EL FIN DE LA EXCEPCIÓN ARGENTINA

Por: Alejandro Caravario

Mauricio Macri será el nuevo presidente ejecutivo de la Fundación FIFA, una institución con un presupuesto que ronda los 100 millones de dólares cuyo objetivo es promover la educación en el fútbol. Sin embargo, detrás de los supuestos resultados se esconde un modelo comercial donde los valores humanos y deportivos quedan de lado.

La Fundación FIFA ganó notoriedad entre las noticias locales a partir del 28 de enero, cuando se anunció que Mauricio Macri se convertía en su Presidente ejecutivo. Las atribuciones del cargo se mantienen en el espeso misterio que distingue a los favores corporativos, pero algo es seguro: el nombramiento le proporcionó al ex presidente de los argentinos una coartada firme para andar por el mundo en tiempos en que las autoridades sanitarias recomiendan exactamente lo contrario.

Poco habituado a cumplir las generales de la ley, Macri emprendió dos viajes sorpresivos. Uno a Paraguay y otro a Francia y Suiza, de donde todavía no regresó. Sus seguidores –entre ellos, periodistas comedidos– deslizaron su reciente investidura como el motivo de sus repentinos desplazamientos. Argumentos falaces –su agenda como presidente ejecutivo de la Fundación FIFA permanece en blanco–que sin embargo adecentan su compulsión itinerante. “Manden fruta que algo quedará”, aconseja Mauricio a sus voceros apelando a su selecta bibliografía.

La Fundación FIFA existe desde 2018. Y, según proclama en sus comunicaciones oficiales, tiene dos intereses prioritarios: el primero, “la educación, a través del programa FootballforSchools, que se lanzó en 2019 y al que la FIFA ya ha asignado un presupuesto de 100 millones de dólares.” Su otro desvelo es juntar plata. “La FIFA tiene el objetivo de recaudar, junto con socios de todo el mundo, mil millones de dólares”. Por supuesto que “para invertirlos en programas educativos.” De modo que Macri, si entra alguna vez en funciones, gestionará una chequera suculenta.

El Programa Comunitario es uno de los emprendimientos de la Fundación. Según reza la gacetilla, “apoya a organizaciones que utilizan al fútbol como una herramienta de cambio social”. La lista de beneficiarios, que reciben un máximo de 40 mil dólares anuales, llega a 93 instituciones, la mayoría de África. La única organización argentina incluida en el programa se llama Cre-Arte, tiene sede en Bariloche, y se trata de un centro cultural que “participa en la formación e impulso de artistas con discapacidad en situación de pobreza”. Pero también tiene un programa de fútbol callejero, gracias al cual consiguieron la protección de FIFA hace ya 14 años. Uno podría pensar que con un argentino al frente de la Fundación FIFA esa financiación no corre peligro. Es más: hasta suena razonable entusiasmarse con la expansión del apoyo a otros proyectos sociales de nuestro país anclados en el fútbol. Pero Cre-Arte recibió una notificación en la que la Fundación le anunció que, al menos durante 2020, no recibirían un dólar. ¿Razones? Ninguna en particular: según la organización patagónica, la comunicación expresa una negativa estandarizada, que deja imaginar un ajuste en los criterios institucionales antes que una sanción. Ya no hay excepción argentina entonces.

Cre-Arte, la única organización argentina situada en Bariloche e incluida en el programa, recibió una notificación en la que la Fundación anunciaba que al menos durante 2020, no recibirían un dólar.

“Los subsidios de FIFA siempre vienen bien, pero ellos representan un modelo de lo que no queremos”, dice a través del teléfono Chicho Suero, uno de los directores de Cre-Arte, que lamenta la pérdida, pero acude al consuelo ideológico. “Para nosotros, el futbol es un juego, una pasión donde nos encontramos y construimos un diálogo. Ellos apuntan a la cuestión comercial. No les interesan los valores ni las personas. Por eso, la relación siempre fue compleja”, agrega.

En efecto, el fútbol callejero es una modalidad que poco tiene que ver con la industria FIFA. En lugar de árbitro, hay un mediador que interviene para allanar conflictos, es mixto y, además de los goles, para ganar es necesario demostrar cooperación y fairplay. Esto último se evalúa en el tercer tiempo, que es cuando se le da forma, en algo así como una asamblea de jugadores, al resultado definitivo. Se sobrentiende que el interés no es obtener copas ni contratos, sino aprovechar el juego como una pedagogía de la autogestión, el diálogo y la solidaridad. Aunque el supuesto condimento clave del fútbol, la rivalidad, se diluye, este género deportivo, surgido en la Argentina, multiplicó adeptos y armó una trama internacional que organiza sus propios torneos.

El contacto de Cre-Arte con la FIFA data de 2006, cuando, en paralelo al Mundial oficial de selecciones profesionales, se desarrolló en Alemania el Mundial de fútbol callejero. La organización argentina se sumó entonces a la red de Streetfootballworld (así, todo junto), que en principio era un programa de una fundación también alemana pero que luego alcanzó vida propia y se convirtió en una marca. Streetfootballworld mantenía relaciones cordiales y una movida conjunta con los dueños de la pelota: Footballfor Hope, algo así como el “rostro humano de la FIFA”, antecedente de la Fundación.

De modo que los alemanes fueron el puente hacia la codiciada beca, pero, según Suero, su mirada del fútbol era más afín a la estructura comercial diseñada por FIFA que al ethos del fútbol callejero. “En el Mundial de Sudáfrica perdimos el protagonismo totalmente. Se gastó una fortuna en seguridad. Hasta habían instalado detectores de metales y no había contacto estrecho con el barrio como en Alemania”, dice el director de Cre-Arte. “La gente de Streetfootballworld, con la que luego rompimos para sumarnos al Movimiento de Fútbol Callejero, tiene una mirada colonizadora. Hay organizaciones que la FIFA apoya que sacan pibes de un contexto vulnerabilizado y los llevan a una vidriera de futuros talentos, y esa no es la función del fútbol callejero”.

“La gente de Streetfootballworld tiene una mirada colonizadora. Hay organizaciones que la FIFA apoya que sacan pibes de un contexto vulnerabilizado y los llevan a una vidriera de futuros talentos, y esa no es la función del fútbol callejero”.

El dinero destinado por la Fundación que preside Macri a través de su Programa Comunitario ronda los 3 millones de dólares, bastante por debajo de los 100 millones que reserva para sus proyectos educativos, pero es una suma apreciable en márgenes del mapa social donde no abunda el auxilio estatal ni privado. “Los números son muy raros. Con un millón de dólares podés financiar un montón. Dicen que hacen centros de recreación, pero yo no vi ninguno terminado”, señala Suero.

El monitoreo de la Fundación sobre los programas que financia es laxo, casi inexistente. Suero sostiene que, a los efectos publicitarios, prefieren las cantidades resonantes al trabajo concreto en el territorio. “Algunas organizaciones dicen que trabajan con 10 mil pibes. Claro, para la lógica del mercado, lo que importa son los números grandes y no los resultados, los cambios que se producen. Nosotros trabajamos con 200 pibes vulnerabilizados, pero son 200 pibes reales y nuestra tarea produce cambios”.    La pandemia ha paralizado el deporte. También en Bariloche. Cuando el fútbol callejero retome sus actividades, habrá que ir pensando en algún reemplazo del dinero que este año no va a enviar la Fundación FIFA. Una novedad de la que Macri seguramente no está enterado.

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