MI PROPIO DIEGO

Por: Alejandro Caravario

Un adiós en escenas fugaces para el último ídolo popular argentino.

Desde ayer, como tantísimos otros, no hago otra cosa que consumir noticias sobre el único tema que el mundo se permitió abordar: la muerte de Maradona. Asistí, a través de las pantallas, a los adioses en todas las lenguas, a los recuerdos de su estruendoso recorrido, al dolor multiplicado por la sorpresa. También intercambié mensajes con amigos y familia. Una larga ceremonia que, con el correr de las horas, demostró su vana redundancia: la noticia no terminaba de tornarse verosímil. Ni siquiera cuando se vieron la imágenes del féretro descargado por la noche en la Casa Rosada. O la procesión que esta mañana desfilaba frente al muerto embanderado, gritando sus lamentos como en la cancha, después de la más grave derrota. Ni siquiera entonces pude asimilar que el vendaval Maradona había cesado.

La muerte dispara el reflejo revisionista. La memoria se lanza a un rastreo azaroso en busca de fotos mentales. Tal vez de alguna clave, del orden y el sosiego impuestos por la mera retrospección. Quién sabe. Son reacciones instantáneas. Pensé entonces en los momentos en que mi modesta biografía se cruzó con la de Diego. Primera vez: cuando lo vi jugar en la cancha. Sin la mediación de dispositivos audiovisuales, sin la metralla de las repeticiones. Un Diego presencial –contacto directo con un cuerpo aún sin mitología– que danzaba bajo la luz escasa de la cancha de Atlanta, una noche de fines de los años setenta. El número diez adolescente de Argentinos Juniors comandó la victoria 5-2 sobre el equipo de Villa Crespo, metió dos goles y la descosió. Literalmente porque, en esos años, la Pintier de blanco inmaculado y una estrella azul estaba cosida. Fue un breviario de la escandalosa superioridad que luego desplegaría en todo el mundo y con distintas camisetas. Ese chico jugaba a otro juego. Más bello, más veloz, más problemático.

Ya como periodista, lo tuve cerca un par de veces. El protocolo del oficio sustituyó la fascinación de aquella noche en los tablones de la cancha. Argentina acababa de consagrarse en México 86 y Maradona era el centro del mundo. Portaba su mirada mayestática, desconfiada y orgullosa cuando entró silenciosamente a la redacción de Clarín. Lo flanqueaba mi amigo y colega Pablo Llonto, que había construido una relación cordial con Diego, a pesar de que el diario era muy crítico con aquel seleccionado de Bilardo. Recuerdo sus chupines y sus zapatillas Puma blancas y flamantes. Recorrió la redacción hasta la oficina del secretario general a paso lento. Con el pecho inflado, como cuando guiaba la pelota a campo traviesa. Hasta los más serios cronistas de la sección economía abandonaron la Olivetti para arrimarse al prodigio y corroborar que existía. Le hicimos una nota colectiva. No sé si colé alguna pregunta. Sí estoy seguro de que le di la mano. Cuando llegó y cuando se fue.

Diez años después, lo encontré en Ecuador. Yo formaba parte de la dotación de Olé que cubría el partido de la eliminatoria para el Mundial de Francia. Aquel que el seleccionado perdió en la altura de Quito y dio lugar al célebre diagnóstico de Daniel Passarella: “La pelota no dobla”. La noche previa, Diego se dejó ver en el restaurante del hotel. Había viajado como comentarista de la televisión. Lo rodeaba un séquito cuya función se limitaba a celebrar sus chistes. También estaba Coppola, que parecía cansado y aburrido de su rol de escudero. Maradona se sentó a nuestra mesa e improvisó un show de anécdotas y confidencias masculinas. Estaba eufórico, acaso entonado por algún suplemento químico. Aunque gobernada por el buen humor, aquella mesa me pareció demasiado (todas las dosis siempre eran excesivas con Diego). Así que acudí a alguna excusa quizá innecesaria y me fui. Mis compañeros se quedaron gustosos, previendo una noche de privilegiada intimidad con la estrella. Acaso un renglón envidiable en sus legajos.

Con el tiempo entendí que mi desaire era en realidad una fuga elegante. Ese Diego de Ecuador contradecía mi experiencia histórica, la identidad maradoniana que había elaborado entre mis devociones. Ese Maradona era un ídolo. Un hombre del espectáculo rodeado de sobones, deseoso de que le palmearan el hombro. Dispuesto a ser embalsamado en el living de Susana Giménez. Pero Maradona no era mi ídolo, sino mi héroe. No pretendía su foto autografiada, admiraba su reescritura del fútbol.

Su mano furtiva había hundido al reino británico, suavizado una herida que atravesaba la patria. Su fútbol era un continuum de emociones –la felicidad del pueblo– y la metáfora de las guerras libradas en otros territorios. También de los amores que se llevan el mundo por delante. Por eso era un gran artista. Él quiso que los hermosos goles que refundaron el Napoli fueran, a la vez, episodios de una pica de clases. Manifiestos, un resarcimiento de los pobres. Derivaciones de un furor antiguo quizá amasado en Fiorito y lanzado a veces a la bartola, incluso contra el bando amigo. Ya lo dijo el propio Diego: si bien la pelota salió indemne, él se ha manchado, cómo no.

¿Exagero a lo Maradona? Claro. Son las ventajas de las religiones sin dogma. De las religiones privadas. Yo edifiqué mi propio Diego, usando la imaginación y los deseos. Como todos los demás. Ayer les mandé el siguiente mensaje a mis amigos: “¿Qué vamos a hacer ahora sin Diego?” Porque con Diego entre nosotros, mucho mejor si era dentro de una cancha –con la excusa de dirigir, como en Gimnasia–, me sentía más seguro. Debe ser mi forma de procesar sus salvaciones deportivas. De magnificar –es inevitable magnificar con este hombre– la fortaleza que se sentía en el picado cuando el mejor de todos quedaba en tu equipo después del pan y queso.

Cómo sobrellevar semejante ausencia.

MÁS
NOTAS

TU OPINIÓN CUENTA

Nos gustaría que nos cuentes sobre tu experiencia en el sitio y sobre todo, acerca de nuestros contenidos.




    Suscripción