LIBERTAD SUSTANTIVA O LIBERTAD LIBERAL

Por: Horacio González

En esta columna, Horacio González aborda el concepto de libertad en el marco de las medidas oficiales que buscan prevenir la multiplicación de casos de Covid-19. Repasa la creación de la palabra “infectadura” asociada al uso de la pandemia como pretexto para restringir esa libertad, y contrapone el absolutismo liberal de la libre circulación, a la libertad que producen la conciencia de lucha y el compromiso colectivo en una situación excepcional como la de este presente.

Una frase habitual del liberalismo clásico dice que mi libertad termina donde empieza la de los demás. No es así, pues se crearía una serie infinita de individuos donde mi libertad nunca estaría terminando -porque es transferida al siguiente-, ni nunca estaría comenzando, pues el anterior me la ha trasferido. En realidad, nunca hay alguna libertad que no se relacione, o que no choque, o que no sea restringida por algo, en especial por su propia capacidad de reflexión. En este caso es una restricción creativa, que la obliga a investigarse a sí misma y recorrer otros caminos. En efecto, es esa misma capacidad de reflexión que le es inherente a nuestra libertad y la crea. Por eso, mi libertad nunca termina porque nunca empieza. Siempre está allí, no en una serie transparente e incierta, como desfilando en un hilo donde a cada individuo se lo cuelga con un broche al lado de otro broche.

Al revés, solo hay libertad cuando se es capaz de pensarla bajo las condiciones de otro que puede no ser alguien que se sentó a mi lado en el colectivo, sino lo que mi percepción me obliga a pensar como individuo que mantiene su conciencia abierta a todo lo que es la historia y el presente. Ese presente que todos los demás individuos que han tratado con él le han impreso en sus memorias y responsabilidades. Cada individuo, así, es un individuo que actúa su libertad solo bajo el libre imperativo que en él ejerce la libertad del otro. Lo que llamamos contactos superpuestos y latentes entre individuos, tanto en planos laborales, domiciliarios, imaginarios o contactos, eso es lo que crea la libertad. Estas superposiciones son preceptos internos a la libertad sin las que esta no existiría, porque nace de una necesidad y del pensamiento que la niega. La libertad precisa de la necesidad, pues es de ella y también contra ella que surge. La libertad es verdaderamente libre cuando la arrastra la necesidad.

Si el Estado restringe la reunión de personas en determinados horarios y hace recomendaciones incluso hacia el interior de los domicilios, es en función de que está actuando de forma más allá de la política y en una emergencia excepcional.

De lo que va en este tiempo, consideremos a aquellos que inventaron el concepto de “infectadura”, supuestamente, para decir que se usa la pandemia como pretexto para las restricciones a la libertad. Y agreguémosle las movilizaciones de sectores de la oposición exigiendo el absolutismo de la libre circulación, que mezcla un desafío político a un sentimiento de goce por divertirse con la muerte. No es necesario decir los peligros latentes y explícitos que supone. Un ex ministro del gobierno anterior dice que “no le invadan el domicilio”, como respuesta a la recomendación de las autoridades públicas del país de no hacer reuniones de más de cuatro o cinco personas en casas particulares. Aquí, lo que se revela es un debate sobre la libertad, que por un lado se entiende con la astucia del economicismo del fariseo, o la irresponsabilidad neo hippy. Y, por otro lado, se entiende como lo hace el sector del Estado a cargo de asegurar las libertades sustantivas, las que dependen de que se genere una disposición que proteja el núcleo último de la libertad, que es la vida. Y en este tiempo de medida, son limitaciones necesarias que la misma idea intrínseca de libertad recomienda.

La libertad, por otra parte, tiene componentes íntimos e intraducibles al colectivo social, que le permiten existir aun en situaciones donde existieran diversas restricciones políticas. Pero no es este el caso, pues si el Estado restringe la reunión de personas en determinados horarios y hace recomendaciones incluso hacia el interior de los domicilios, es en función de que está actuando de forma más allá de la política y en una emergencia excepcional. Cuando hay una excepcionalidad de índole planetaria, de origen incierto no obstante la intuimos totalmente vinculada al estadio actual en que se desenvuelve la relación naturaleza-tecnologías-trabajo. Dicho de otra manera, está vinculada a los cuadros de extenuantes provocaciones a las que está siendo sometida la naturaleza, el mundo animal, vegetal y mineral, cuando la carrera tecnológica lleva la tecnología exploratoria de la ciencia a limites tan vertiginosos, no tan fáciles de convivir con ellos para el conjunto de la población, sobre todo cuando se asocian a formas de dominación. Allí todas las libertades clásicas están en peligro y cuando se las menciona son todas indicaciones de marketing, “soy libre cuando tomo la cerveza XX, o cuando uso una toalla de baño Alfa Beta”. La libertad de circular, divertirse, pensar, actuar son ahí simulacros de comportamiento todos observados por bancos de datos y sistemas de vigilancia digital.

Entonces, cuando aparece un virus desconocido, hecho que señala un desequilibrio entre la existencia social y la realidad del mundo natural -en disfavor de este-, es lógico que todos esperemos la solución de ese mundo tecnológico que todos entendemos también que, en su aceleración geopolítica, algo debe tener con las riesgosas excepcionalidades que se presentan para laida. En épocas donde todo está en movimiento, pero no por el desacomodo que produce un virus, sino por cuestiones sociales y políticas en disputa, los trabajadores obtienen su libertad de la conciencia de lucha y compromiso colectivo. Lo colectivo se genera con toda su potencialidad cuando es fruto no de una obligación sino de un escalón que supimos atravesar en nuestra propia idea de libertad. Por eso, ésta no empezaba cuando terminaba la del otro, sino siempre estaba comenzando y siembre busca nuevos lazos con las demás que también estaban comenzando.

La libertad sustantiva va siempre en conjunción con la igualdad y la fraternidad, y éstas con responsabilidades compartidas en ámbitos mayores, el grupo sindical, corporativo, artístico o militante.

La libertad solo no tiene límite cuando se siente en el interior del común de los sentimientos y en el énfasis singular que cada uno ha aprendido sabiendo que, al disponer de él, siempre podemos modificarlo. La libertad sustantiva va siempre en conjunción con la igualdad y la fraternidad, y éstas con responsabilidades compartidas en ámbitos mayores, el grupo sindical, corporativo, artístico o militante. Por lo tanto, lo ilimitado de la libertad es el propio conocimiento de ella misma, de que su morada es lo insacrificable. Nunca la libertad es sacrificable, porque si es libertad sustantiva -como en el mundo moderno ansiaron los trabajadores que deseaban ser diestros con sus instrumentos y no que los instrumentos fueran diestros con ellos-, solo lo puede ser en nombre de ella misma. Pero si la libertad es la vida con su alborozo, su misterio y sus realizaciones, solo ella tiene la libertad de ponerse límites al ser consciente que actúa en nombre de la propia preservación de la existencia de ella y sus valores asociados.

Al contrario, es la forma más cruel del poder económico la que habla de libertad sin cumplir con ninguno de sus preceptos, que llevan tanto al ritual como a la contingencia. Hay que decir que las economías regidas por la abstracción financiera hacen sus cálculos de muertos; nos dice siempre en el altar de la producción más concentrada una porción previamente calculada de los que tienen que morir. Las estadísticas siempre son previas, y aunque muchos tienen seguro por riesgos de trabajo y subvenciones por trabajo insalubre, esto demuestra precisamente que esos derechos existen por su trama interna, es el cálculo que el capital ha hecho ya sobre el cuerpo de los trabajadores. Quizás para mucho esto no esté mal pero son los paliativos de los que saben que no hay ninguna libertad que no esté subordinada a la reproducción financiera. Incluso creen que el Estado debe estarlo. Por eso, ante esta situación mundial tan penosa, se van presentando difíciles paradojas que exigen más esfuerzos militantes para ser explicadas. Ante todo, ante quienes predican que los estados democráticos son dictatoriales porque los cuidados que promueven están lógicamente fuera de la lógica de moralidad que observa diariamente el gerente administrativo de la corporación tal o cual.

Hay que decir que las economías regidas por la abstracción financiera hacen sus cálculos de muertos; nos dicen, siempre en el altar de la producción más concentrada, una porción previamente calculada de los que tienen que morir.

El Estado, cuando es dirigido con sentido popular y democrático, pone restricciones en nombre de la vida, es decir, trabaja por la libertad sustantiva, que tanto lo es que, para resguardarse, necesita de los llamados “protocolos”, que en otra situación serían inaceptables, y que deben ser abandonados apenas esta situación inédita y peligrosa cese. Y al revés, los que critican medidas públicas y políticas del Estado en nombre de una libertad hedónica que en el fondo es cobarde –“el Estado no entra en mi casa”-, y recubren las muertes en el altar de la producción y las finanzas, no perciben que ellas ya dominan también los domicilios particulares, que parecían intangibles. Ellos son violentados a diario por las etiquetas simbólicas del consumo rabioso de mercancías, y por la publicidad del último modelo Toyota o de lo que fuese en materia de “todoterreno”. Si el que así habla es capaz de perder sus libertades sustantivas creyendo que las sigue teniendo ¿por qué no iría a una plaza pública a repudiar los barbijos, revolear su jarra de cerveza artesanal, y confundir la libertad real con un nuevo tipo de control de la vida a través de los artificios coercitivos de la “inteligencia artificial”?

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