EVOCANDO A LOS ANDARIEGOS

Por: Gerardo Fernández

Una tarde con Ángel “Cacho” Ritro, fundador de una de las agrupaciones más completas e innovadoras del folklore nacional surgida a mediados de los años cincuenta. Sus orígenes, el estudio como pieza clave para la evolución musical, y la reivindicación pendiente de este grupo marcado en la memoria colectiva del ambiente como un hito.

La década del sesenta fue un campo de exploración fabuloso para nuestra música de raíz folklórica. Lo fue, básicamente, por el surgimiento o instalación de grupos que vinieron a revolucionar la escena. Exploremos, por ejemplo, el trabajo en las voces que hicieron Los Trovadores del Norte, Los Nocheros de Anta, Los Huanca Huá y Los Andariegos. Y de ellos quiero hablar. De esos andariegos llegados desde San Rafael. Nunca fueron número uno ni en renombre ni en poder de convocatoria, pero cada escenario que visitaron quedó marcado en la memoria colectiva del ambiente como un hito. Si los grupos vocales utilizaban una base rítmica más bien limitada (y sin prestar demasiada atención a lo instrumental), Los Andariegos, en cambio, juntaron la armonización vocal con un nivel de instrumentación exquisito. En este punto se los puede considerar una de las agrupaciones más completas del folklore. 

Estas líneas se pretenden, humildemente, justicieras. Falta una reivindicación de Los Andariegos, aquellos que en los años ochenta dejaron de sonar. ¿Por dónde empiezo? Por uno de ellos, uno de los fundadores de esta agrupación insigne en la historia de nuestra canción popular. En una hermosa tarde soleada encaré por la General Paz hacia su casa en Villa Lugano. Emocionado y tenso, porque iba a conocer a uno de los músicos más importantes de nuestra música popular del interior, Ángel “Cacho” Ritro, el que fundó Los Andariegos en la confitería París de San Rafael, provincia de Mendoza, cuando en 1956 Pedro Cladera, luego conocido artísticamente como “Chacho” Santa Cruz, propuso crear un grupo. Y así arrancaron Pedro Jiménez, Rafael Tapia, Juan Carlos Rodríguez y el propio Ritro. El nombre surgió de una chacarera de Cladera que decía “Somos los andariegos venimos todos cantando” y de La andariega, una zamba de Atahualpa Yupanqui. Así fue que Los Andariegos quedó como nombre definitivo del grupo que a finales de los sesenta se transformó en una agrupación de vanguardia con la incorporación de talentos como el riojano Raúl Mercado, el cordobés “Beto” Sará, los mendocinos Pepete Bértiz y Karo Herrada y ese guitarrista irremplazable que es el negro Agustín Gómez, que le dio al grupo una sonoridad inconfundible con su guitarra en aquellos tiempos donde Karo Herrada tocaba el guitarrón. Si algo distinguió a Los Andariegos fue el color de sus voces: «Cuando ingresa Raúl Mercado, que venía con un montón de inquietudes, nos dijimos vamos a cambiar todo lo que sea posible pero teniendo siempre el acento en el sabor de la tierra, de la raíz. Mercado y yo nos encargábamos de los arreglos vocales y le dejábamos al negro Gómez lo guitarrístico. Raúl tocaba muy bien la quena y los sikus y yo me encargaba del charango, percusión y la segunda guitarra que acompañaba a la de Agustín. Resulta que como nosotros no teníamos un bajo- cuenta Ritro- yo me tuve que ir bien arriba y empecé a colocar el falsete para que el negro Gómez trabajara con más comodidad en los bajos y se dio un sonido extraño que nos gustó”. Así, instalaron una paleta de voces armonizadas que terminó siendo una marca de estilo inconfundible y propia. En un paralelo con un equipo de fútbol podríamos decir que en la época más compleja y creativa de Los Andariegos, Ángel Ritro fue una especie de Negro Jefe, un cinco que manejaba los tiempos del equipo, Agustín Gómez se encargaba de la defensa y Raúl Mercado el 10 creativo… un verdadero infierno. En la conversación Ritro sentencia: “Vos no podés cambiar lo que no conocés, y para cambiar tenés que estudiar, por eso me puse a estudiar con el profesor de armonía Pedro Aguilar que me dijo: ‘usted haga, que después vamos los teóricos a investigar por qué hizo eso”.

La gran transformación del sonido de Los Andariegos tuvo la particularidad de, sin dejar de sonar como un grupo tradicional, ir puliendo una armonización vocal altamente sofisticada, y esto se debió a una cuestión muy sencilla: “Cacho” se puso a estudiar y a partir de ahí se le fue abriendo la cabeza.

Así de simple, así de rico, así de complejo, porque Los Andariegos nunca perdieron esa tierra que caracterizó su sonido aún en los momentos de mayor ataque vanguardista. 

Cacho me cuenta que uno de los secretos más simples para evolucionar en arreglos dentro de la música popular es conocer bien desde adentro las características de lo que se está tocando, porque ello permite dar todos los pasos que sean necesarios pero sin perder la esencia del canto popular.

Desde mediados de los sesenta en adelante Los Andariegos entraron en un frenesí innovador y soberbio, para comprobarlo basta con escuchar la versión que hicieron de La Oncena, de Eduardo Lagos o la chacarera Hacia el Surco, de Margarido y Mercado hasta llegar a la obra cumbre que fue Madre Luz Latinoamérica, un long play que vio la luz unos pocos meses antes del golpe de 1976 con las consecuencias imaginables. Ese disco sigue esperando ser conocido masivamente por la selección de obras, los arreglos y la participación de invitados como Oscar Alem y Domingo Cura.

Luego vino el exilio: «Raúl tenía una cuñada que estaba casada con un hombre de la Fuerza Aérea y se enteró por ella que estábamos fichados por eso nos tuvimos que ir».

Ritro se fue a España a tocar con Alberto Cortéz, su gran amigo y compañero de curso en los tiempos del colegio secundario en San Rafael, adonde Alberto había llegado desde Rancul. Me cuenta Cacho:»Alberto, que siempre quiso ser parte de Los Andariegos, me llamó y me dijo por qué no te venís a tocar la guitarra conmigo, véngase para acá que vamos a hacer una gira por Francia y España. Así fue que armamos un repertorio donde nosotros le hacíamos los coros y buena parte del acompañamiento, fue por ahí que estuvimos con Cortéz en el Olimpia de Paris, recuerdo que Alberto tenía un estudio muy grande en su casa al que íbamos a ensayar».

Nos detenemos un rato en Alberto Cortéz para elogiar su obra que es inseparable del canto popular pampeano que tuvo en él a uno de los mejores exponentes. Basta con escuchar atentamente la milonga que suena en la base rítmica de uno de sus temas más bellos, Distancia, para ratificarlo. A continuación le pregunto por ese guitarrista infernal que fue Pepete Bértiz y me dice: «Resulta que Pepete fue otro que siempre quiso tocar con nosotros, a tal extremo que la deja a Mercedes Sosa y se viene con nosotros. Mercedes se enojó como si le hubiéramos quitado al Pepete, pero no fue así, sencillamente él quiso integrar Los Andariegos». Fue en esos años en que Pepete tocaba con la Negra que Los Andariegos colocaron sus voces en dos versiones históricas que la tucumana realizó, nada menos que la chacarera Arana y Cuando tenga la tierra, ese himno de Ariel Petrocelli y Daniel Toro. «Desgraciadamente Pepete falleció muy joven, lo mismo que Luisito Amaya, aquél cordobés de Tres para el Folklore y Karo Herrada, ese mendocino con una voz exquisita». Luego de los decesos de Pepete y Herrada la formación queda reducida a cuarteto: Gómez, Mercado, Sará y Ritro.

Cacho define a Mercado como un alma inquieta que no paró nunca de buscar cosas nuevas y al negro Gómez como el mejor guitarrista de nuestro folklore, así de simple. Habla maravillas de Karo Herrada y Beto Sará al tiempo que admite la indignación del estado actual de nuestra música y le preocupa cómo se puede retroceder tanto. Coincidimos en una apreciación que podrá sonar polémica o a que todo tiempo pasado fue mejor y es el hecho de que  la oreja del público ya no exige como antes. Sin desconocer a los tantos artistas que siguen enalteciendo el género no viene mal reconocer que nuestro folklore ha quedado muy dependiente de miradas estrictamente comerciales y eso se nota mucho.

¿Viste que en los afiches de aquellos años se leía Los Chalchaleros, Los Fronterizos, Los Quilla Huasi y otros? Bueno, nosotros estábamos entre esos otros. No interesaba lo que nosotros proponíamos que era hacer pensar a la gente, que al escucharnos dijera «esto es distinto» y no hace falta tener conocimientos, te tiene que gustar o no.

Nosotros por suerte tuvimos mucha penetración en los jóvenes, sin ir más lejos Marín Ábalos y su hermano, hijos de Alfredo, hicieron un grupo que se llama La Pesada Santiagueña y me dice que para ellos nosotros somos la base en toda la música que hacen y muchísimos otros jóvenes reconocen haberse inspirado en Los Andariegos y eso es una alegría».

Cacho anda en los ochenta años, le encanta dormirse con los cantos de sapos y ranas y amanecer con el canto de los pájaros, mientras relee libros de Fidel Castro y no deja de asombrarse como la primera vez. Dice que el tema no es añorar el ayer ni soñar con el mañana, que lo importante es trabajar el día de hoy, eso es sabiduría y esto vale tanto para la política como para la música.

Los Andariegos, como Los Trovadores, El Cuarteto Zupay, Los Huanca, Los nocheros de Anta y otros tantos, nunca buscaron las palmas fáciles porque entendían el rol del músico popular ligado conceptualmente al del trovador, sentían que debían brindar una propuesta novedosa. La charla deriva y aparecen nombres, datos valiosos. Aparece, de golpe, la figura de Julio Marbiz. Cacho dice que en los varios long plays que editaron en el sello Microfón, donde tallaba fuerte Marbiz,“jamás se metió en lo que nosotros hacíamos, ni en la selección del repertorio ni en los arreglos. Nos respetó mucho siempre”. Ritro le puso música a obras célebres de nuestra música popular como por caso Hay un niño en la calle, con texto de Tejada Gómez, Si un hijo quieren de mí, letra de Leonardo Castillo, o Fundamento coplero junto a Raúl Mercado.

Llegamos así a Movimiento, ese álbum que grabaron junto a Oscar Alem en 1982, una síntesis de años de experimentación y búsqueda, un disco que sigue siendo vanguardia casi 40 años después de su aparición. «Acá tenés lo que es la vanguardia, utilizando instrumentos no tradicionales, pero es música. Este disco fue nominado a la mejor propuesta de música folklórica de 1982».

Cacho cuenta que su amistad con Alem venía de años y que en su momento no pensaban que estaban haciendo algo adelantado a su tiempo: “Pensábamos que estábamos proponiendo algo interesante. El portugués da Silva jugó un papel importantísimo en el armado de ese disco, también contamos con el aporte de grandes instrumentistas como el baterista Rodolfo Minichilo, el negro Domínguez en guitarra, un pianista muy bueno como Pugliano. Uno no piensa si lo que hace es adelantado a su tiempo, hay dos cosas que no se pueden hacer: ayer y mañana, tenés que hacer el presente, el día de hoy, no pensábamos que estábamos adelantados, pensábamos que estábamos proponiendo algo interesante».

Me cuenta que su hijo Arturo Ritrovato es un gran bajista que, por ejemplo, tocó en el disco Pequeñas cosas de Marián Farías Gómez y últimamente acompañaba nada menos que a Manolo Juárez, me cuenta de su otra hija radicada en Estados Unidos y de Carla, esa gran locutora de la Rock & Pop.

Así fue y así paso. Una tarde con Cacho Ritro, con Los Andariegos. Un pedazo sonoro de nuestra historia, de nuestra tierra, de nuestras voces. Vuelvo en el auto y todavía me retumban frases. Esto somos. Esto seremos también. ¿Alguna vez el tesoro musical que tenemos se reencontrará con su pueblo? Hay algo así como un derecho: conocer esas agrupaciones y solistas que hoy sólo habitan en la memoria de una minoría.

Ojalá.

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