EL ORO QUE CAMINA

Por: Cecilia Ferraudi Curto

En la puna catamarqueña, la cooperativa de Laguna Blanca se constituyó a lo largo de las últimas dos décadas en una de las productoras más reconocidas de la valiosa fibra de vicuña y sus tejidos dentro del país. La actividad gira en torno del chaku (captura de la vicuña para su esquila) e involucra comunidades indias, tejedorxs, turismo alternativo, y disputa con las grandes mineras que vienen instalándose en los salares puneños para extraer litio. Fotos de José Alejandro Cuello.

Mientras atiende un kiosco en su casa, Anita Suárez está tejiendo un poncho de vicuña a pedido de una clienta que la contactó por Whatsapp. Le ha llevado más de seis meses confeccionarlo y cobrará alrededor de $150.000 cuando lo entregue. La lana de vicuña es la fibra natural más fina, abrigada y cara del mundo. Anita vive en la puna catamarqueña, en donde las vicuñas se crían como animales silvestres. “Ahora uno hace una prenda de vicuña y tenés un ahorrito extra para cualquier necesidad”, cuenta. Antes era muy distinto.

Valorada desde tiempos precolombinos, y cazada desde la colonización, la vicuña fue declarada internacionalmente como especie en peligro de extinción en los 60 y su caza fue prohibida en Argentina a inicios de los 70. Más de cuarenta años después, equipos técnicos de la Dirección de Ganadería, Turismo, Artesanías y Recursos Naturales de la provincia de Catamarca llegaron a la Reserva de Biósfera de Laguna Blanca para enseñar a los pobladores una técnica ancestral de captura de la vicuña para su esquila. Poco a poco, el chaku está cambiando la vida en este pueblo de seiscientos habitantes situado en la puna catamarqueña a 3260 m sobre el nivel del mar.

Anita se fue interesando por la vicuña junto con sus padres, cuando tenía apenas dieciséis años. Hoy tiene cuarenta y es secretaria de la Cooperativa Mesa Local Laguna Blanca. “Como mi mamá y mi papá sabían hilar, tejer, y nosotros también sabíamos, siempre teníamos el interés en la artesanía. Antes vivíamos más en el cerro. Trabajábamos con llama y con oveja. Hacíamos peleros, puyos (las frazadas que le decíamos antes)… Y con eso se manejaba la gente para subsistir”, comienza su relato.

Llegué a Catamarca en un viaje grupal organizado por una amiga tejedora de Córdoba. Mientras recorríamos diferentes comunidades del municipio de Villa Vil (Departamento de Belén), las historias de las mujeres se repetían. Antes, sus familias debían intercambiar los puyos que tejían por mercadería. Su trabajo no era reconocido por su valor, ya que un único comerciante recorría la zona con una camioneta y era él quien fijaba las reglas. Rara vez recibían dinero por las prendas. En general, él se las cambiaba por harina, azúcar, yerba y otros bienes de consumo usuales que no podían producirse localmente. También quedaba más lejos la ciudad: al carecer de vehículos (o de la circulación de micros municipales), el traslado en burro o a pie resultaba menos frecuente, especialmente para la parte alta del municipio (la puna) que dista más de 70 km de Villa Vil.

Según cuentan Anita y otras mujeres, sus infancias transcurrieron entre los puestos de pastoreo del ganado en los cerros y sus casas en los poblados (entonces más dispersos). En una región semiárida, el área de pastoreo varía estacionalmente. En invierno, los cerros conservan reservas de agua y mejores pasturas. Allí viven los animales. Pasar la noche en los puestos es una forma de proteger a la majada de los pumas. Desde chicas, las tejedoras que conocí ya ayudaban a sus familias en el cuidado de cabras, ovejas y llamas, combinando esas tareas con la escuela. También iban aprendiendo a reconocer signos de parásitos en los animales y a curarlos, a ayudar con la esquila, a hilar, a pasar el hilo y palar el telar y finalmente a preparar la urdimbre. Pero el tejido se estaba perdiendo con el correr de los años, aseguran.

El fantasma de la migración está tanto en el pasado como en el presente de sus historias. De antes, rememoran los jóvenes que trabajaban estacionalmente en la zafra en Tucumán, Jujuy y Salta, quizá intentando evitar las minas que también aparecen en sus recuerdos y canciones. Ahora, en cambio, quienes migran se encaminan hacia Catamarca, Córdoba y Buenos Aires. Pero, aun extrañando a quienes se fueron, las críticas suelen dirigirse más a quienes no buscan mejorar. El empleo estatal y los planes resultan una fuente limitada pero segura de ingresos (los sueldos municipales rondan los $8000 para las tareas poco calificadas). En este contexto, el turismo aparece como un horizonte promisorio.

Varias iniciativas (propiciadas por diferentes organismos de los gobiernos nacional, provincial y municipal) buscan una revalorización de los “saberes ancestrales”, asociándolos a la formación de un circuito turístico. Entre esos proyectos, nuestra amiga cordobesa había contribuido como asesora y tallerista a la formación del Camino Textil de Villa Vil. Sostenido por el gobierno municipal (en articulación con diferentes instancias del Estado provincial y nacional), el proyecto combinó la construcción de museos, salas de exposición, hosterías y albergues, la ampliación y el mantenimiento de los caminos, y la formación de varixs habitantes locales como artesanxs textiles, guías de turismo y gastronómicxs en las diferentes comunidades que componen el municipio. En nuestro recorrido, Villa Vil tomaba forma como un territorio amplio de valles y serranías, habitado por diferentes poblaciones en proceso de auto-reconocimiento como “comunidades indias”.

La historia de Laguna Blanca se entrama con esta urdimbre profunda que combina experiencias de aprendizajes y revalorización de saberes, pretensiones de “crecimiento sustentable” y reivindicación de derechos ancestrales, en la construcción de territorio. A la vez, Laguna Blanca busca diferenciarse, proponiendo la vicuña como eje. Mientras, otras comunidades la toman como ejemplo. Para una tierra en la que la minería es económicamente central y socialmente conflictiva, la vicuña aparece como un futuro más promisorio: como nos dijo un referente de la Unión Diaguita, es el oro que camina.

La historia de Laguna Blanca se entrama con esta urdimbre profunda que combina experiencias de aprendizajes y revalorización de saberes, pretensiones de “crecimiento sustentable” y reivindicación de derechos ancestrales, en la construcción de territorio

La vicuña es un camélido andino que habita desde Ecuador hasta Chile y Argentina. Como el guanaco (y a diferencia de llamas y alpacas), la vicuña sólo vive en condiciones silvestres. Apreciada desde tiempos preincaicos por su fibra, la vicuña atravesó procesos de domesticación hace miles de años (dando lugar a la alpaca), de captura para la esquila durante el imperio incaico (siendo vestimenta exclusiva de los monarcas) o de caza para la venta de su lana después de la colonización. A mediados del siglo pasado, la vicuña fue considerada como una especie en peligro de extinción. Se estimaba que las poblaciones de este camélido habían decrecido de más de dos millones en el siglo XV a 10.000 en 1967 (y sólo 2.000 en Argentina). Desde entonces (y tal como analiza Cowan Ros), se establecieron variadas medidas para su conservación, en el plano transnacional, nacional y local. Tanto su caza como la comercialización de su fibra fueron prohibidas.

En 1971, Argentina adhirió al Convenio para la Conservación de la Vicuña firmado por Perú y Bolivia dos años antes (al que posteriormente adhirieron Chile y Ecuador). A pedido de estos países, la vicuña fue incluida en el registro de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES) en 1975, dentro del Apéndice I correspondiente a poblaciones animales cuyos productos está prohibido comercializar. En 1979, la provincia de Catamarca declaró reserva provincial a un área de 770.000 hectáreas para proteger la región de Laguna Blanca. En 1982 esta misma área fue declarada Reserva de Biósfera por la UNESCO. Desde entonces, funcionarios de la Dirección de Ganadería provincial y antropólogos de la Universidad Nacional de Catamarca comenzaron a investigar e intervenir en la región.

Para Anita, la prohibición de caza de la vicuña databa de ese 1982. Según recuerda, la provincia había contratado guardafaunas que debían proteger a las vicuñas de los cazadores furtivos. El padre de Anita era uno de ellos. De todos modos, resultaba complicado detener a los cazadores, ya sea porque los guardas carecían de poder de policía (y no llevaban arma) o porque compartían una evaluación común con quienes debían perseguir: “La necesidad es hereje… y acá había mucha necesidad en ese entonces”. De todos modos, el control de la caza, junto con la prohibición de la venta de la fibra o sus tejidos, se mostraron eficaces.

A lo largo de los años, las poblaciones de vicuñas de diferentes regiones andinas fueron recategorizadas en el Apéndice II del CITES: se permitía la comercialización de sus productos bajo condiciones protegidas. Las poblaciones de vicuñas de Jujuy fueron recategorizadas en 1997 mientras que las de Catamarca cambiaron de status en 2002. Desde entonces, las fibras podían venderse, en la medida en que una etiqueta garantizara su trazabilidad. En 1997, las normativas vinculadas a la protección y manejo sustentable de la vicuña tomaron fuerza de ley en Argentina: “la conservación de la vicuña constituye una alternativa de producción económica en beneficio del poblador andino y se comprometen a su aprovechamiento gradual bajo estricto control del Estado, aplicando las técnicas bajo el manejo de fauna silvestre que determinan sus organismos oficiales componentes” (Ley Nacional N° 19282/97, citada por Cowan Ros). Poco tiempo después, funcionarios provinciales llegaban a Laguna Blanca para enseñar a los pobladores cómo cosechar la fibra sin dañar al animal.

De este modo, una técnica ancestral incaica fue reaprendida en Catamarca y otras regiones andinas. A partir de un manual que narraba la experiencia realizada en Perú a inicios de los 80 (auspiciada por técnicos de la Agencia Alemana de Cooperación) y de algunos contactos con uno de los autores, el grupo de técnicxs de la Dirección de Ganadería provincial organizó talleres en Laguna Blanca. A fines de octubre de 2003, habitantes nucleadxs en la Mesa Local junto con técnicos de diferentes organismos nacionales, regionales, provinciales y municipales realizaron el primer chaku.

“A través de esas reuniones se interesaba la gente. Como dos años así. Y a lo último decidimos hacer una prueba piloto: en vehículo, a pata, unos más grandes, otros más chicos, todos a aprender. El marido de Acrecencia era obrero de Ganadería y le mandaron a hacer los módulos de captura, ahí a la entrada de Laguna Blanca. Ese es el primer alambrado que hemos hecho. Dentro del alambrado hay una aguada, y las vicuñas vienen a tomar. A esta hora están llenos porque en otros lados está todo seco. Ahí se meten. Éramos poquitos e íbamos cerrando los portones. Así de golpe cerrábamos. Y no sabíamos. A veces había algo y a veces no encerrábamos nada. Así hemos hecho dos años o tres.

Después solos nos hemos ido organizando. Pensando que el animal es muy bruto, muy silvestre. No tenés que hacer ruido, no tiene que ir mucha gente… Y así hemos empezado nosotros. Esa era la estrategia para poder atraparlo.”

Anita relata los primeros pasos: las reuniones, la elección del lugar para la captura, la colocación previa de los alambrados y el momento de ir encerrando a los animales en embudo hacia el corral, primero con portones y después a través de un aro de personas, media-sombras y vehículos cada vez más estrecho. Con el tiempo, empezaron a conocer al animal. Los movimientos debían ser silenciosos para que las vicuñas no se inquietaran y no se produjeran muertes. Ese era el requisito fundamental para que las autoridades de Ambiente provinciales no suspendieran la esquila. Pero el camino de aprendizaje no sólo involucraba el chaku. Junto con la técnica ancestral de captura, lxs integrantes de la Mesa Local tuvieron que aprender a lidiar con el Estado y a trabajar la fibra.

Para garantizar la trazabilidad de la fibra, todas las prendas deben llevar una etiqueta donde consta el módulo y el año de su cosecha. Obtener la certificación para comercializar los derivados de la vicuña fue un trámite engorroso que sólo se concretó una vez que el grupo se conformó legalmente como cooperativa en 2007. Así la Mesa Local devino Cooperativa Mesa Local Laguna Blanca con estatuto, libro de actas y todas las formalidades exigidas por el Estado.

De este modo, el chaku se fue estableciendo como práctica anual de esquila de la vicuña silvestre. Se organizan varias capturas entre octubre y noviembre. Incluso, es considerado un atractivo turístico. El Estado provincial exige la entrega del 20% de la cosecha y fiscaliza todo el proceso. Complementariamente, la cooperativa acordó un 10% para el dueño del campo donde se coloca el módulo. El resto de la cosecha se reparte en partes iguales entre lxs socixs que han trabajado ese año. Sólo quienes son de Laguna Blanca pueden asociarse a la cooperativa. Cada socix puede vender la fibra en bruto a través de la cooperativa o dedicarse a trabajarla.

El chaku se fue estableciendo como práctica anual de esquila de la vicuña silvestre. Se organizan varias capturas entre octubre y noviembre e incluso es considerado un atractivo turístico

Hoy, Anita hace ponchos, chales, corbatines (bufandas). Pero le costó muchísimo aprender a trabajar esa fibra tan fina. Según cuenta, penó hasta las lágrimas para poder hilarla y para que no se le cortara al tramar el tejido:

“A veces llorábamos porque no podíamos hacerlo. ¿Viste que es muuuy fina la fibra? Íbamos con ese husito y se cortaba, nunca podías unir. Por ahí te daban ganas de tirarlo así. Y otra vez lo levantábamos y seguíamos así. Hasta que un día entregué un chal, media manta.

Antes no nos daban la luz. Ahora nomás de 4 a 11 [encienden el generador]. Teníamos una vela nomás. Y yo me ponía en la pieza de noche y así me ponía a hilar. Era difícil, una fibra muy fina, pero yo ya me daba maña. Me gustaba. Mi mamá ya sabía tejer lo que era llama, oveja y me ayudaba a poner por primera vez mi tela en el telar. Y yo entusiasmada, íbamos tejiendo, de media parte íbamos tejiendo. Uhhh, demorábamos un montón de tiempo a tejerlo porque era muuuy fina.”

El tejido artesanal es un saber que en gran medida se transmite de generación en generación. Las mujeres protagonizan esta actividad en Catamarca; pero también los hombres aprenden a tejer, con sus madres o esposas (y, como Cesario, las evocan en sus poesías). En nuestros recorridos por Villa Vil, mujeres de diferentes comunidades (Morteritos, Barranca Larga, Rodeo Gerván, Laguna Blanca) nos mostraron cómo hilar con huso y con rueca, cómo teñir con tintes naturales (como sacansa, cáscara de nuez o cochinilla), cómo trenzar los hilos para hacer sogas, cómo montar un telar de cintura, cómo preparar la urdimbre para tramar el ojo de perdiz (un punto hallado en los sitios arqueológicos de la zona). En sus saberes, se combinan materiales y técnicas indígenas locales, otros provenientes de diferentes regiones de América y otros venidos desde España, para la elaboración de productos de uso habitual en el monte: peleros para la montura, hondas para arriar el ganado, ponchos para soportar los fríos atardeceres puneños, puyos para las camas. Si en algunos casos los caminos del aprendizaje son largos y sinuosos, otros aspectos vinculados con la valoración de lo artesanal fueron introducidos recientemente a través de cursos y talleres. Allí se destaca el uso de insumos no industrializados, la medición del tiempo de trabajo efectivo para la fijación del precio y la identificación de la autoría.

El tejido artesanal es un saber que en gran medida se transmite de generación en generación. Las mujeres protagonizan esta actividad en Catamarca; pero también los hombres aprenden a tejer, con sus madres o esposas.

Si bien el tejido de vicuña formaba parte de los saberes transmitidos localmente, tal como relataba Esther Hermitte a inicios de los 70, casi cincuenta años después debieron ser reaprendidos en la misma práctica. Como cuenta Anita, las prendas de vicuña requieren mucho más tiempo de fabricación que otros tejidos artesanales. La delicadeza del material implica un aprendizaje aún para quienes crecieron haciendo puyos de llama u oveja.

A la vez, la formación involucró un trabajo para jerarquizar el producto: “Hay que comprender que una prenda de vicuña pura no puede tener botones de plástico”, les insistía uno de los talleristas en 2006. También recibieron asesoramiento de MATRA (mercado de artesanías del Ministerio de Cultura de Nación) para ayudarles a fijar el precio, a partir del cálculo exacto de las horas dedicadas a cada producto y del peso de la fibra usada. En este proceso, la cooperativa Mesa Local Laguna Blanca comenzó circular por las diferentes ferias textiles de la provincia y del país, donde ha buscado distinguirse como productora artesanal de prendas 100% fibra de vicuña.

Entre estos eventos, se destaca la Fiesta Nacional e Internacional del Poncho. Se trata de una celebración realizada en San Fernando del Valle de Catamarca. Sus orígenes se remontan a fines de los 50. Hoy es una de las fiestas populares más famosas de Argentina. Invitadxs por la Dirección de Artesanías provincial desde 2013, la participación en esta fiesta ha sido central para el reconocimiento de Laguna Blanca, y de Anita. Su relato sobre las vicisitudes para trabajar la fibra concluye así:

“Hasta que en 2016 llegué a hacer un poncho a pura creatividad mía. Quería combinarlos, hacer el color de la vicuña que se diferencie, que tenga sentido en la prenda. Y ahí fue el ganador. Ahí ganó la prenda esa.

Le hice las costuras autóctonas de acá de Laguna Blanca. En vicuña, todo. 100%. Nosotros no trabajamos en algodón ni seda. Y hacemos todo artesanal: no compramos el hilo, no hacemos hilar, no metemos algodón ni seda, ni teñimos, nada. Es todo natural. Y siempre vamos a tratar de conservar la vicuña natural.

Después realicé otro en cuadritos que fue ganador. Ese fue el primero en el año 2013. Y en el 2016 fue el otro. Encima en el 2013 era la primera exposición de las prendas nuestras en el Poncho. Era la primera vez que Laguna Blanca fue a participar. Poquitas cosas de vicuña teníamos. Nos invitaron de provincia porque ya sabían que trabajábamos la vicuña. Hemos ido con poquitas prendas y allí llevé mi poncho. Y lo han expuesto mi poncho. Porque Belén era una competencia con nosotros. No querían que nosotros trabajemos la vicuña porque ellos trabajaban vicuña con algodón. Y no querían que, en el Departamento de Belén, nosotros tuviéramos prendas de vicuña. Siempre nos tiraban abajo, no nos ayudaban en nada. Por ahí nosotros decíamos que sabíamos hacer nuestras prendas. Y eran bellas nuestras prendas. Poquitas, pero muy bonitas. Y el stand habíamos armado y bueh… yo no fui, han ido otros chicos y han expuesto las prendas. Y me llamaron por el poncho. Yo no podía creer. Porque nunca había salido de acá, de lo que es departamento de Belén del Norte.”

Para Anita, su creatividad se conecta con marcar los elementos propios de Laguna Blanca: 100% vicuña, 100% natural, 100% artesanal y una técnica de costura “autóctona”. Todo eso diferencia sus tejidos de los elaborados en la ciudad de Belén, sus competidores más cercanos. Estxs artesanxs obtienen la fibra a través de compras subvencionadas por el Estado, y la combinan con algodón (para reducir su costo y facilitar el trabajo).

El premio es una forma de reconocimiento que le implicó salir, hacerse conocida y valorada entre vecinxs, artesanxs y potenciales clientxs. Aún hoy, se le humedecen los ojos al recordarlo (tal como muestra la foto). Como Anita, varias artesanas locales fueron galardonadas en la Feria del Poncho y en otras ferias: Zulema, Doña Acrecencia, Doña Julia Guerra, Doña Hilaria…

A partir de las ferias, se fueron armando las redes de comercialización. Además, la cooperativa ha construido un salón de venta, donde los socios exponen su producción y pagan un aporte para solventar los sueldos de tres jóvenes que se ocupan de la atención a turistas. Pero la pandemia ha golpeado ambos circuitos. Anita se jacta de recibir Whatsapps de personas desconocidas preguntando por sus prendas. Pero no todxs lxs artesanxs tienen la misma suerte. La cooperativa vende parte de la fibra cosechada como materia prima a una empresa de Buenos Aires que paga US$360 por kilogramo sin descerdar.

El mercado de la fibra de vicuña es pequeño, pero ha crecido sustancialmente en los últimos años. Según datos elaborados por Cowan Ros en el artículo ya citado, Perú es el mayor exportador (78% del mercado entre 2010 y 2016) e Italia, el principal importador (84%). La marca italiana Loro Piana importa más de la mitad de la fibra peruana, que es vendida en bruto. Esta compañía dedicada a la elaboración de prendas exclusivas con materias primas “superlativas” también han ingresado en la cosecha de la fibra en Perú y en Argentina (la variedad de vicuña que habita en esta zona posee fibra más clara que la peruana). En 2013, Loro Piana adquirió el 60% de la empresa Sanin S.A., la primera empresa privada que cosecha fibra de vicuña en Argentina. Funciona en el paraje de El Peñón, dentro de la misma Reserva de Biósfera de Laguna Blanca.

A la vez, la cuestión de la vicuña también ha movilizado a otros actores. Desde proyectos de CONICET que dieron lugar a manuales sobre el manejo del animal en silvestría orientados a las comunidades indígenas de Jujuy y Catamarca hasta articulaciones entre organismos públicos y empresas privadas para la producción industrial de hilo en Catamarca, conviven diferentes modelos de producción que disputan por un mercado emergente. Dentro de este contexto, la cooperativa de Laguna Blanca busca seguir creciendo.

Aunque los discursos del “desarrollo sustentable” encuentren límites, Laguna Blanca ha experimentado varios cambios a lo largo de los últimos años. La vicuña aparece como parte central de un proceso más amplio. Como en las demás comunidades que visitamos, las casas están construidas sobre cimientos de pirca con ladrillos de adobe combinado con revoques o juntas de material. Aquí, muchas casas están en obra, se han abierto varios negocios (kioscos, almacenes, hosterías y comedores para turistas). En una esquina un grupo de obreros municipales está fabricando ladrillos. El tránsito es reducido, pero aquí se distinguen vehículos más nuevos que en otros pueblos: motos, autos y camionetas 4×4. Las antenas satelitales se suceden al recorrer las amplias calles del pueblo. También se ven pequeños paneles solares en algunas casas. Al subir la calle principal a la tardecita, se escucha (y ve) el generador. En lo más alto del poblado, el museo integral fundado en 1997 llama la atención, repitiendo las formas octogonales que vimos en otros museos de la región. Allí se exponen hallazgos del trabajo arqueológico llevado adelante por investigadorxs de la Universidad de Catamarca en la zona, que aspira a integrar a lxs habitantes actuales como guías y gestorxs. A pocos metros, un jardín botánico fundado por un investigador alemán que visitó la región. Al final de la calle, el salón artesanal de la cooperativa.

Una cría de vicuña pasea por las calles de Laguna Blanca, juega al fútbol con lxs chicxs a la tardecita y lxs sigue cuando salen de la escuela para sacarles pochoclos. Según nos cuenta la esposa del coquena (maestro en las ceremonias religiosas como la corpachada), es la tercera vicuñita que crían a mamadera. Ésta nació entre ovejas y no consiguió seguir a su mamá cuando se alejó de la majada. Por eso, terminó en un corral y ellxs la adoptaron. Según vaticina su cuidadora, se irá al cumplir dos años, cuando tenga el primer celo.

Aunque diferentes de los animales domésticos, las vicuñas son animales próximos para lxs habitantes de Laguna Blanca. Pastan entre el ganado, se divisan en los alrededores de la laguna o en los costados de la ruta, y en ocasiones una de sus crías es albergada en el poblado.

Cuando le pregunto a Anita cómo cambió su vida con la vicuña, lo primero que menciona son los estudios de su hija mayor. Su marido trabaja en el municipio y tienen algunos animales en el cerro para mantener a sus cuatro hijos. Ahora la mayor está estudiando en la Universidad de Catamarca (sede Belén). Cuando le pregunto qué estudia, me sorprende su respuesta: minería. Después menciona otros cambios: ahora la gente puede moverse porque casi todos tienen al menos su motito, ahora hay negocios y se pueden conseguir fruta o leche, ahora pueden mandar a estudiar a sus hijos. Pero ¿minería? Esa elección me deja inquieta y, como conozco todo muy poco, no me atrevo a preguntar. Además, ella está apurada porque a las 16 tiene partido de fútbol, y ya son pasadas las y cuarto.

La minería es una actividad económica central en Catamarca. Desde la conformación del modelo agroexportador a fines del siglo XIX, esta provincia del noroeste ha tenido una posición relegada dentro de la economía argentina. Sin revertir ese lugar marginal, su participación relativa en el PBI se expandió significativamente desde mediados de los 90. La minería se destaca como eje del crecimiento provincial, asociado a una reconversión del sector (habilitada por reformas que propiciaron la inversión privada directa, a mediados de los 90).

Ubicada en el Departamento catamarqueño de Belén (como Villa Vil), La Alumbrera ha constituido la mina metalífera más grande del país. Explotada desde 1997 (y en proceso de cierre desde 2018), declaraba extraer oro, cobre y molibdeno (en 2014 daba cuenta del 91,5% del valor de la producción minera metalífera provincial y del 100% de las exportaciones nacionales de los dos últimos metales).  Como analiza Machado Aráoz, el proyecto ha sido cuestionado en términos ambientales por la magnitud del consumo de agua (100 millones de litros diarios), por el impacto del movimiento rocoso en las cabeceras de las cuencas (120 millones de toneladas métricas anuales), por el gasto energético (50% del gasto eléctrico provincial)  y por la contaminación de cuencas, aire y suelos (por los gases nitrosos liberados en las explosiones y los ácidos usados para diluir los materiales extraídos y transportarlos por gasoductos). También conllevó una profunda decepción para la población local: ni generó empleo ni dinamizó otros sectores económicos de modo significativo. Aun cuando la actividad recibe un trato impositivo preferencial, el principal aporte de Alumbrera a Catamarca se observa a través de las regalías pagadas al Estado (distribuidas entre provincia, departamentos y municipios). Esto redundó en una duplicación del empleo estatal en sus diez primeros años de funcionamiento.

El proyecto de La Alumbrera conllevó una profunda decepción para la población local: ni generó empleo ni dinamizó otros sectores económicos de modo significativo.

Recientemente, otro metal está atrayendo nuevos proyectos mineros en Catamarca: el litio. Usado en las baterías de automóviles para reemplazar los combustibles fósiles, es promocionado como tecnología “verde”. Ampliamente demandado por su uso en la tecnología digital, aparece como un mercado en amplia expansión. En este caso, la atención se concentra en los salares.

Aquí también se alzan voces preocupadas por el uso excesivo de agua, un recurso muy escaso en la zona, en la naciente de los ríos. También inquieta la introducción de químicos que podrían dañar napas y suelos. El primer emprendimiento se estableció en el Salar del Hombre Muerto, en las cercanías de Antofagasta de la Sierra. Laguna Blanca está a mitad de camino entre Villa Vil y Antofagasta, a 17 km de la ruta asfaltada que comunica ambas ciudades. Como a mediados de los 90 sucedió en la ruta que llevaba de Belén a Alumbrera, ahora también una empresa contratista está construyendo puentes para que los camiones de las mineras puedan cruzar el río Villa Vil en épocas de lluvia. Como contaba entonces Mastrángelo en su etnografía, ahora también estas obras que “traen progreso” desconocen a quienes habitan allí hace muchos años. La tejedora que visitamos en Barranca Larga vive justo debajo de uno de los puentes. Para construirlo, le tiraron abajo árboles, le redujeron el terreno y le rellenaron el frente de la casa con un terraplén de arena arcillosa de más de seis metros de altura. Ella pide que contengan esas montañas para que no se desplacen hacia su casa con el primer viento. Escribió al gobierno provincial, a la municipalidad, a la empresa constructora y a la minera que financia la obra. Sigue esperando respuesta.

Hoy día, la llegada de nuevos emprendimientos mineros transnacionales ya no despierta la esperanza que generó Alumbrera en sus inicios. Muchxs saben lo que trajo la minería a la provincia y lo que se llevó.

En tanto el territorio de Villa Vil es habitado por comunidades indias en proceso de auto-reconocimiento, lxs caciques están sentadxs en la mesa de negociación para permitir la instalación de las mineras. El gobierno provincial promueve las iniciativas y negocia acuerdos con algunxs. Les tienta con ofertas para sus comunidades o, como me decía un referente indio, “los piropea”. Hay otrxs que buscan horizontes que les permitan defender sus territorios.

La Unión Diaguita es un modo que encontraron de fortalecerse, juntándose. Para ellxs, la vicuña es el oro que camina a su lado. ¿Podrá ampliarse la experiencia de Laguna Blanca? ¿Qué pasaría si, además de minería, lxs hijxs de la puna pudieran estudiar también diseño textil y comercio internacional en Belén?

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