EL OCASO DE LA TORRE DEL ESTE

Por: Lucía Sabini Fraga

La incertidumbre alrededor de la “Trump Tower”, el proyecto inmobiliario más ambicioso y fraudulento de Punta del Este, abandonado a medio construir y con el hijo del ex presidente Donald Trump a la cabeza, resulta el símbolo del final de una época. La historia del lujoso edificio que no fue es además un mapa que permite rastrear los lazos del magnate con sus promotores argentinos: la familia del exministro de Economía macrista Nicolás Dujovne.

1.

La página web del edificio anuncia “Playas divinas, sofisticación y lujo, combinado con excelentes restaurantes, glamour y la presencia de celebridades, son la fórmula perfecta para las “ultra exclusive residences” que ofrece la TRUMP TOWER PUNTA DEL ESTE.” Ubicada en la famosísima Playa Brava, la apuesta suramericana de la familia Trump está rodeada de otros monumentales y lujosos edificios.

El periódico The New York Times informaba en junio del 2019, que “si todo sale a la perfección, la Trump Tower Punta del Este se terminará a finales de 2020, aproximadamente cuatro años después de lo programado. Sin embargo, la gente involucrada en el proyecto dijo no estar segura de que se termine ni de cuándo sucederá.”

Es enero del 2021 y la mole sigue ahí: tiene una grúa de pluma paralizada, las divisorias de la fachada visiblemente oxidadas, barandas sin colocar, espejos dañados por el viento o la erosión de la arena, y un tufo a mal negocio que se huele de lejos. El cartel con la cara del joven Eric Trump ya tiene un blanco pálido gastado y unas chapas en la entrada anuncian que el edificio no está habitado. La página oficial del edificio tiene su última nota fechada en febrero del 2019: ya pasaron casi dos años.

Es conocido el negocio inmobiliario al que han apostado el ex mandatario de EE.UU y su familia; reducto al que volverá probablemente de lleno ahora que deja la presidencia del país del norte. Aunque en el medio tenga que resolver más de un problema.

***

Pero años atrás, todo era fiesta y color: su joven administrador se paseaba por la ciudad preferida de los ricos y famosos, era fotografiado por paparazzis y su presencia era material noticioso. El tercer hijo del magnate y ahora expresidente, es empresario como su padre: tiene un viñedo y una bodega en el estado de Virginia, en EE.UU. El edificio en su momento fue toda una promesa: incluía cancha de tenis cubierta, cavas privadas, cine, Trump Market (algo así como un minimercado), helipuerto, piscina olímpica, cancha de golf, y un sinfín de amenities.

Mientras que el anuncio de la construcción lo hizo el propio Donald en noviembre de 2012, la primera inauguración simbólica del proyecto se realizó en el verano de 2013 en un viaje que realizó Eric (con 29 años en ese entonces) junto a su hermana, Ivanka Trump. La maqueta del edificio mostraba la futura edificación de 24 pisos y 157 unidades con vista directa al Océano Atlántico, varias de ellas de estilo penthouse valuadas en dos millones de dólares cada una.

El verano de 2014, el emprendedor Eric también visitó las tierras uruguayas con un nuevo reporte de la situación: realizó un showroom durante los primeros días de enero, elogió la economía uruguaya y la comparó con la estabilidad chilena (“junto con Chile es el país más estable del continente; acá le escapas a los problemas de otros países…” versaba segurísimo en un video producido por el medio uruguayo “El Observador”), y se mostró optimista con su inversión. En aquel momento, realizó una peligrosa estimación: en dos meses más comenzarían las obras y calculó un plazo de dos años para su finalización. Para ese entonces aparentemente ya estaban vendidas 30 unidades y habían recaudado 55 millones de los 100 que costaría la totalidad del emprendimiento inmobiliario.

Ya habitué de la ciudad del este, Trump hijo volvió todos los eneros que le siguieron -sin excepción- hasta 2019. No parecía perder nunca el optimismo, y se entusiasmó con el cambio de gobierno vecino: “Argentina es percibido como un país más amigable para los negocios” afirmó para TN en 2017. El “buen clima para los negocios” de la región rioplatense lo tenía embelesado.

Por cierto, dos elementos habían modificado el escenario desde el inicio del proyecto hasta ahí: en enero de 2017, su padre se convirtió en presidente de EE.UU, el país quizás más importante del globo. Y un año antes, en diciembre de 2015, había asumido Mauricio Macri en Argentina, probablemente el país clave para la ciudad costera: los ricos y famosos argentinos tienen como destino cuasi natural Punta del Este desde hace décadas. Varios incluso han tramitado sus residencias y viajan con sus aviones privados a cualquier hora, a pasear o a hacer negocios. “Punta” es un sitio privilegiado no solo por su belleza, sino por la exclusividad de su “gente”, la “calidad” de sus contactos y lo redituable de sus inversiones. Una auténtica vidriera.

Ese último verano (2019), el hijo de Trump visitó al país oriental pocos días acompañado de varios guardaespaldas y personal del Servicio Secreto de los Estados Unidos; mientras que el gobierno uruguayo hizo lo propio aportando con asistencia en seguridad de la Jefatura de Policía del departamento de Maldonado. Eric realizó un recorrido en helicóptero para ver de cerca su edificio y participó de la cumbre Expo Real Estate, el principal encuentro de negocios e inversiones de Latinoamérica que se realiza todos los años desde 2018 en el hotel Enjoy. Para quienes no les suena, el Hotel Enjoy es el ex Hotel Conrad; símbolo de los tardíos 90, del champagne y el sushi, el modelaje y la fama.

Pero la burbuja comenzaba a pincharse.

Ya habitué de la ciudad del este, Trump hijo volvió todos los eneros que le siguieron -sin excepción- hasta 2019. No parecía perder nunca el optimismo, y se entusiasmó con el cambio de gobierno vecino: “Argentina es percibido como un país más amigable para los negocios” afirmó para TN en 2017.

2.

En todas las fotos de las visitas del empresario norteamericano aparece un personaje local: Moisés Yellati. Es que entre las firmas que llevaron adelante el supuesto “mejor edificio de América Latina”, la familia Trump hizo alianzas con los grupos desarrolladores argentino YY Group y el bufete de arquitectos Dujovne y Hirsch.

El primer grupo, especializado en hotelería y residencia de lujo, fue fundado por Felipe Yaryura Tobías y Moisés Yellati: el primero de ellos -quién falleció hace pocos años- mantenía hace años una relación de negocios devenida en amistad con el ex presidente norteamericano. Incluso participó del brindis en el bunker del hotel Hilton de Nueva York cuándo se conocieron los resultados electorales que dieron la victoria al republicano. Al fin y al cabo, no todos los días un amigo llega a la presidencia de un país (¡y qué país!).

El otro socio fundador, Moisés Yellati, es arquitecto y cuñado del ex ministro de economía Nicolás Dujovne durante la gestión macrista. La esposa de Dujovne, Carolina Yellati, dirige la consultora privada Wonder -uno de los rubros más expandidos durante los últimos años. El otro grupo promotor de la Trump Tower es el bufete de arquitectos Dujovne y Hirsch, que incluye a papá Dujovne y a la reconocida arquitecta Silvia Hirsch: la madre de Nicolás Dujovne. Como quien dice, todo en familia.

Como buenos amigos, en su momento trascendió que el ministro de Hacienda que más tiempo estuvo bajo la gobernación de Mauricio Macri (dos años y medio de cuatro) veía con buenos ojos el triunfo de Trump a la presidencia de EE.UU. Cuando en Argentina las papas quemaban y el gobierno local tramitaba el “salvataje” con el Fondo Monetario Internacional, el gobierno estadounidense devolvió el gesto y apoyó las medidas de endeudamiento. El resto, es historia conocida.

***

Según el informe de The New York Times de hace casi dos años, la “agencia inmobiliaria con sede en Miami que está a cargo de la venta de los condominios demandó al desarrollador local de Trump”. La explicación es más preocupante aún: varias de las personas que estaban en proceso de compra venían enfrentando problemas jurídicos en sus países, como por ejemplo, la evasión fiscal. “Según registros inmobiliarios revisados por The New York Times, entre los compradores se encontraban al menos veintiuna empresas anónimas registradas en jurisdicciones offshore, o con ventajas fiscales, como Panamá y Belice” citan sus autores.

Pero el núcleo duro de propietarios e interesados no se rindió, y varias veces se rumoreó la vuelta al ruedo del lujoso edificio. En julio del 2020, la página Apertura (perteneciente al diario económico El Cronista) actualizó el estado de situación y prometió que ahora sí, una vez más, retomarían las obras. Para ese entonces, además de las demandas, la constructora del proyecto había entrado en default por el incumplimiento de títulos emitidos en Nueva York, y le echaron la culpa a la crisis económica argentina. “Hay inversores enojados, proveedores esperando cobrar, comisiones de inmobiliarias adeudadas, tenedores de los bonos con dudas sobre la renegociación y ocho personas intentando sacar adelante el proyecto, cuatro argentinos y cuatro uruguayos propietarios, que formaron un comité de conducción” explicaba el informe.

Más cerquita en el tiempo, en el semanario uruguayo Brecha del 15 de enero, la periodista Mónica Robaina explicó las nuevas modificaciones a megaproyectos edilicios del Grupo Cipriani. Según los trascendidos, nuevos expedientes rondarán este verano por las oficinas de la Junta Departamental de Maldonado; entre ellos, un trámite de exoneración para la Torre Trump, “cuyas obras se retomarían en febrero al cabo de gestiones de un grupo de propietarios”. Hasta ahora, son solo eso: trascendidos. Pero quién dice; quizás el renovado gobierno de Lacalle Pou -tan interesado en las inversiones argentinas y seguramente mucho más en las del llamado primer mundo- pueda arrimar su parte del bochín a la causa.

Durante el último año y medio, poco y nada se logró. Aún queda un 35% por terminar de los departamentos y un 70% de los ansiados y rimbombantes espacios comunes. Sólo para el primer porcentaje, se estima que hace falta una inversión de 30 millones de dólares. En un paralelismo algo simplista con su gestión de gobierno, el edificio de la familia Trump sufrió embestidas por demasiados wings: el freno de actividades por el COVID-19 y el posterior reordenamiento de prioridades en todos los niveles, los múltiples problemas legales y una dosis de soberbia que hicieron de la aventura un camino sin retorno.

3.

La temporada de enero de 2021 en Punta del Este tuvo un tinte diferente. Con la pandemia en avance y el cierre de fronteras, la cantidad de extranjeros se limitó hasta casi extinguirse. Aunque no faltaron los que -con mecanismos que el poder, la plata y un gobierno local que flexibilizó sus normas fiscales hasta más no poder- sortearon los obstáculos y pudieron cruzar el charco.

Según el informe de The New York Times de hace casi dos años, la “agencia inmobiliaria con sede en Miami que está a cargo de la venta de los condominios demandó al desarrollador local de Trump”. La explicación es más preocupante aún: varias de las personas que estaban en proceso de compra venían enfrentando problemas jurídicos en sus países, como por ejemplo, la evasión fiscal.

La ciudad epicentro del lujo y el confort del continente sudamericano tuvo, como pocas veces, una absoluta mayoría de uruguayos. Se observa fácilmente en las chapas de sus autos: Maldonado, Montevideo, Canelones. Hay quienes incluso van sólo a pasar el día y disfrutar de su belleza natural, almorzando en alguno de los bolichitos pensados para quienes quieren ir aún sin pertenecer, con menús ejecutivos no muy distantes de los ofrecidos en algún otro balneario. Después de todo, para sostener una mini ciudad donde residen menos de 13.000 personas de manera permanente, pero que en verano llega a albergar cerca de medio millón (450.000), hay una compleja infraestructura que sostener: mucamas, choferes, profesores de gimnasia, jardineros, porteros, y un sinfín de tareas al servicio de quienes más tienen.

Dentro de las miles de viviendas vacías, existen edificios de diseño único, arquitectos de renombre que decidieron poner su sello en la ciudad cónclave de la extrema riqueza. Celosamente mantenidas durante el año con un batallón de laburantes, aguardan los 15 o 30 días por año en que sus dueños las utilizan, o en su defecto, alquilan. Dentro de esa ciudad fantasmal, pocos edificios desentonan más que los que están deteriorados o visiblemente abandonados. Si un día apocalíptico todos esos dueños dejaran de tener dinero para mantener sus viviendas ociosas, Punta del Este se convertiría en una ciudad espectral de sombras y cemento en estado vertical.

***

Luego de visitar la torre Trump a medio hacer, ubicada en la Parada 9, se puede tomar la calle Roosevelt; en honor al ex presidente demócrata norteamericano, padre del New Deal contra la famosa depresión del 29. Aunque parezca un barrio de Beverly Hills o Miami -aunque no conozca ninguna de esas ciudades- la versión sudaca aporta un glosario local y variopinto de nombres a sus calles: se puede ir por la calle “Biarritz” (mismo nombre que la divina ciudad de la costa vasca francesa) y cruzar las calles “Tabaré” y “Juana de América”.

O seguir un poco más adelante y encontrar “Leyenda patria” que se cruza con “Carlos Vaz Ferreira” o más cerca de la plaza México, retomar la simpática calle “M’hijo el dotor”, en homenaje a la reconocida obra teatral del dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez. La obra de principios del siglo XX fue reconocida internacionalmente y relata el “choque de culturas” entre una pareja del campo cuyo hijo se muda a estudiar medicina a la universidad (y por lo tanto a la ciudad) y el enfrentamiento -al volver- contra las viejas costumbres de su familia. Pero dudo que Donald o su hijo Eric Trump conozcan esta historia.

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