ANTONIO, EL GAUCHITO GIL

Por: Matías Segreti

El autor anticipa un libro de su autoría a través del cual propone un acercamiento a la idea del bandolero social que todavía permanece en el imaginario de las comunidades campesinas y villeras. Un abordaje del sistema represivo sobre los sectores populares a partir de la historia de un santo popular del que dan cuenta la literatura, las expresiones artísticas, y la religiosidad para ponerle voz a las muertes silenciadas.

El primer milagro, el que levanta la pasión y lo alza como santo popular, ocurrió unas horas después de su muerte. Colgado de un árbol patas para arriba, los soldados lo encapuchan por temor a la mirada. El pelo cae como un salto de agua rozando la tierra, el colorado de la vincha no se deja ver.  El verdugo enfrenta la cobardía y avanza con el facón limpito. Retira el trapo que cubre la cabeza y las palabras de Antonio salen con tranquilidad, “míreme a los ojos, no sea cobarde que está frente a un hombre que le queda poco y no ha tenido nada. Le digo una cosa nomás, con la sangre de un inocente se cura a otro inocente.” El hombre trata de no escuchar y apura el rito. El cuchillo separa la carne y las gotas de milagro riegan la tierra.

Allí comienza la historia que lo hace leyenda. El verdugo vuelve al hogar con poca satisfacción, el oficio de la muerte es fácil cuando no hay enfrentamiento. Al llegar a su rancho encuentra al hijo moribundo. La voz de Antonio cobra sentido. Al galope regresa sobre el camino y recoge con un trapo la sangre que aún permanece humedeciendo el pastizal. Con ese mismo paño moja el rostro de su pequeño, que al rato sonríe burlando a la muerte.

Antonio Mamerto Gil Núñez, el Gauchito Gil, nació en el Pay Ubre, hoy Mercedes, provincia de Corrientes, cerca del año 1848. Las versiones sobre su vida son disímiles. Hay acuerdo en el primer milagro, la sanación inexplicable del hijo del verdugo. Participa de la guerra contra el Paraguay, padeciendo los horrores de levantar las armas contra sus hermanos. Se dice que militó en el partido de Alsina, identificado con el colorado, de allí el color de su vincha. Otros atribuyen el color del símbolo a la imagen de San Baltasar o Santo Cambá, del cual Antonio era promesero.

Su vida es testimonio de una dimensión del gauchaje, la que podemos definir como el bandolero social. Esta categoría retrata la idea del “buen ladrón”, por lo general un joven que ha sido arrastrado a esa vida por alguna injusticia o por persecución de las autoridades. A diferencia de cualquier bandido, lo que aparece es la dimensión colectiva, donde una comunidad no considera como verdadero delito las acciones del sujeto, sino por el contrario, opera como una suerte de equilibrio y justicia al sacarle algo a los ricos para repartir entre los pobres. Un verso de Julián Zini titulado La Cruz Gil lo sintetiza: “Si robó, le robó al rico / por justicia popular / la inocencia de los pobres / ¡se llama necesidad!”

Mate Cocido en el Chaco, Martina Chapanay en el territorio de San Juan, los asaltos de Juan Bautista Bairoletto a “la Forestal”, Isidro Velázquez, Elena Greenhill en la Patagonia son algunos nombres menos conocidos, pero no menos recordados en las comunidades donde vivieron.

Este tipo de bandolero social todavía permanece en el imaginario de las comunidades campesinas y villeras, sobre todo del conurbano bonaerense. La historia del Frente Vital, narrada por el periodista y escritor Cristian Alarcón es un ejemplo que vio la luz frente a cientos de relatos que permanecen invisibilizados.

Al mismo tiempo, en la historia del Gauchito Gil encontramos el registro histórico del sistema represivo. La aparición del Martin Fierro en el año 1872, que testimonia en verso la persecución sobre el gaucho pobre, es contemporánea a la muerte de Antonio Gil, que pierde la vida también en manos de una partida de soldados.

La literatura, las expresiones artísticas, la religiosidad popular no van a olvidar las muertes silenciadas, las violaciones del Estado, ni el aparato represivo sobre los sectores populares.

Resulta interesante comprender que podemos encontrar una continuidad en la lírica y en las preocupaciones de las bandas de cumbia villera surgidas a fines de la década del ´90. Ni hablar de la música, sangre de las provincias y de sus ritmos chamamé, huayno y chacarera fundidos con sintetizadores.

El lenguaje de la cumbia no solo transmite un nuevo repertorio léxico sino además una forma de hablar que se deseaba restringida a los sectores populares; es allí donde obtiene su logro poético. Así como la gauchesca de Hernández patea el tablero causando rechazo en las clases dominantes del siglo XIX, el habla villera y su expresión artística también obtendrán su repudio a fines del XX y principios del siglo XXI. Las continuidades en las masas tensionan siempre a las elites.

A diferencia de cualquier bandido, lo que aparece es la dimensión colectiva, donde una comunidad no considera como verdadero delito las acciones del sujeto, sino por el contrario, opera como una suerte de equilibrio y justicia al sacarle algo a los ricos para repartir entre los pobres.

Un problema cultural es que se tiende a asociar la idea de estos personajes con la identidad de Robin Hood (hasta aquí llega la colonización) con la que miles de pibes empatizan, juegan e imaginan ser un sir devenido en ladrón, y no un gaucho matrero que comparte el pan y mate con sus vecinos, algo que parece más próximo en términos territoriales, pero que toma distancia en las representaciones subjetivas.

Nadie sabe con seguridad la historia del Gaucho, a cada generación le toca visitarla y a veces escribirla. La leyenda se amplía en cada familia, trabajador/a, desesperado que encuentra en el Gaucho esperanza, tal vez un poco de justicia. Algo es cierto, Antonio ofrece y no pide nada a cambio.

***

Les comparto un fragmento de mi novela inédita sobre el Gauchito Antonio Gil.

Un susurro, las historias comienzan así mi señor. 

Sabe dios que al principio no se podía andar hablando a los cuatro vientos, válgame la madre esos condenados. Por eso empezó como un murmullo, la voz bajita como un secreto, hasta que el ejército tuvo que recular. Desalmados sin piedad, no pudieron hacer otra cosa que amenazar, porque el milagro ya estaba hecho.

Con la cola entre las patas cuando andaba cerca, serán cobardes. Eso sí, dar palo a la peonada y tirarse a las guainas, moneda corriente. Antes salían de la comendancia ande quieran como gallitos, parecían caciques, ¡ah! pero cuando el Gauchito empezó a caminar las sombras y a pechearlos con el cuchillo, como mulitas arrastradas pa la fortaleza. 

Permítame decirle algo, a mí no me contaron nada, yo estuve ahí. Con su perdón, mi señor, voy a besarme la cruz. Es que jamás permití que se digan mentiras. Cuando es necesario hacerle el cuento, se achica la verdá, ¿me entiende? 

Que andaba cambiando de piel, de hombre a tigre y de tigre a caburé, eso no lo sé, tampoco lo desmiento. Yo digo lo que vi, que es poco, pero también es cierto.

Mis ojos, mi señor, es por donde entra mi sapiencia, y sepa que de buen gusto se lo digo, las historias están pa convidarlas. De aquí se lleva usté la palabra, haga lo que quiera cuando sea suya. 

Fue el seis, sí señor, en lo de la negrita María, corazón bueno. Usté no sabe cómo la querían a la negra, el respeto. Porque uno no anda mirando a todos por igual, siempre hay quien se gana el cariño; también hay de los otros, que se ganan el desprecio. Compriéndame, estos ojos han visto cosas que hubieran querido no ver y también cosas que le dieron a mi lengua algo pa decir. 

En la casa la negra le había hecho el ofertorio al santito. Le bailaba y a veces se pasaba pal otro lado, porque usté sabe señor, que los negros también tienen otros dioses, de allá, de antes de ser esclavos. Una vez me dijo la negrita, que toda la vida les habían enseñado a sobrevivir, pero nunca naides lo que era vivir. Almas buenas eran. Hoy quedan pocos, a los que no los llevó la guerra, se fueron para el norte del Río Grande o la selva del Mato Grosso.

Todavía tengo la imagen fresca, respiro el sabor del yuquerí, la enramada trepando las paredes del lugar, las flores amarillas, y yo bailaba, bailaba hasta que se hacía de día.

Algo es cierto, no se lo voy a negar. Todos sabían que Antonio andaba por ahí, pero no se hacía ver y ninguno lo iba a delatar. No por miedoso, porque guapo era seguro. Pero una cosa es ser valiente y otra es pecar de presuntuoso. Los que todavía no lo conocían era porque andaban nuevitos por el lugar o querían mirar para otro lado, porque hablar del gaucho era meterse en problema con la partida. Y digo todavía, mi señor, porque en estas tierras se lo conoce tanto como el perfume de la tierra antes de la llovizna.

Agazapado iba el Antonio y difícil de ver ¡Ja, si lo habrán querido agarrar! Un bagual o pior un aña yaguareté era nuestro gauchito. Los güesos me pueden fallar, pero la memoria de esa noche, mi señor, es un tesoro bien guardado. El calor mi dios, nos hacía transpirar y uno enfiestao no guarda reparo, se empapa y para eso está la cañita y el vaso de vino, para entonarse y seguir transpirando. Y ahí andaba el ejército también, esperando, escondidos como lauchas, haciéndose pasar por promeseros. ¿Que va a ser difícil reconocer a la milicada? Por favor, por más que se disfracen hasta el tuétano, milico quedan. Se aguantaban la sudación sin entrarle al porrón, solitos se tiraban la culpa.

Los promeseros íbamos y veníamos, es que el jolgorio está permitido hasta el alba. Después ya es otra cosa, el santito nos deja festejar pero también pide respeto. Uno o dos chupaos quedan siempre por ahí, a veces empieza la gresca, alguno que se le va al humo a otro, los cuchillos, y bueno mi señor, entienda que pa peliar no hace falta mucho seso.

Recuerdo cuando lo vi. ¿De ande había salido? ni el mismísimo hijo e dios lo sabe. Y es que no hacía gala de su persona. No, para ser presumido hay que perder la humildá y eso, mi señor, nunca la perdió, ¿si no cómo me explica lo del milagro? Por eso la peonada lo quería, porque andaba como uno más. Entró caminando, la vincha colorada. La negrita lo acompañó al ofertorio y se besaron. Flaco era, pero las venas de los brazos como un horcón. Usté sabe que para quebrantarlo había que ser duro. El pelazo, negro como noche sin luna. Hubo un silencio, todos los mamaos se enderezaron, es que la figura impresiona ¿sabe? Ahí nomás la negra ordenó a los músicos que siga el baile, los milicos lo marcaron. Y después se esfumó mi señor. Duró unos instantes, los necesarios para que me acuerde de sus ojos negros y el pelo escuro tapao. Esa noche fue la última vez que lo vi en persona. 

La milicada se puso nerviosa, hicieron unos amagues y la noche, amiga de los bandidos, sirvió para que el Antonio se escape. Por eso decían que cambiaba la piel, rodeado de soldaos y se escapó, capaz hecho un ratón. Disculpe que me ría, es que la vergüenza no se la deseo a naides, pero a estos flojos vestidos de uniforme les auguro la culpa para siempre.

Y no es que era suerte eso de salir bien parao, sino que tenía otra cosa, en eso sí era como el tigre, no sé si me entiende, la gente que vive en paz con la tierra también vive en paz con los cielos y van protegidos.

El Antonio se fue de la fiesta y los que lo conocimos nos dimos por tranquilos, porque el hombre estaba a salvo. La fiesta siguió como sigue cualquier fiesta, no se la voy a alargar.

Fueron los días después, la Mercedes, mi señor. La Merceditas vino corriendo desde el campo de los Hernández para avisarme. Que se había entregado, que le habían agarrado a un compañero y se entregó por la culpa de que le maten un amigo. Manso, me dijo la Mercedes. ¿Manso pregunté? Así dicen, me contestó.

Un refocilo señor, se me doblaron las rodillas, un golpe en el corazón. Y perdone que me se quiebre la voz, pero los que lo conocimos supimos que nos iban a matar a un santo.

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