EL TREN Y LA NIÑEZ

Por: Gerardo Fernández

Quienes vivieron la época dorada de los trenes argentinos conservan un sinfín de historias que dan cuenta de la gran pérdida que significó el desmantelamiento menemista de la red ferroviaria a lo largo y a lo ancho del territorio. Recuerdos de un país más integrado en el que viajar era, además, una aventura. Ilustración: Martín Vega

A mí no me contaron eso de “La vuelta al perro” porque la viví cuando el tren pasaba lunes, miércoles y viernes por mi pueblo rumbo a Once, y la estación se llenaba de gente que iba simplemente a chusmear porque no había muchas otras actividades que ofrecieran alguna dosis de novedad. Eran los tiempos de oro de la laguna Epecuén, a sólo 5 Km de Carhué, donde flotabas estando con el agua a la cintura. Epecuén fue una de las cosas más bellas del sudoeste bonaerense, una villa turística hermosa, llena de “rusos” (así llamábamos a cada persona de ojos claros y facciones claramente distintas a las nuestras) que iban a veranear, gente mayor que pasaba largo tiempo ahí por las cualidades curativas del agua súper salada, abuelos que se acostaban temprano y nietas que quedaban sueltas al acecho de lobizones pampeanos.

Todo pasaba en el “Bim Bam Bum”, un salón de baile donde la misma orquesta tocaba noche a noche las mismas canciones, una selección de “música moderna”, una de característica (fox trot, pasodobles, etc.) y una de tango. Si mal no recuerdo la entrada era gratuita o insignificante, el negocio estaba en la venta de bebidas.

Cuando los rusos regresaban a Capital, el tren era una fiesta. La comida abundaba en esas conservadoras repletas y se socializaba; nadie que subiera al vagón dejaría de saborear lo que la gente de al lado estaba masticando. Se vivía una especie de festejo en ese tren que pasaba por mi pueblo alrededor de las 21 para llegar a Once a las 7 de la mañana, luego de una larga parada en Pehuajó, donde el ramal que iba a Carhué y Rivera se fusionaba con el que venía de Toay y seguía camino. Mamá siempre llevaba una mantita que aún recuerdo con nostalgia y que todavía debe estar en casa de algún hermano. Yo la cargaba diciéndole Kid Manta, pero a eso de las 4 de la mañana, cuando la helada pegaba fuerte en los vagones del Sarmiento, bien que me acurrucaba a su lado buscando un pedacito de calor.

Ya por entonces las vías estaban chuecas y había tramos que se recorrían a paso de hombre, básicamente entre Treinta de Agosto y Pehuajó. Creo que la última vez que viajé en ese tren fue con mi amigo Griyo de regreso al pueblo en los ochenta. Llegamos como a las 10 de la mañana; en medio del campo los vagones se llenaban de panaderos y nos reíamos, pues la guita que ahorrábamos en lugar de viajar en el ómnibus de la empresa Liniers la gastábamos chupándonos hasta la presión en ese largo viaje.

De niño recorrer los vagones de punta a punta con algún amigo de ocasión era muy divertido, y ni hablar de la mecánica de apretar con el pie para que saliera el agua en los baños. Todo eso era una novedad para un pibe que por las noches se turnaba con su padre y su hermano para bombear agua, cosa de llenar el tanque de la casa (recién años más tarde llegaría el bombeador).

Cerca de Mercedes aparecían los vendedores con las chocolatadas Cindor, ¡qué fiesta! Eso en Tres Lomas no se tomaba, en mi mundo la Cindor era Buenos Aires, la capital, y cuando el tren pasaba por Moreno para mí ya estaba en la gran ciudad, con la Avenida Rivadavia al costado. Haedo ya parecía el microcentro y luego la desesperación por el lento ingreso a Once.

Cuando el tren llegaba a Tres Lomas las locomotoras frenaban usando arena y eso daba un olor tan característico, imborrable, que aún hoy llevo encima. En capital nos hospedábamos en el viejo Hotel Marcone ahí justo frente a Plaza Miserere y luego de un par de días marchábamos a Retiro a tomar el Belgrano rumbo a Del Viso, donde estaba la parentela de mamá. Una vez fue total la travesía: de Del Viso viajamos a Constitución y tomamos el Roca rumbo a Dolores y luego Mar del Plata, donde vivían otros tíos (mamá tuvo ocho hermanos). Recuerdo que en Retiro mi viejo se quedaba chupando un fernet hasta que el tren arrancaba y yo desesperaba temiendo perderlo para siempre, hasta que cuando ya empezaba a moverse aparecía Chubero al trotecito, canchero.

El paso por Aeroparque y el Monumental me hacía creer que estaba en el mismo corazón del mundo. Para un pibe criado en una comarca pequeña ver un avión a 500 metros era verdaderamente fantástico. Ya existían los vendedores ambulantes, esos que se despedían en el andén de un amigo con una voz normal, digamos, y al instante impostaban logrando el típico sonido del vendedor ambulante del ferrocarril.

Nací a 50 metros de la estación de mi pueblo y hoy vivo a 20 de las vías del Mitre. No dejo de asomarme por la ventana cada vez que escucho venir una locomotora con un convoy carguero o de pasajeros que va a Tucumán. Por el sonido ya sé si la locomotora que viene es una ALCO, una GT-22 o una china de las que se compraron en el gobierno de Cristina. Uno de mis disfrutes es entrar a los clubes ferroviarios que hay en Facebook y leer cada nota viendo videos de locomotoras reparadas y esas cosas. El tren ha ido en paralelo a mi vida y siempre estuve cerca suyo.

Recuerdo ahora los viajes a La Plata durante años cuando trabajaba allí. Soy de los que llegó a viajar en los expresos que concretaban el viaje en 50 minutos. De pibe vi los vagones jaula cargando hacienda en el embarcadero con destino al mercado de Liniers. Todo eso ya es historia, pero por suerte lo viví y siento que una de las utopías de este tiempo es revitalizar los ferrocarriles. Para eso es necesario pensar más en la gente que en los negocios de los vendedores de camiones, las empresas de ómnibus y los fabricantes de caucho.

Para revitalizar los ferrocarriles es necesario pensar más en la gente que en los negocios de los vendedores de camiones, las empresas de ómnibus y los fabricantes de caucho.

Ningún país se desarrolla sin un ferrocarril en un estado más o menos pasable. No pienso en súper trenes bala ni nada por el estilo, sino en trenes simplemente, trenes que unan el pueblerío de la patria como lo hacían aquellos que funcionaron hasta los cincuenta y sesenta, muchos de los cuales fueron levantados y las vías quedaron sepultadas bajo los arenales como escalofriantes testigos de las estaciones abandonadas, transformadas en taperas.

El tren movía de un lado a otro a esos personajes entrañables que fueron los linyeras, esa especie de humanos eyectados de la vida en sociedad que habitaban los cargueros. Recuerdo también que la actividad ferroviaria era tal que había una casa a metros de la estación donde rancheaban maquinistas y guardas que llegaban en un tren y por ahí debían esperar un par de días para tomar otro. Mi memoria todavía los ve a los tipos mateando en camiseta por las tardes mientras nosotros jugábamos un picadito en el baldío que estaba enfrente.

Papá era un tomador de mate metódico, a la mañana dulce, mediodía amargo y a media tarde nuevamente dulce, se sentaba al lado de la cocina y ponía la hornalla al mínimo del mínimo para mantener el calor constante del agua. Nunca supe por qué el tipo entendía que la mejor agua estaba en la bomba de la estación, así que íbamos dos o tres veces por semana con el balde blanco a bombear en soledad, muchas veces de noche. Darle a la bomba en la semioscuridad cuando los eucaliptos del monte se ponían a chiflar por el viento siempre fue un momento tenso para mí, y más luego de haber visto “Pruebe la sangre de Drácula” a los 9 años en el cine.

La sección Encomiendas trabajaba como una oficina más: desde mi tío, que llevaba y retiraba las bolsas grises de películas, hasta el pollero Prieto, que aparecía con las jaulas llenas de pollos y gallinas para despachar. Todo o casi todo lo movía el tren y hasta los registros de lluvia salían del medidor que tenía el Jefe de la estación; luego en LU11, radioemisora del oeste, leían los reportes de lluvia caída en cada pueblo de la zona.

Todo o casi todo lo movía el tren y hasta los registros de lluvia salían del medidor que tenía el Jefe de la estación.

No hablo solo de los trenes sino de otro país. Uno más parejo y más integrado. ¿Para qué servía aquel ferrocarril poderoso si no era para conectarnos en todas las regiones? La terrorífica frase “Ramal que para, ramal que cierra” de Menem no fue dicha pensando en los ferroviarios que hacían paros, fue la definición de un plan, la desarticulación de nuestro país… y lo consiguió.

Entonces, así como un presupuesto es la versión en números de un proyecto político, un ferrocarril que paulatinamente vuelva a recuperar su esplendor no será otra cosa que la prueba de que el país comenzó a cambiar.

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