LA CANCIÓN DEL LINYERA

Por: Gerardo Fernández

Unos cincuenta años separan a “La canción del linyera” de Ivo Pelay de la icónica “De nada sirve” de Moris. Inspirado en las transformaciones sociales y políticas que dieron a cada una su impronta, Daniel Melingo experimenta uniendo ambas obras como si fueran dos capítulos de una misma historia.

Las canciones tienen olores. Y se perciben con fuerza, como al escuchar “Mediterráneo” o “Mañana en el Abasto”. El mar o el viejo mercado se te enciman. Si tuviste la suerte de conocer ese mercado (hoy transformado en shopping), te abraza el olor a madera húmeda de los cajones con frutas y verduras. Las canciones huelen. Y pobre de aquel que no tenga sentido del olfato para la música porque está condenado sólo a escuchar.

“La canción del linyera” huele a los campos pampeanos, cuando el sol los hace brillar al levantarse la helada y los pájaros acompañan esa instantánea con sus voces. Quienes crecimos ahí, masticando hojas de eucalipto, terminamos décadas después añorando esos olores desde el cemento al que la vida nos derivó. La pampa no huele a costa ni a montes subtropicales, su aroma es algo que -en apariencia- no existe. O sólo es apto para olfatos nacidos ahí. Me animo a decir que no cualquiera está en condiciones de oler la pampa.

La belleza pampeana tiene su propio swing. Suena a Cifra y milonga surera y por eso nos encanta “La canción del linyera” que, aunque rítmicamente sea un foxtrot, identifica a quienes tuvimos una infancia de ferrocarril viendo esas locomotoras maniobrando y a los changarines hombreando bolsas en esos veranos ardientes, donde sus lomos transpirados reflejaban como espejos los rayos solares.

Pero también crecimos viendo a los linyeras con sus pavas tiznadas y sus fueguitos en medio de los montes. Primero les escapábamos, hasta que nos dimos cuenta de que no eran delincuentes. Eran tipos que se habían rajado de la vida en sociedad y punto. La canción del linyera se agiganta cuando uno, que ha crecido viendo a los linyeras en la estación de su pueblo, y vio sus fueguitos y su tiempo suspendido cebándose mates lavados con una pava ennegrecida, quizá por años de posarse sobre fuegos hechos con ramas, es tomado por esa nostalgia.

Ya no volverán a verse linyeras así, aunque miles sigan padeciendo la explotación; o a menos que en este país insólito algún día su extenso territorio vuelva a ser transitado por el ferrocarril. Siempre vi a los linyeras como tipos escapados de la sociedad, hombres sin maldad y portadores de virtudes no tan abundantes en el mundo de los incluidos.

El linyera es ese tipo que vaya uno a saber por qué un buen día se las tomó de su casa, de su barrio, de su pueblo, iniciando el derrotero que no tiene punto de llegada. Andaba por donde lo arrastraban los trenes y se las rebuscaba para alimentarse con lo imprescindible porque hasta el estómago se le había ido cerrando con el tiempo.

El linyera no iba a ningún lado, aunque una semana estuviera en Pehuajó, la otra en Carhué y la próxima quincena vaya uno a saber dónde. El linyera no tenía destino, el linyera era una forma de la derrota, un desertor sin propuesta alternativa.

“La canción del linyera” se agiganta cuando uno, que ha crecido viendo a los linyeras en la estación de su pueblo, y vio sus fueguitos y su tiempo suspendido cebándose mates lavados con una pava ennegrecida, quizá por años de posarse sobre fuegos hechos con ramas, es tomado por esa nostalgia.

La versión que clavó Antonio Tormo de “La canción del linyera” es magnífica –entre otras cosas- por ese rescate del sentir del linyeraje que tan bien captó Ivo Pelay en sus estrofas. Fue un acto de justicia, ante todo, un saludo a estos expulsados. Y acá es donde irrumpe con toda su potencia una figura: Daniel Melingo.

Desde una adolescencia con formación académica, luego de crear Los Twist, de tocar con Charly García y Los Abuelos de la Nada, recaló en esa zona brumosa y resbaladiza que es volcar tanta información musical teórica y práctica en el abordaje de esos sonidos que mamó desde la cuna en Parque Patricios. Y el resultado, que como proceso de búsqueda creativa tiene altibajos, logra uno de sus puntos más gloriosos en la versión de esta canción y más, cuando al final en un puente único le funde “De nada sirve”, ese himno de Moris.

Arte mayor el de Melingo, porque unir esas dos obras en apariencia tan “alejadas” entre sí es un hallazgo de excelencia. ¿Acaso aquel linyera no compartiría la misma mirada de la sociedad que ese flaco que a las 3 de la mañana enciende un faso, se clava un vino y se delira canturreando “veinte horas al cine pueden ir y fumar hasta morir / a los amigos pueden llamar… de nada sirve”? Nada es más fácil que imaginar al linyera de Ivo Pelay fraseando “De nada sirve”. Todo coincide y se funde, pero hay una diferencia que aparece al final de ambas obras: mientras el linyera dice “no tengo norte no tengo guía para mí todo es igual”, el personaje de Moris expresa que está solo, que nadie lo mira, se siente encerrado y le parece imposible escaparse de sí mismo.

Mientras el linyera parece disfrutar de su derrotero, el personaje de Moris no desea andar dando vueltas por ahí ya que tiene muy claro qué es lo que rechaza, que no es otra cosa que la sociedad. Ambos son deshechos. Unos cincuenta años separan a estas dos canciones y no es poco: de una economía agraria al intento de desarrollo industrial, al peronismo.

Pero los años han seguido pasando y hasta el peronismo comenzó a desdibujarse ¿Cómo hacerle ver a un pibe en la estación de su pueblo que por ahí pasaban trenes con linyeras y que hasta pasó Perón con Evita si ya ni las vías quedan porque las han levantado o las ha tapado la gramilla?

¿Acaso aquel linyera no compartiría la misma mirada de la sociedad que ese flaco que a las 3 de la mañana enciende un faso, se clava un vino y se delira canturreando “veinte horas al cine pueden ir y fumar hasta morir / a los amigos pueden llamar… de nada sirve”?

Melingo tiene la audacia de juntarlas para que se potencie una idea: que fuésemos logrando poco a poco trascender su abordaje meramente bucólico y su pintoresquismo y que, al fin y al cabo, dejen de ser postales de una derrota.

MÁS
NOTAS

TU OPINIÓN CUENTA

Nos gustaría que nos cuentes sobre tu experiencia en el sitio y sobre todo, acerca de nuestros contenidos.




    Suscripción