HECHO EN BARCELONA PARA BARCELONA

Por: Alejandro Caravario

En las últimas semanas, el rumor de la posible partida de Lionel Messi del equipo catalán después de casi veinte años mantuvo en vilo al mundo entero. Los laberintos contractuales lo llevaron a decidir quedarse un año más en el Club que lo vio crecer y convertirse en una estrella, pero quedaron expuestas su lectura del ciclo cumplido y la necesidad de levantar campamento en busca de otra cultura futbolera en la recta final de su carrera.

Finalmente, Lionel Messi seguirá en Barcelona al menos un año más. La letra invisible de los contratos, sometida además a la hermenéutica creativa de los abogados de ambos lados, llevó la disputa a un callejón sin salida. El jugador sostenía que tenía derecho a irse sin poner un euro, mientras que el club exigía el pago de la cláusula de rescisión. El desenlace forzoso era un juicio áspero que Leo no quiso afrontar. No por falta de razones, sino porque le parecía un final inconcebible para su historia en el club al que llegó de púber, hace casi veinte años, donde ganó todo y es el máximo héroe.

En una entrevista exclusiva con el portal Goal –concedida a un periodista amigo–, el rosarino dio su muy esperada versión de la pulseada que tuvo en ascuas al mundo futbolero e hizo las paces con el público catalán. Dijo que ama al Barcelona, sentimiento que, quedó claro, no hace extensivo a su presidente Josep Bartomeu. Y agregó que, si en algún momento pensó en irse, fue porque el club no tenía un proyecto seductor. Más allá del diseño estratégico de los actuales dirigentes, la oprobiosa goleada 2-8 ante el Bayern Munich, por la Champions League, demostró que el Barça ya no es lo que era. La hegemónica maquinaria y su perfecta geometría de juego requieren chapa y pintura. Reciclar nombres e ilusiones.

Cuesta imaginar cómo hará Leo, por mucho profesionalismo que le imponga a sus rutinas de atleta, para volver con ánimo competitivo. Para retomar el liderazgo épico que se espera de él, cuando a su alrededor encuentra solo vestigios del antiguo esplendor. Un entrenador nuevo, el neerlandés Ronald Koeman, acaso le dé aire fresco a un vestuario tristón. Pero no suenan nombres rutilantes entre los futbolistas recién llegados, lo que hace pensar que Messi no tendrá un acompañamiento idóneo para cumplir con su pretensión de ganar todo. Para colmo, su amigo y gran socio del área, Luis Suárez, no figura entre los predilectos de Koeman.

Los más afines a las estadísticas agitan algunas zanahorias en el camino desangelado de Messi. Consuelos de ocasión. Por caso, podría proponerse desplazar a Pelé como máximo goleador de la historia en un solo club. Le faltan apenas nueve goles. También está cerca de destronar a Xavi Hernández como el jugador con más partidos en Barcelona. En fin, si uno busca, los objetivos aparecen. Aunque es difícil que conmuevan a Leo. Su lectura del ciclo cumplido y la necesidad de levantar campamento en busca de otra cultura futbolera son más que razonables. A los 33 años, Messi avista el final de su carrera. No le quedan muchas temporadas de plenitud para aventurarse más allá del portentoso templo que le dio, antes que gloria y fortuna, una identidad indisociable de su genio. Pero quizá es esto mismo, su profunda constitución barcelonista, lo que le impide a Messi moverse de casa. Tal vez las diferencias alrededor del contrato son apenas una coartada que Leo les cuenta a los demás y a sí mismo, pero su permanencia –o su parálisis, según cómo se mire– obedece a un miedo impreciso y metafísico, si se me perdona la osadía. El miedo, en efecto, a dejar de ser. A convertirse, con otra camiseta, en un futbolista vegetativo. Sin poderes, sin territorio, en estado de abandono. Sin motivos reales para seguir jugando.

Su lectura del ciclo cumplido y la necesidad de levantar campamento en busca de otra cultura futbolera son más que razonables. A los 33 años, Messi avista el final de su carrera.

Messi parece uno de los personajes de El ángel exterminador, el hermoso film de Luis Buñuel, que siempre están por abandonar la fiesta pero se terminan quedando indefinidamente, al influjo de un hechizo nunca explicado, y ranchando como refugiados en una mansión burguesa. O como rehenes. A pesar de que cada tanto trasciende la voluntad de Leo de revisar su continuidad, su lazo de implícito carácter vitalicio con el Barça, la cosa nunca pasa del rumor. De la presión para mejorar el salario. En el fondo, la sospecha es que Messi jamás abandonará el Camp Nou. Ya tuvo suficiente crisis de adaptación cuando le tocó integrar el seleccionado argentino. Y eso que se trataba de escapadas fugaces. Fueron años de montar equipos a su medida, de intentar recrear el hábitat donde ocurrían los milagros. Pero el equipo le tiraba de sisa o le quedaba holgado. Era el mejor, va de suyo, pero no el mismo que en su club. Tal vez fue Alejandro Sabella el que mejor interpretó sus necesidades y acertó por fin con un dibujo táctico en el que Leo era casi idéntico al diez del Barcelona. Luego, en el Mundial de Brasil, al DT lo atacó el miedo escénico en las instancias finales y dispuso un esquema muy defensivo que perjudicó a Messi, pero ese ya es otro tema.

Para comprender la conexión umbilical de Lionel y el Barcelona hace falta remontarse a los orígenes. A fines del siglo pasado, Jorge Messi, padre y hoy próspero representante del futbolista, llegó a España buscando no solo un club para su pichón de crack. También necesitaba financiar el tratamiento de Lionel, quien padecía un déficit de la hormona del crecimiento, por lo que su talla era muy inferior a la de los chicos de su edad. Newell’s, el club donde Messi había dado sus primeros pasos, no podía hacerse cargo de ese gasto. Cuentan que don Jorge tanteó en River, donde tampoco encontró eco. Fue Carles Rexach, secretario técnico del Barcelona, quien a finales de 2000, mostrando atributos de pitonisa, aceptó acoger a aquel chico de 13 años y 1,43 metro en la legendaria Masía, bastión pedagógico del club blaugrana donde los aspirantes a estrella de todo el mundo aprenden el estilo Barça, su ética deportiva. Forma parte del museo del club la famosa servilleta en la que quedó sellado el compromiso entre Rexach y Messi.  Puede decirse, sin ningún afán metafórico, que Barcelona no solo vio crecer a Messi, sino que lo hizo crecer. Hasta 1,70 metro, el tamaño con el que llegó a ser el número uno del planeta. Los que acostumbran argumentar con números dicen que los catalanes invirtieron algo así como 35 mil dólares en la medicación biotecnológica inyectable que facilitó el estirón. Una ganga. Apodado previsiblemente Enano, Messi deslumbró a los compañeros de La Masía con su velocidad de cohete y su habilidad. Las cabalgatas en las que desparramaba rivales eran la excepción permitida –y prodigiosa– a la religión del pase incesante que rige a todos los equipos maduros y juveniles, del Barça. En contraste con tal exhibicionismo, Messi no abandonaba el rincón del vestuario al que lo había confinado su timidez. Tampoco hablaba. Debutó en marzo de 2001, con un gol, en la categoría Infantil B. Luego, todo sucedió tan rápido como su tranco. En La Masía encontró un lenguaje colectivo donde insertar armoniosamente su talento. En torno a Messi, siempre hubo un equipo solidario que jugaba en su auspicio. También cuando llegó a la primera. Tal vez los nombres de Iniesta y Xavi, sus escuderos fieles y con luz propia durante la etapa más gloriosa del club, son el ejemplo más claro de esta simbiosis. El Barça y Messi se han moldeado mutuamente, están hechos del mismo tejido. Son un mismo organismo.

En La Masía encontró un lenguaje colectivo donde insertar armoniosamente su talento. En torno a Messi, siempre hubo un equipo solidario que jugaba en su auspicio. También cuando llegó a la primera. El Barça y Messi se han moldeado mutuamente, están hechos del mismo tejido. Son un mismo organismo.

A fines de 2003, con apenas 16 años, en un amistoso ante el Porto y con el número 14 en la espalda, Messi llegó al primer equipo. La breve carrera de asombro en las divisiones inferiores hacía presagiar un fuera de serie. Era cuestión de esperar un poco más. Ronaldinho, el virtuoso brasileño que por entonces era la gran figura, lo apadrinó para amortiguar el cambio brusco. El coloso hecho en Barcelona y para Barcelona hacía su entrada en la historia. Fundaba su hogar definitivo en el centro del mundo.

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