GRANDES VALORES DEL RUGBY

Por: Alejandro Caravario

Algunas ideas para indagar qué es lo que realmente emergió tras el escándalo que involucró a jugadores de los Pumas en las últimas semanas. Clase, privilegio, discriminación y presión institucional que reflejan una cultura de “valores” cuestionables.

La retahíla de tuits vomitivos a cargo de los jugadores Gustavo Matera, Guido Petti y Santiago Socino acaso fue una decepción para muchos que se sentían cerca de Los Pumas cada vez que los veían llorar abrazados, conmovidos por la música del himno nacional. Tal vez piensen ahora que esa ilusión de comunidad –son chetos pero representan a la Argentina con verdadero compromiso– era un equívoco. O la mera aspiración de que la patria, sintetizada en una remera y un equipo deportivos, limara arraigos de clase y las consecuentes fobias sociales. Y convirtiera a la selección de rugby y a su público esporádico –no hablo de iniciados y periodistas de la corporación Zona Norte– en un bloque tan homogéneo como pujante.

Es razonable suponer que el llanto derramado frente a los compases escritos por el español Blas Parera se debe no solo a la emoción aguda de ser argentino hasta la muerte. Sino al orgullo, igualmente poderoso, de no pertenecer a naciones vergonzantes como Paraguay y Bolivia, cuya función en la división internacional de trabajo consiste en proveer de personal doméstico a las familias de buen apellido de este lado del mapa, el lado soleado y bonito. Un servicio que, curiosamente, los jugadores mencionados –y quizá muchos otros, la mayoría–, lejos de agradecer, retribuyen con ira. A juzgar por los mensajes de los rugbiers exhumados hace unos días, ni el más enconado adversario deportivo les despierta tanta inquina como “la mucama”. El gremio acaso más vulnerable, legalmente más desamparado y monolíticamente femenino se recorta en el horizonte con la alteridad odiosa del enemigo. No un australiano o neocelandés que los goleó toda la vida. No. La señora que lava y plancha.

El ninguneo a Maradona, embajador plenipotenciario de las selecciones argentinas por derecho propio, probablemente revela más que un olvido o la incapacidad de improvisar. El borde plebeyo de Diego tal vez sigue siendo un límite natural para Los Pumas, aún para su versión moderna, la que acepta la profesionalización y la integración al negocio deportivo global. Por mucha compañía que Diego les haya hecho con su modo farolero de ser hincha, solo pudo acoplarse como un apéndice pintoresco, querido y respetado, pero de otro pozo. La ajenidad de Los Pumas quedó subrayada por el sutil homenaje de los All Blacks. Esa camiseta negra dedicada al héroe muerto que el capitán Sam Cane apoyó con suavidad en el pasto, como quien deja una flor en el panteón. Pero como lo cortés no quita lo valiente, después le clavaron un 38-0 al seleccionado argentino.

Hay que decirlo: los jugadores implicados formalizaron sus disculpas. Un tanto vagas. Parecían apuntar a su propio círculo antes que a las víctimas de su desprecio. También dijeron, como eje del descargo, que esos tuits que redactaron hace años ya no los representan. Que son pecados de juventud, que forman parte de la arqueología de la estupidez adolescente. Pero ahora, ¿cómo son Matera, Petti y Socino? ¿Qué procesos mentales, qué reflexiones y experiencias de la vida adulta los llevaron a ser distintos? ¿De qué modo son distintos? ¿Podrían al menos acreditar el pago de los aportes y contribuciones a la seguridad social por“la mucama” como prueba de su conversión democrática?

Los jugadores implicados dijeron, como eje del descargo, que esos tuits que redactaron hace años ya no los representan. Que son pecados de juventud. Pero ahora, ¿cómo son Matera, Petti y Socino? ¿Qué procesos mentales, qué reflexiones y experiencias de la vida adulta los llevaron a ser distintos?

El rugby, tal vez no solo en la Argentina, siempre se autoproclamó como un deporte de “valores”. Pasión, integridad, respeto, disciplina y así. Los clubes prometen ocuparse tanto de la instrucción deportiva como de la pedagogía moral. Ambas constituyen, en partes iguales, la formación de un rugbier cabal. El tercer tiempo –el encuentro entre rivales, cerveza en mano, que diluye amablemente la ficción de antagonismo– es una institución capital de ese patrimonio axiológico. También es notoria la sumisión a la autoridad del árbitro, que funciona como la ley paterna. La ley de un padre bueno y justo, por supuesto. Los referís siempre les explican lo que cobran a los jugadores. Y a veces, si se ha lesionado algún “valor”, les descerrajan una lección. Y hasta los mandan a la cama sin postre. A diferencia de otros deportes deliberativos y franeleros como el fútbol, donde al árbitro se le discute cada decisión, los jugadores de rugby acatan sin reproches hasta la pena más severa.

La World Rugby (WR) se pronunció de manera crítica sobre los tuits de los Pumas. Habló de una actitud “inaceptable”, que contrasta con “los valores fuertes, universales e inclusivos que la familia del rugby aspira a vivir y defender”. A su vez, alentó una investigación a fondo de parte de la Unión Argentina de Rugby (UAR), un encargo ante el cual la dirigencia local se perfila cuando menos indecisa. En rigor de verdad, no hay mucho que investigar: los mensajes de odio están a la vista y la autoría fue reconocida por los tres jugadores. Habrá ahora que obrar, que disponer un tribunal cuyas conclusiones corroboren el famoso asunto de los “valores”.

“El rugby no me gusta. Me gusta su gente. Que es la misma que tuvieron todos los deportes que hoy nos transmiten frecuentemente la sensación de que estamos sucios”. Con ese deslumbramiento escribía Dante Panzeri, el más intachable de los periodistas deportivos argentinos. En guerra abierta contra “la burguesía” que dominaba el fútbol, Panzeri encontraba en la “gente” del rugby la transparencia del deporte de caballeros. Ese sí es un valor que sobrevive en el rugby y que responde a una concepción aristocrática: para entrar a la cancha hace falta cierta habilitación moral que solo se encuentra en las mejores familias.

Los atributos requeridos para vestir con dignidad una camiseta de rugby –también la de Los Pumas– son en realidad el fomento de la endogamia. Si algo denota este deporte es pertenencia de clase y masculinidad. Esa es la verdadera construcción simbólica, a la que contribuyen las conductas pregonadas como ejemplares. Y a pesar de que el deporte logró expandir las fronteras del doble apellido –¡hasta llegó a la villa!–, la mentalidad dominante se aferra a esas coordenadas. De hecho, la galaxia rugbística vio en la lluvia de críticas a sus chicos una intromisión indebida y presionó a la UAR para que levantara los castigos impuestos al principio. Acá rige el epigrama maradoniano ampliado: no se mancha ni la pelota ni los jugadores. Privilegios de la casta.

¿Qué pensarán las firmas que patrocinan a Los Pumas, como Visa, Nike y Personal? Hubo una campaña en las redes para pedirles que les retiren el apoyo económico. Algo frecuente en otras partes del mundo cuando los deportistas tienen conductas deshonestas. Todavía no pasó nada. Aun en tiempos de corrección política, quizá las empresas evalúan que la xenofobia galopante de algunos jugadores no daña la vinculación del rugby con el prestigio social, ecuación clave de la estrategia corporativa. Nike podría afrontar un dilema: en Estados Unidos suscribe el eslogan Black Lives Matter, es decir que tiene un fuerte compromiso con la lucha contra el racismo. En la Argentina, ante la avalancha de quejas, le puso candado a su cuenta de Twitter.

La galaxia rugbística vio en la lluvia de críticas a sus chicos una intromisión indebida y presionó a la UAR para que levantara los castigos impuestos al principio. Acá rige el epigrama maradoniano ampliado: no se mancha ni la pelota ni los jugadores. Privilegios de la casta.

La cultura masculina asume en el rugby la forma de violentos ritos de iniciación. Los más piadosos –o progres– sostienen que esa práctica está en vías de extinción. Lo que no se agota, y que también es una ceremonia de la cofradía en armas, son las peleas salvajes que suelen dejar alguna víctima grave. Las patotas del rugby. Todos recuerdan el asesinato de Fernando Báez Sosa, en Villa Gesell, un joven de los sectores populares atacado precisamente por eso. Hace pocos días, una pandilla cordobesa del Tala Rugby Club desfiguró a un chico de 18 años. El propio Pablo Matera, cuando ya había superado la edad del pavo antisemita y se aprestaba a viajar al Mundial de Inglaterra en 2015, fajó a alguien en una discoteca de Pilar. La UAR fingió escandalizarse, pero la sanción fue leve y la reflexión, nula. A propósito: qué quiere decir Agustín Pichot, próspero empresario, ex Puma y supuesto guía en la modernización de un deporte que se complace en su arcaísmo, cuando pide “autocrítica”. Él mismo dio por cerrado el affaire de los tuits porque, dice, confía en la maduración de los jugadores luego de aquella gesta etnocéntrica.

Acaso las palizas que los rugbiers pueden tomarse, incluso para el revisionismo de Pichot, nada más que como una derivación indeseable del vigor masculino. Un excedente de testosterona que habrá que ver cómo canalizar de manera más edificante. O bien como la extensión de una ética en la que prevalece la camaradería. Piñas van, piñas vienen, los muchachos se entretienen. Algo así. La camaradería, aunque tiene lamentables desbordes, también es un “valor”.

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