LOS DUEÑOS DEL PETRÓLEO Y LA PELOTA

Por: Alejandro Caravario

Las fortunas de los inversionistas árabes desembarcan en el fútbol europeo y tensan las reglas del fair play financiero exigido por la UEFA. ¿Quiénes son estos hombres jóvenes, en su mayoría formados en universidades prestigiosas de negocios, que eligen el fútbol para desplegar sus estrategias de poder?

Ilustración: Martín Vega

El nombre kilométrico se corresponde con el tamaño del personaje: Mohammed bin Salman bin Abdulaziz Al Saud. Aunque, para no quedarse sin aire al mencionarlo, la mayoría prefiere el apócope Mohammed bin Salman y, los más confianzudos, la sigla MBS. Con una fortuna estimada en más de 350 mil millones de dólares, en cuyos límites difusos se mezclan lo público y lo privado, el príncipe heredero de Arabia Saudita, que de él se trata, es el nuevo dueño del equipo inglés Newcastle, hoy por hoy en las últimas posiciones de la tabla, pero, según estas últimas noticias, con grandes chances de que su destino cambie definitivamente.

Formalmente, la adquisición la concretó el Fondo de Inversión Pública Saudita (PIF, por su sigla en inglés), controlado por el príncipe de 36 años, un antiguo anhelo que hasta ahora había encontrado repetidos obstáculos. No solo por el desequilibrio que previsiblemente producirá en la competencia la aparición de un actor que pisa tan fuerte (los flamantes propietarios anunciaron que invertirán mil millones de euros en infraestructura y refuerzos para el plantel), sino porque la figura de Bin Salman despierta escozores justificados.

Hombre fuerte del gobierno saudita –su padre, el rey, padece Alzheimer–, ha impulsado una purga desde que fue nombrado heredero, en 2017, con el fin de consolidar su poder. Como parte de una campaña contra la corrupción –su coartada para la purga–, entre otras medidas, encerró en el hotel Ritz-Carlton de Riad a un grupo numeroso de empresarios y miembros de la realeza acusados de estafar al gobierno. Y los obligó a pagar fortunas para recuperar la libertad. Lo que en la Argentina demandó prolongadas negociaciones parlamentarias (el “aporte solidario” de los ricos), MBS lo logró en un par de días.

Minucias de autócrata comparadas con la muerte del periodista Jamal Khashoggi, abierto opositor al gobierno y columnista del Washington Post, quien fue asesinado y desmembrado en el consulado saudita de Estambul. A pesar de que el régimen liderado por MBS tomó una distancia poco creíble de lo que Naciones Unidas considera un “asesinato de Estado”, un reciente informe de inteligencia de los Estados Unidos indica que Mohammed bin Salman aprobó el plan para terminar con el periodista. Una constatación que, señalan los analistas, hace peligrar algunos acuerdos comerciales entre ambos países en el siempre rentable rubro de las armas. 

Estos antecedentes, sumados a las denuncias de organismos internacionales por la violación de los derechos humanos en Arabia Saudita –y asentados a su vez sobre un prejuicio occidental sobre las culturas islámicas–, hicieron que el fondo de inversión tuviera que asegurarle a la Premier League que Mohammed bin Salman no manejaría el Newcastle. Detalles de corrección política que no engañan a nadie ni modifican el humor de la hinchada de las Urracas, que celebró eufórica el arribo de los opulentos patrones petroleros. Las fotos de las agencias de noticias muestran al público vestido con atuendos árabes a modo de bienvenida.

La venta se hizo en unos 350 millones de euros y los sauditas se quedaron con el 80 por ciento de las acciones. La empresaria británica Amanda Staveley y los más que prósperos hermanos Jamie y Simon Reuben conservan el 20 por ciento restante. Esta tríada será la encargada de dirigir la institución, junto a Yasir Al-Rumayyan, el director general del Fondo de Inversión Pública y apoderado de Bin Salman, que ejercerá la presidencia.

Los clubes de la Premier League, como medida preventiva, votaron bloquear cualquier contrato del Newcastle con sponsors para evitar que el club se beneficie de la red de empresas con las que Arabia Saudita o el PIF ya tienen relaciones. Obra el antecedente del Manchester City, que por ser propiedad de un grupo inversor del gobierno de Abu Dhabi (Emiratos Árabes), consiguió firmar un acuerdo con Etihad Airways. El dinero llama al dinero. Y ante eso, el tan meneado fair play financiero exigido por la UEFA no puede hacer demasiado. Es seguro que el Newcastle dejará pronto el lote de los equipos chicos para codearse con los que aspiran a ganar copas europeas.

Los clubes de la Premier League, como medida preventiva, votaron bloquear cualquier contrato del Newcastle con sponsors para evitar que el club se beneficie de la red de empresas con las que Arabia Saudita o el PIF ya tienen relaciones.

Los reparos de la Premier League también se fundan en una denuncia que pesa sobre Arabia Saudita por avalar maniobras de piratería que desviaban la señal de transmisión de los partidos del fútbol inglés, cuyos derechos le pertenecen a una compañía qatarí.

El príncipe heredero registra un historial de inversiones resonantes. En 2015, compró por 275 millones de euros el Château Louis XIV, un palacio construido hace diez años sobre un lote de 23 hectáreas, en las afueras de París. En cuanto a movilidad, tampoco se priva de nada: Serene, su yate de 134 metros de eslora y siete cubiertas, le costó 500 millones. Fuera de estos gustos personales y como hombre de Estado, su propósito es diversificar la economía saudita y avanzar sobre los sectores de turismo y tecnología, entre otros. La compra del Newcastle, señalan los expertos, va en esa dirección. El fútbol es una vidriera que garantiza difusión y reconocimiento. Pero su función estaría incompleta si no fuera una llave para abrir otros mercados.

El dinero árabe aterrizó en Europa en 2008, cuando Abu Dhabi United Group (ADUG), controlado también por un miembro de la familia real, compró el Manchester City. La inyección de dinero potenció a los Citizens hasta colocarlos entre los principales equipos del mundo, aunque los dirigidos por Pep Guardiola no lograron ganar todavía la Champions League, el certamen más importante de Europa. El City Football Group (CFC), oficina que administra las inversiones de ADUG, expandió sus intereses a lo largo del planisferio y diseminó una constelación de franquicias que abarca Australia, Estados Unidos, China y Uruguay, entre otros países. En paralelo, los dueños del City encaran un ambicioso plan de desarrollo urbanístico en los terrenos que rodean al estadio, en las afueras de Manchester. La zona, de construcciones precarias, tiene un valor que supera los mil millones de euros. Un negocio literalmente muy próximo al fútbol.

El dinero árabe aterrizó en Europa en 2008, cuando Abu Dhabi United Group (ADUG), controlado también por un miembro de la familia real, compró el Manchester City.

Mientras avanza sobre Europa, Emiratos Árabes acaba de anunciar la creación de una base de datos para perseguir los delitos financieros y mejorar la cooperación internacional en el rastreo de dinero turbio y la financiación del terrorismo. Guiños hacia Occidente como la sobreactuada cruzada anticorrupción que acometió el príncipe heredero Mohammed bin Salman con la idea, acaso vana, de proyectar una imagen más digerible hacia los mercados.

Paris Saint Germain es otro caso emblemático del desembarco de las potencias petroleras árabes. El emir qatarí Tamim bin Hamad Al-Thani, de 41 años, lo convirtió en una colección privada de súper jugadores. La última joya en incorporarse fue Leo Messi, quien comparte vitrina con el brasileño Neymar y el francés Kylian Mbappé. Desde que su alteza qatarí compró el club en 2012, invirtió 1.365 millones de euros en futbolistas y, aunque su dominio en la liga es abrumador y tedioso, al igual que el City, aún tiene como cuenta pendiente la Champions. Al margen de la suerte del club parisino, el crecimiento de Qatar en la corporación futbolera quedó de manifiesto cuando se lo designó sede del Mundial 2022, de una manera por lo menos opaca y sin ningún antecedente vinculado al deporte que respaldara tal decisión.

El Almería, del ascenso español, pasó a manos de un jeque saudita en 2019, en tanto que el catarí Abdullah bin Nasser Al Thani, perteneciente a la familia real para variar, se apoderó del Málaga. La formación de este último en administración de empresas, cursada en Egipto, no se vio reflejada en la gestión, definida en forma unánime como desastrosa y que motivó la intervención judicial que todavía está vigente.

Las desprolijidades del dueño del Málaga son, sin embargo, la excepción. El perfil de los inversionistas árabes no es el de magnates caprichosos que se compran un estadio y veinte jugadores porque no saben qué hacer con tanto dinero. En general, son hombres jóvenes que estudiaron en universidades prestigiosas y que eligieron el fútbol como cabecera de playa de una estrategia de negocios.

MÁS
NOTAS

TU OPINIÓN CUENTA

Nos gustaría que nos cuentes sobre tu experiencia en el sitio y sobre todo, acerca de nuestros contenidos.




    Suscripción