MALABARISTAS DE LA PANDEMIA

Por: Sofía Malleville y Mariana Busso

La enfermería es una profesión que se organiza en torno al cuidado de pacientes y se encuentra fuertemente feminizada. La emergencia del Covid 19 les dio a estas figuras claves del sistema sanitario mayor visibilidad, pero complicó todavía más su vida cotidiana. Encargadas de atender la primera línea en el trato directo con el paciente y la contención de sus familiares, estas trabajadoras cuentan con una historia atravesada por condiciones laborales de gran precariedad. LNT propone asomarse a este universo que excede largamente el control de los signos vitales y la temperatura.

La enfermería es una actividad históricamente feminizada. Según un informe reciente la más feminizada del país con un 85% de los puestos ocupados por mujeres. Ser enfermera parece inescindible de dos formas de desvalorización al interior de los equipos de salud: la económica y la simbólica. Justo con aquel trabajo que cuida al cuerpo enfermo, mitiga el dolor, acompaña el tránsito de la mayor incertidumbre o la certeza del final. Sin embargo, estas mujeres afrontan el día a día con sobrecarga laboral, pluriempleo, deficiencias en infraestructura e insumos y bajos salarios, y en la mayoría de los casos, haciéndose cargo del trabajo doméstico no remunerado. Verdaderas malabaristas de la vida que se encuentran en la primera línea en la lucha contra el coronavirus, “en el frente de batalla” como frecuentemente escuchamos decir en los medios de comunicación. Trabajadoras que tuvieron que aprender a sobrellevar el miedo al contagio, nuevos protocolos, camisolines, barbijos, cofias y un sinfín de elementos y prácticas que hasta el momento desconocían, a cambio de reducir la posibilidad de contagiarse y contagiar a sus familias.

Vida cotidiana

Son aproximadamente las 4am, todavía faltan algunas horas para que amanezca por completo. Suena el despertador y Verónica se levanta para ir a trabajar, como hace dos décadas. Le cuesta un poco más que de costumbre, siente que no descansó bien, pero sabe que no hay opción. Sale de la cama y pone la pava para tomar unos mates. Mientras desayuna termina de organizar su cartera, selecciona la ropa de trabajo, ordena su carpeta. Generalmente su esposo e hijos también se levantan temprano para ir a sus trabajos. Según el día de la semana, alguno de ellos se ofrece para acompañarla hasta la parada del colectivo, ubicada a unas pocas cuadras de su casa. Verónica sabe de memoria el horario en el que suele pasar el colectivo por su barrio en la periferia de la ciudad, y con el que llegará al centro, donde se concentran las instituciones de salud en las que trabaja. A las 6am, comienza el turno mañana de enfermería en un sanatorio privado y no puede llegar tarde. Es enfermera profesional hace más de veinte años, y también trabaja en el área de cuidados críticos de un hospital especializado en salud mental además de realizar tareas docentes en una Escuela de Enfermería. Sus jornadas de trabajo se extienden hasta el atardecer, pero dos veces por semana son aún más extenuantes ya que cumple con las guardias en el hospital. Todo esto a cambio de un salario que le permite reproducir sus condiciones de vida de clase media que cuida el mango, en los suburbios de la ciudad de La Plata. Sus hijos ya no son menores, pero en su vuelta a casa sigue siendo quien generalmente se ocupa de organizar las comidas, las compras, el lavado de la ropa y otras tareas cotidianas.

Marcela es enfermera profesional desde hace casi diez años, le resta cursar un cuatrimestre para recibirse de Licenciada. Comenzó a trabajar como cuidadora de adultos mayores a los 18 años, es decir hace unos 20 años. Sin experiencia previa, la hija de la primera persona que cuidó le enseñó algunas cosas básicas para emprender la tarea. En su relato, Marcela recuerda “tuve una situación en la que dije: “Yo tendría que aprender algo de enfermería, lo básico por lo menos”, porque había situaciones que no sabía cómo resolverlas. Entonces hice un curso de cuidado domiciliario de gerontología”. Luego de varios años como cuidadora domiciliaria, una amiga finalmente la convenció de estudiar enfermería. Hoy en día trabaja en dos servicios de terapia intensiva. Ocho horas en un instituto de medicina privada en el turno noche y seis horas durante el turno mañana en un Hospital. Además de esas jornadas laborales de 14 horas diarias, como buena parte de las mujeres, Marcela se ocupa de las tareas del hogar y del cuidado de sus hijos/as. En tiempos de “normalidad” había logrado organizar sus horarios de trabajo para poder acompañar a su hija: “Cuando salía de trabajar llevaba a la nena a la escuela y después ya descansaba a la tarde. Cuando ella llegaba ya estaba despierta. Podía ayudarla a hacer la tarea y todo eso”.

Los relatos de Verónica y Marcela, a través del recorrido por sus trayectorias personales, nos permiten vislumbrar a grandes rasgos un día en la vida de muchas enfermeras y los malabares que realizan cotidianamente, tal como describió el sociólogo francés Paul Bouffartigue. En líneas generales, podemos definir a la enfermería como una profesión que se organiza en torno al cuidadode pacientes y que se encuentra fuertemente feminizada. Como sostiene la psicóloga Pascale Molinier cuidar significa participar de la producción de una práctica que contribuye a la preservación de la vida y reconoce la interdependencia y la imposibilidad de autosuficiencia que caracteriza a los seres humanos. El trabajo de cuidado visibiliza que las necesidades humanas son de bienes y servicios, y asimismo que somos seres ávidos de afectos, contactos y emociones. Necesitamos de los otros. Y esa interdependencia se acrecienta aún más en ciertos momentos de nuestras vidas, y todavía más cuando el coronavirus aísla y hace imposible el contacto físico con seres queridos. Y ahí están ellas.

Actividad profesional

En las diversas instituciones de salud, tanto del subsistema público como privado, hallamos enfermeras con distintos niveles de formación (licenciadas, técnicas o auxiliares) que realizan tareas asistenciales y/o especializadas en diversas áreas; otras que ocupan puestos de coordinación de equipos o bien desarrollan tareas docentes. Ahora bien, ¿bajo qué condiciones trabajan cotidianamente? ¿Por qué son escasamente reconocidas? ¿Cómo las afecta la pandemia?

Para comprender en qué consiste una jornada laboral de enfermería podemos adentrarnos en los espacios de trabajo, a fin de conocer las actividades de las enfermeras que realizan tareas asistenciales. Ellas suelen compartir momentos de mucha cercanía e intimidad con las personas que concurren a las instituciones de salud. “Somos nosotras las que estamos todo el tiempo con los pacientes”, afirman. Es un trabajo cuerpo a cuerpo. Un trabajo que busca responder a las necesidades de todas las personas pero que a la vez intenta reconocer las particularidades de cada una: sus sentimientos, sus deseos, sus “mañas”, sus miedos, pruritos. Dependiendo de la situación, las personas pueden permanecer internadas durante largos períodos de tiempo. Pensemos, por ejemplo, en personas con patologías de gravedad o en adultos mayores que pasan buena parte de sus días en residencias geriátricas, o en enfermos terminales que ante la situación de pandemia no pueden volver a tener contacto físico con sus familiares. Son ellas las que también están ahí. El tiempo que implica una internación prolongada muchas veces habilita a la construcción de un vínculo cercano entre pacientes y enfermeras. En sus relatos los pacientes suelen ser referenciados por su nombre. Cada paciente representa una historia de vida. 

Entre las múltiples tareas que realizan podemos mencionar el control de temperatura y signos vitales, la colocación de vías, el cambio de sondas, las curaciones y la movilización para evitar lesiones en la piel, el aseo asistido, el cuidado y limpieza de zonas íntimas. Las enfermeras ponen en juego sus conocimientos técnicos a la par de encargarse de la higiene y el confort de los pacientes. Además de estas acciones, los cuidados en enfermería también involucran elementos que trascienden a la técnica y que, por su carácter, suelen estar invisibilizados. Brindar una palabra de aliento o un consejo, escuchar a quienes lo necesitan, hacer bromas, entrar en la habitación con una sonrisa para levantar el ánimo, acompañar a los familiares… Acciones esenciales que contribuyen al bienestar integral de las personas. Premisa fundamental de la enfermería. Sin embargo, estas labores son difíciles de estimar. No son fácilmente observables y, por lo tanto, no pueden medirse o cuantificarse como otras tareas materiales que realizan.

Como observamos en los relatos de Verónica y Marcela, pese a ocupar un rol fundamental en los servicios de salud, la actividad cuenta con una historia atravesada por condiciones laborales de gran precariedad. Los bajos salarios que históricamente han caracterizado a esta actividad muchas veces las fuerzan a contar con dos o más empleos, a realizar jornadas laborales extenuantes que se combinan con las tareas domésticas y de cuidado del hogar, lo cual deriva en unas pocas horas libres que distribuyen entre el descanso, el ocio y el tiempo dedicado a la familia.

Las marcadas diferencias respecto a las condiciones de trabajo, salariales y de contratación según la región del país, las instituciones públicas o privadas y el establecimiento en el que se desempeñen, dan cuenta de una amplia heterogeneidad de condiciones laborales. Ello se condice con la elevada fragmentación y segmentación que caracteriza al sistema de salud en Argentina desde hace ya varias décadas, en el que cerca del 55.5% de los trabajadores y trabajadoras de la salud se concentran en el AMBA (informe PNUD, 2018). A pesar de que en Argentina la cantidad de médicos en relación a la población es similar al nivel de los países europeos, la cantidad de enfermeras/os profesionales (excluyendo auxiliares) es de las más bajas de la región (4,05 médicos y 3,55 enfermeras/as profesionales cada 100 mil habitantes, según datos de la Red Federal de Registros de Profesionales de la Salud, 2019 -REFEPS-). El principal problema es que presenta disparidades muy marcadas en su distribución territorial, al concentrarse en el principal aglomerado urbano del país (13,12 médicas/os cada mil habitantes en CABA y 1,87 en Misiones, y 4,93 enfermeras/os en CABA frente a 0,89 en Catamarca, datos del año 2016 -REFEPS-). Esta situación se evidenció con mayor profundidad durante la pandemia, cuando recrudeció la situación sanitaria en distintas provincias y fue necesario enviar personal especializado a zonas críticas, como por ejemplo Chaco y Jujuy.

Los bajos salarios que históricamente han caracterizado a esta actividad muchas veces las fuerzan a contar con dos o más empleos, a realizar jornadas laborales extenuantes que se combinan con las tareas domésticas y de cuidado del hogar, lo cual deriva en unas pocas horas libres que distribuyen entre el descanso, el ocio y el tiempo dedicado a la familia.

Además de las condiciones estructurales del sector salud, la precarización laboral que experimenta este grupo también se vincula con las representaciones sociales en torno a los trabajos de cuidado. Es común que el conocimiento y la formación requeridos para su ejercicio sean presentados como habilidades “naturalmente” femeninas. La desvalorización de las tareas de cuidado y las construcciones sociales en torno al género inciden en el reconocimiento de esta ocupación como una profesión y en el proceso hacia su profesionalización definitiva. En muchos casos, las normativas que regulan la actividad consideran a la enfermería en el escalafón del personal administrativo.

Ser el “frente de batalla”

En marzo de este año, la pandemia de Covid-19 derivó en la declaración de la emergencia sanitaria y la consideración de todo el personal de salud como esencial. Esta situación de gran excepcionalidad puso a las enfermeras en el centro de la escena puesto que son ellas quienes suelen pasar más tiempo y tener mayor contacto con los pacientes. Por esta razón, representan uno de los grupos más vulnerables a contraer el virus. En los últimos meses, según datos oficiales, de los más de 60 trabajadores de la salud fallecidos a causa del Covid, la mitad son enfermeras/os. Con el objetivo de incrementar y garantizar protocolos y dispositivos para la protección al Personal de Salud ante la pandemia de Covid-19, el 17 de septiembre se reglamentó a nivel nacional la Ley N°27.548 denominada “ley Silvio”. El nombre es en homenaje a Silvio Cufré, un enfermero de 47 años que en el mes de abril fue el primer agente de salud de la Argentina en fallecer a causa del coronavirus.

La pandemia impuso modificaciones de la vida cotidiana y familiar particularmente de quienes trabajan en el sistema de salud. Algunas trabajadoras tuvieron que extremar tanto las medidas de protección que algunas llegaron a dormir en habitaciones aisladas, mudarse o incluso vivir en un motorhome. Estos cambios de hábitos también se evidencian en el propio espacio laboral. Analía es Licenciada en Enfermería, trabaja en un sanatorio de medicina privada en el área de ingreso de personas con síntomas compatibles a Covid-19. En el turno noche, ella sola se encarga de todos los pacientes del sector. Es quien les acerca la comida, les aplica la medicación, los higieniza y moviliza según sus requerimientos. Analía menciona que cada vez que entra al espacio donde están los pacientes debe colocarse todos los elementos de protección personal: camisolín, barbijo N95, escafandra, antiparras. “Al principio no podía respirar muy bien, ahora ya me acostumbré”. Pero no siempre quienes trabajan en el sistema de salud cuentan con elementos de protección personal, o los provistos por la institución no son de buena calidad. Según relata, ella misma compró sus antiparras y varios camisolines para poder cambiarse, y con un grupo de compañeras se organizaron para adquirir barbijos al por mayor. Esos elementos representan la reducción del riesgo al contagio, no solo para las trabajadoras sino también para sus seres queridos, ya que ese es el principal temor: la posibilidad de “llevar el virus a casa” y contagiar a sus familias.

La ampliación y fortalecimiento del sistema de salud para hacer frente a la pandemia incluyó, entre otros factores, la contratación de más personal (especialmente en los servicios públicos), pero este crecimiento no logró acompañar la demanda generada. Los espacios de trabajo se readecuaron y los equipos de trabajo fueron reorganizados, aumentó la presión sobre sus tareas, se intensificaron los ritmos de trabajo, las licencias se suspendieron, se redujeron los tiempos de descanso, las jornadas laborales se extendieron y aumentaron los requerimientos virtuales. El conjunto de trabajadores y trabajadoras de la salud vieron incrementadas sus jornadas laborales y el estrés asociado a la nueva rutina, generando lo que se denomina el Síndrome de Burnout o de desgaste (agotamiento emocional, pérdida de motivación y sensación de fracaso, que se produce por excesivas demandas de energía, fuerza y recursos). Por las características mismas de su trabajo, las enfermeras constituyen uno de los grupos más expuestos, no sólo a enfermar/perder la vida a causa del virus sino también a agotarse física y emocionalmente. La emergencia sanitaria y el abordaje de la pandemia trastocaron su trabajo cotidiano y también multiplicaron los factores de riesgos psicosociales del trabajo. A la vez, como en el caso de Analía, muchas enfermeras abandonaron el sector donde trabajaban habitualmente para dedicarse a la atención y el cuidado de personas que podrían tener Covid-19. Estos cambios sin duda repercutieron en sus vidas. Sentimientos de incertidumbre, de temor, de cansancio, de agotamiento, de burnout se hacen presentes cotidianamente, y se combinan con situaciones de precariedad pre-existentes.

Desde que se declaró la emergencia sanitaria circularon distintas lecturas sobre la pandemia y el rol de los equipos de salud. Algunos remarcaban la idea de una guerra contra el virus, un enemigo invisible, posicionando a los trabajadores/as de la salud como sujetos imprescindibles en la batalla. Otros resaltaban su heroísmo y convocaban a un aplauso conjunto a las 21 hs. Los meses trascurrieron y los análisis sobre la pandemia fueron modificándose. Hoy en día ya no se escuchan los aplausos. Sin embargo, quienes sostienen los servicios de salud, continúan allí, como en un primer momento. Extenuadas, pero también orgullosas del trabajo que realizan.

La pandemia trastocó buena parte de nuestras vidas cotidianas y particularmente la de algunos grupos de trabajadores/as. Momento para rescatar las experiencias de quienes nos cuidan, visibilizar sus voces, sus narrativas, aquello que no vemos pero que efectivamente hacen, en definitiva, sus múltiples malabares. Experiencias que nos habilitan a comprender la intensidad y complejidad de una actividad esencial, pero también a pensar otras formas de vincularnos. Experiencias que reconocen la integralidad de las personas y permiten ir más allá de las concepciones biologicistas sobre la salud. La revalorización de la salud pública y de quienes la sostienen llegará cuando podamos dar respuesta a problemas estructurales de la enfermería: la falta de reconocimiento económico y simbólico, el pluriempleo, la aún incipiente profesionalización y la desigual distribución en el territorio nacional y en el fragmentado sistema de salud argentino. Mientras tanto, ellas seguirán ahí. Cuidándonos.

Las autoras pertenecen a LESET, IdIHCS –CONICET/UNLP

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