero, ¿cómo se muda la identidad?, ¿dónde entran 36 años de trabajo y proyectos, la inversión de varias generaciones. ¿Dónde y con qué se embala la dignidad de producir alimentos que otras y otros comen todos los días?

La familia Benítez – Fernández es una típica familia de pequeños productores de la agricultura familiar, campesina, indígena. Los padres de Vilma Benítez ya vivían en ese predio desde la década del 60. Cuando en 1985 Vilma y Martín Fernández formaron pareja se hicieron cargo del predio y sus padres se mudaron a otro campo. 

En esas tierras está el trabajo de toda su vida, allí nacieron y crecieron sus seis hijos; en la actualidad cinco de ellos viven en el mismo predio porque a medida que se independizaron fueron construyendo sus casas, separaron su producción y tuvieron sus hijos. Allí conviven 3 generaciones, hay niñes de 10, 9, 5 y 2 años, dos adolescentes de 16 y 14 y dos bebés de 4 y 7 meses. 

No ha sido fácil para esta familia batallar contra un papel, una escritura, la tan mentada propiedad privada. En la chacra cultivan principalmente hortalizas que venden en la Plaza de Margarita Belén. Además, crían aves y vacunos. Paradojas del destino, fue en Margarita Belén donde se formó la primera cooperativa agropecuaria de nuestro país y de toda América Latina, en 1897. Esta organización que nucleaba a productores de algodón, tabaco, cítricos, tártago, fue muy importante para el desarrollo de la región. Cuentan los más grandes que en su época de mayor esplendor, además de la infraestructura productiva, contaban con despacho de gasoil, carnicería, almacén y una tienda de ropa donde los socios se surtían, y si no tenían recursos para comenzar una campaña de siembra, la cooperativa los financiaba. Así Margarita Belén se ganó el apodo de ser “la cuna del cooperativismo agrícola”.

Paradojas del destino, fue en Margarita Belén donde se formó la primera cooperativa agropecuaria de nuestro país y de toda América Latina, en 1897. Esta organización que nucleaba a productores de algodón, tabaco, cítricos, tártago, fue muy importante para el desarrollo de la región.

La localidad es también el primer lugar del Chaco en tener un Parque de la Memoria que se inauguró hace pocos meses – 45 años después de la llamada masacre de Margarita Belén – con el objetivo de reflexionar sobre los hechos ocurridos y mantener la memoria activa.

El 13 de diciembre de 1976 durante la última dictadura cívico-militar, un grupo de militantes peronistas que estaban detenidos en la alcaidía de Resistencia fueron ferozmente torturados y ejecutados en un operativo conjunto entre el Ejército Argentino y la Policía del Chaco.

Hubo que esperar y batallar muchísimo durante 35 años para que el 16 de mayo de 2011 ocho militares fueran condenados a prisión perpetua por ser considerados autores materiales de los homicidios. La investigación judicial continúa y la búsqueda de cuerpos también.

En este parque se construyeron tres pilares con las leyendas Memoria, Verdad y Justicia, que nos interpelan a pensar también los derechos humanos de las comunidades en la actualidad, en esta familia y en ella a todo el sector de la agricultura familiar, campesina e indígena que, a lo largo y a lo ancho del país, ve amenazada la continuidad de su forma de vida. Nos interpela además a reconstruir las memorias del trabajo cooperativo y solidario del sector, historias de vidas que se desarrollaron a partir de trabajar la tierra y organizar la producción y la comercialización de manera asociativa o comunitaria y que le dieron vida a pueblos y ciudades con identidad propia.

Y sobre todo a pensar cómo se hace Justicia, no la de los expedientes que acumulan carátulas y rótulos y tantas palabras difíciles. Justicia más allá de la propiedad privada, justicia para que la familia Benitez-Fernandez no termine engrosando alguna villa miseria del Gran Resistencia, justicia para que no sean expulsados de una forma de vida, de su identidad, de sus sueños.

Esta familia que no puede esperar un reconocimiento 35 o 45 años después y necesita de verdad a un Estado Presente, que resuelva definitivamente su tierra, techo y trabajo. Hasta que la tierra sea para quienes la trabajan, de una vez y para siempre.

*Antropóloga (UBA), Delegada en Chaco de la Secretaria de Agricultura Familiar, Campesina e Indígena de la Nación. Militante del Movimiento Evita

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