EL FANTASMA DEL GOCE

Por: Bárbara Pistoia

The Last Dance no solo reconfirmó a Michael Jordan en su trono, también trajo al presente viejas polémicas, que combinadas con el tono moralizante de época, cuando no cínico, prefirieron pensarlo como un villano meritocrático. Y esto es posible porque Jordan nunca se prestó a ninguna retórica condescendiente, sin embargo, si lo pensamos desde los conflictos de raza y de clase que sobrevuelan a este continente con ansia eurocentrista, queda cómodo en el lugar que supo montarse: el de un conquistador democratizador del goce.

“Un siglo de asilos miserables no se puede borrar sino con otro siglo de hogares excesivamente lujosos. Yo deseo que se acostumbren a vivir como ricos, que se sientan dignos de vivir en la mayor riqueza.”
La razón de mi vida, Eva Perón

1/No te colonizamos para esto, negro

“Como nací en 1992, todos esos años no los viví con mucha conciencia, así que a medida que crecía entendía poco de la obsesión de todos con mi papá. Hasta que a eso de los 10, 11 años lo busqué en Google y fue un shock”, contó Jasmine, la hija menor de Michael Jordan, al programa The Today Show. Su confesión se completa con la reacción de su padre cuando ella fue a compartirle el asombro por la magnitud de su historia: “Me dijo algo que me quedó grabado: ‘Esto es lo que amo. Ese juego es parte de quién soy, es parte de mí. Trabajé muy duro para crear esta historia y el legado que estoy construyendo. Y vos vas a poder gozar de los beneficios de esto y hacer lo que quieras con ellos”.

 

A pesar de lo mucho que se le reclamó a la serie la presencia de su ex esposa e hijos, la aparición de Jasmine poniendo el verbo gozar sobre la mesa no logró que la mirada periodística alrededor de The Last Dance fuera más allá del espíritu de competitividad de Jordan. Un espíritu que no es novedad y al que incluso podemos acusar de tener “vida propia”, ya que no solo generó triunfos, las épicas más fascinantes de la NBA, y unas cuantas polémicas jugosas, sino que también fue una máquina de crear “hijos deportivos”, siendo su máxima expresión la “Mentalidad Mamba” acunada porel gran Kobe Bryant.

¿Cómo se atreve a ser el mejor jugador de la historia, un referente cultural y no ser Malcolm X? Como si a los Malcolm X después no se los quisieran sacar de encima. ¿No fue eso lo que pretendieron hacer con Ali una y otra vez?

Un poco dictados por el ritmo de la época, casi nadie quiso perderse la oportunidad de mostrarse con una superioridad moral, cultural y política frente a lo que The Last Dance iba narrando. Así que no se tardó en traer a colación la idea de “derrota digna” como móvil cuestionador del “ganar o ganar”, y tampoco se tardó en llenar de hilachas un discurso repleto de lugares comunes que intercalaban análisis sobre su no vocación de activista y diagnósticos de ludopatía. Todo en una misma línea y como elementos de complementación mutua, porque, ¿cómo se atreve a ser el mejor jugador de la historia, un referente cultural y no ser Malcolm X? Como si a los Malcolm X después no se los quisieran sacar de encima. ¿No fue eso lo que pretendieron hacer con Ali una y otra vez? Incluso, si hubiera pretendido emular a un Martin Luther King, al que siempre prefieren adorar recordándolo en sus primeros años y no en los últimos, cuando entendió que con la redención y poniendo la otra mejilla no iba a ver la liberación para su comunidad porque el problema es que el racismo no se puede leer apartado del capitalismo.

 

Una vez que su discurso se alejó de la plegaria y se volvió económico, lo alcanzaron las balas. Palabras más, palabras menos, Obama en una de sus apariciones en el documental lo dice claro y con una naturalización que abruma: todo está bien con el hombre negro mientras no moleste. Pero Jordan molesta y provoca, se permite decir que no apoyará públicamente a un hombre por el solo hecho de ser negro y demócrata porque no lo conoce, sí aportará económicamente a su campaña, pero también les guiñará el ojo a los republicanos, chiste mediante, para que sigan comprando sus zapatillas (a los que una y otra vez les refregará en la cara que es un Dios, un Dios Negro, y está convirtiendo en oro y goce todo lo que toca).

Obama en una de sus apariciones en el documental lo dice claro y con una naturalización que abruma: todo está bien con el hombre negro mientras no moleste. Pero Jordan molesta y provoca, se permite decir que no apoyará públicamente a un hombre por el solo hecho de ser negro y demócrata porque no lo conoce.

La representación fría, ambiciosa y meritocrática de la estrella se construye de una manera tan rápida como simplista, y claro, racista. Son sus orígenes, los contextos históricos, los entramados sociales y culturales con los que podemos forzar, salvando siempre las particularidades, algunos espejos, y llegar a la conclusión obvia: Jordan genera la incomodidad del hombre negro conquistador en un mundo eurocentrista que nace con la inversa, y en su caso, además, rompe los propios mandatos que se posicionan siempre sobre los hombres negros.

 

Escribe su propia ley, y como El Emperador de las cartas de Tarot, una vez cumplida la conquista se sienta en su trono, mira la magnitud y goza. Y “cuando uno ve a un negro gozando en un lugar espectacular, en un lugar que sería para ricos, queda afectado por el fantasma neurótico del goce”, escribe Daniel Santoro, “este negro está gozando de algo de lo que yo debería gozar”. El artista habla del negro en la percepción nacional y lo ubica dentro de los idearios del peronismo.

 

En estas imágenes, si siguiéramos en la línea de dioses del deporte, lo encontramos a Diego Maradona, pero en un caso o en el otro, en definitiva, ambos son la representación obscena de lo que pasa en millones de historias anónimas conviviendo socialmente en lo cotidiano. Pasa en la carnicería del barrio cuando el negro se queda con la mejor parte. “La clase media ¿cómo se desangustia? Pensando que van a hacer asado con el parquet”, redondea Santoro.

Pasa en la carnicería del barrio cuando el negro se queda con la mejor parte. “La clase media ¿cómo se desangustia? Pensando que van a hacer asado con el parquet”, redondea Santoro.

2/ El karma de vivir al sur

Lejos de esa “cosa” obvia de la competitividad, The Last Dance se hace magnético y sensual en sus entre líneas e imágenes, desde los silencios y gestos, pero también en declaraciones con un tono no habitual en sus protagonistas. En ese rompecabezas de elementos aflora un mapeo de las contradicciones con las que el “macho alfa” lidia, contradicciones totalmente atravesadas e intervenidas por conflictos raciales y de clase. Y el paso del tiempo, para más, aporta nuevas sensibilidades.

 

A lo que Jordan no se presta es a la revictimización. No entrega su historia de manera tal para que pueda ser cosificada, cuando no romantizada o construyendo un turismo pobrista de las comunidades racializadas y/o trabajadoras. Y aunque estemos hablando de hombres, esto no deja afuera a las mujeres, esenciales cuando hablamos de sectores racializados a nivel social y con un lugar de poder en la estructura familiar. Si hablamos particularmente de la familia afroamericana, como explica Angela Davis en Mujeres, raza y clase, debemos agregar que responden a una lógica matriarcal que nace, paradójicamente, en los tiempos de la esclavitud y bajo parámetros completamente machistas: la mujer negra es fuerte porque lleva adelante el trabajo en el campo, el trabajo en la casa del amo, el trabajo en la casa propia, es la espalda donde se apoya el hombre, la que abraza a los niños y está en primera línea cuando las rebeliones surgen.

 

En tiempos donde cualquier bondi nos lleva al viaje de la moralización y a salvar nuestro posicionamiento frente a otros, las complejidades de los escenarios se saltean de punta a punta. Entonces es habitual asociar sin demasiada osadía que todo discurso de esfuerzo, trabajo y éxito es lisa y llanamente meritocracia. Y enseguida se levanta el dedo para explicarle a ese otro que no se salva solo. La superioridad social y moral deviene rápidamente en paternalismo, incluso pueden escaparse ligeramente reproches caritativos. Pero, ¿qué pasa en los sectores donde indiscutiblemente hay tal ausencia de Estado y de redes de contención? O más aún, donde no hay una variedad de posibilidades ni presencias, entonces es bastante inevitable no hacer el esfuerzo y el trabajo duro para salvarse. La clase media también es media y no baja por, justamente, sus entornos y los salvavidas posibles que puede recibir frente a un mal momento, un mal momento que nada tiene que ver con una vida.

¿Qué pasa en los sectores donde indiscutiblemente hay tal ausencia de Estado y de redes de contención? O más aún, donde no hay una variedad de posibilidades ni presencias, entonces es bastante inevitable no hacer el esfuerzo y el trabajo duro para salvarse.

E incluso creyendo que solo a fuerza de políticas públicas se puede salir adelante, ¿a qué lugar, no solo material, sino mental, físico, emocional, se empuja a ese otro cuando el Estado no está ahí y uno aparece con el voluntarismo? ¿Qué se espera que hagan esos sectores sistemáticamente olvidados, estigmatizados y criminalizados que además escuchan continuamente que son los protagonistas de los discursos de los que están por encima de ellos? Ni Dante en su visita al Paraíso pudo responder estas preguntas. En el canto XIX, el poeta se pregunta qué hay de aquel buen hombre que nació en la orilla del río Indo, un hombre al que nadie oye ni ve, al que nadie le enseña la fe de Dios, por ende, no solo no puede bautizarse, por mero azar territorial no sabe que esa es la condición para acceder a la gloria del cielo: “Si muere sin bautismo y sin fe, ¿dónde está la justicia que le condena? ¿Dónde su falta, si no cree?”. A Dante lo carcome la idea de que el lugar donde uno nace definitivamente pueda condenarlo a uno.“Como personas de raza negra en Wilmington tratábamos de abrir nuestro propio camino. En esa época había racismo en todo Estados Unidos, pero en esa zona había mucho racismo. Así que de niño yo sabía dónde no quería estar. Y mi motivación era ser alguien fuera de Wilmington, y quería ser alguien gracias a mi excelencia”, cuenta Jordan al principio del documental, y la frase toma otro cuerpo cuando al final redondea su historia como la historia de un joven que salió de una zona rural sureña y llegó a la gran ciudad, triunfó y conquistó el mundo. Entre una y otra, no dice que esa es la fórmula del éxito, dice: “Está en mi naturaleza ganar, si nadie me acompaña puedo hacerlo solo. Si no puedo ganar me vuelvo loco. Pero mirando para atrás, mirando toda mi historia, sin ese espíritu de competitividad yo no estaría acá”.

 

Hay un diálogo perfecto, además, que marca el fuego de esa trayectoria. Lo cuenta el entrenador Roy Williams: “Un día me dijo que quería ser el mejor de nuestra historia, le respondí que debía trabajar más duro que en la secundaria. Me contestó que había trabajado como todos los demás. A lo que le dije, ‘perdón, ¿no dijiste que querías ser el mejor de nuestra historia?’, y me respondió ‘ya vas a ver, nadie nunca va a trabajar tan duro como yo’”. No pasó demasiado tiempo para que la Universidad de Carolina del Norte quedara atrás.

¿Qué se espera que hagan esos sectores sistemáticamente olvidados, estigmatizados y criminalizados que además escuchan continuamente que son los protagonistas de los discursos de los que están por encima de ellos?

3/ Lo estructural exige lecturas estructurales

Cuando Jordan dice “El deporte fue la vía que elegí para salir con excelencia de Wilmington”, si cambiáramos el lugar, podríamos reemplazarlo por la mayoría de los lugares donde nacieron las estrellas de la NBA, del beisbol, del fútbol americano, del fútbol. De mínima resulta bastante cómodo que a esta altura de la historia se siga ignorando o minimizando el rol social que cumple el deporte, prefiriendo destacar espíritus de competitividad y construir en ellos representaciones llanas de meritocráticos.

 

Perder de vista el entramado de raza y clase, reducir todo discurso exitoso a una meritocracia no solo nos quita responsabilidad y agudeza política, sino que olvida que hay sectores que encarnan en sí mismos la contraofensiva a esa carrera de mérito. Y aunque no haya nada que te garantice “la salvación”, esa ilusión de garantías y ese confort de sentirse contenido, ya fuera de la fragilidad de los márgenes, ¿por qué se convierte en un juicio de valor cuando de ciertos sectores se trata? ¿Por qué lo que se festeja como derechos o pequeños lujos permitidos para las clases medias se moraliza hacia abajo? ¿Y cuántos de esos derechos conquistados fueron narrados como una necesidad para ciertos sectores que aún con el derecho ya garantizado no pueden acceder? ¿Cuántas veces se confunde la noción de derecho conquistado con la de privilegio? Más aún, ¿cuántas veces se habla de privilegios por los beneficios de los derechos conquistados? Dicho de otra forma y reviviendo un viejo debate, esto podría reverse desde esa lógica que entiende a los salarios como una acumulación de riqueza.

¿Por qué lo que se festeja como derechos o pequeños lujos permitidos para las clases medias se moraliza hacia abajo? ¿Y cuántos de esos derechos conquistados fueron narrados como una necesidad para ciertos sectores que aún con el derecho ya garantizado no pueden acceder?

En El Feminismo es Para Todos, Bell Hooks plantea la urgencia de repensar el trabajo, los derechos conquistados y los que se plantean como conquistas futuras, porque llegamos a un ritmo de vida y de capitalismo que todos son automáticamente absorbidos y canalizados a través de su potencia. Su ejemplo es muy claro: cuando las mujeres blancas se empezaron a aburrir en sus casas mientras sus maridos trabajaban y desearon salir, primero armaron los clubes de mujeres y luego empezaron a planear sus propios ideales de negocios. Para ese momento, las mujeres negras ya llevaban siglos organizadas y trabajando. Por lo que cuando se empezó a levantar el discurso de la independencia de la mujer a través del trabajo, las mujeres negras no pudieron más que reírse: esa independencia implicaba que ellas estaban cuidándoles a los hijos, de mínima. Pero hay más, como dice la escritora, cualquier asalariado sabe que el monto que recibe no es exactamente lo que vale la libertad, la independencia y más aún, la dignidad. Si trabajamos por la comida, para el alquiler y la educación de nuestros hijos, estamos hablando de algo bastante alejado a esos ideales. Más aún, si trabajamos y estamos en pleno redoble de esfuerzos para poder llegar mes a mes a cubrir esos básicos.

Cuando se empezó a levantar el discurso de la independencia de la mujer a través del trabajo, las mujeres negras no pudieron más que reírse: esa independencia implicaba que ellas estaban cuidándoles a los hijos, de mínima.

Por eso es tan urgente la lectura interseccional, la que nos da unos buenos cachetazos de realismo, nos despoja del melodrama del Yo y de nuestros grupos de pertenencia, nos quita del bondi moralizador, el que irremediablemente fortalece explotaciones y opresiones históricas, y también del bondi del cinismo, el que además de fortalecer estereotipos y tantas veces apela a ideas transgresoras que ya tenían fecha de vencimiento en el siglo XX, no puede reconocer la propia falta y termina en una curva retórica que, como bien desarticula Santoro, “está atravesado por el racismo. Por eso es que hay que tener mucho cuidado: el peronismo es un artefacto político que no puede pedir sacrificios. El peronismo está para la felicidad, para el goce”.

 

Y el goce, ya nos lo cantó un dulce Charly, es tan necesario, mi amor.

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