AQUÍ COSQUIN, CAPITAL DEL FOLKLORE

Por: Gerardo Fernández

Un recorrido por la historia del Festival de Cosquín, la plaza mayor del folklore nacional y escenario consagratorio de artistas como Jorge Cafrune y Mercedes Sosa que hoy sobrevive a su propia transformación, impulsada por la presión comercial, la despolitización y las imposiciones del mercado.

En casa no había tele durante mi niñez, sólo los doctores Fiol y Palo que vivían en la misma manzana tenían ese adelanto tecnológico en una época donde se veían los canales de Bahía Blanca y en donde en una semana, ponele, se veía bien dos días, otros dos más o menos, y el resto nada. Recién cuando ingresé a segundo año llegó la tele a casa y empecé a merendar viendo al Pájaro Loco.

También se escuchaba radio todo el día, y en aquellos años sesenta eso implicaba oír a Héctor Larrea y Antonio Carrizo, a Blackie, a Miguel Ángel Merellano y los peruanos Hugo Guerrero Marthineitz y Pedro Aníbal Mansilla, la voz inolvidable de Modart en la noche, y tantos más. Fue la época más brillante de nuestra radiofonía. En casa la cena transcurría  indefectiblemente escuchando “Argentinísima”, el legendario programa creado y conducido por Julio Márbiz, que iba de lunes a viernes a las 21 por LR1 Radio El Mundo y dos días contaba con músicos en vivo desde el estudio mayor de la emisora, cuando ésta ocupaba el edificio en el que hoy funciona Radio Nacional. Pero el plato fuerte llegaba en enero, cuando se realizaba el festival de Cosquín y se lo transmitía en directo por la radio hasta altas horas de la madrugada. Y ahí también tallaba fuerte Márbiz presentando a popes como Horacio Guarany, Los Chalchaleros, Jorge Cafrune, Atahualpa Yupanqui, Eduardo Falú, Los Fronterizos, Los Andariegos y tantos otros que animaron esa edad de oro de nuestra música popular. 

Cosquín era la plaza mayor de nuestro folklore, el escenario donde los artistas iban a estrenar sus “recientes producciones” y el aplauso estaba directamente ligado al resultado artístico. El aplauso como reconocimiento a la obra presentada. El aplauso como un jurado implacable. La música se tomaba con respeto. No era una cuestión de arrancar el aplauso fácil sino que resultara como respuesta a una propuesta artística coherente, respetuosa, de mucho amor por nuestra cultura nacional y popular.

Cosquín era la plaza mayor de nuestro folklore, el escenario donde los artistas iban a estrenar sus “recientes producciones” y donde el aplauso estaba directamente ligado al resultado artístico. El aplauso como reconocimiento a la obra presentada. El aplauso como un jurado implacable.

En Cosquín pasaban cosas. En la edición de 1965, por ejemplo, Jorge Cafrune, sin avisarle a los organizadores, invitó a cantar a Mercedes Sosa que, si bien no era una desconocida ya que había editado sus dos primeros álbumes (La voz de la zafra y Canciones con fundamento), era resistida por las autoridades del festival por sus posiciones políticas. Estamos hablando del Cosquín 1965, el año en que se llegó a hacer un minuto de recogimiento por el fallecimiento de Winston Churchill… Ese es el contexto en el que Cafrune presenta a Mercedes. Y La Negra tuvo ahí su consagración definitiva. Aunque es justo reconocer que por aquellos años generó un silenciado murmullo de una parte más reaccionaria de la clase media que la describía despectivamente como “esa india”. Paradojas argentinas: fue en un sector más progresista y politizado de esas mismas capas medias donde Mercedes tejió su público fiel.

Los años fueron pasando y llegó la dictadura militar de 1976, que se hizo notar en el festival como cuando en 1975, con una provincia de Córdoba intervenida, irrumpió el general Lacabanne con la misión de controlar todo lo que se cantara y dijera desde el escenario durante las 9 lunas. Tiempo después se llegó al punto de silenciar los micrófonos si algún artista cantaba algo que estuviese expresamente prohibido. Y aquí de nuevo emerge la figura de Jorge Cafrune, que en 1978 y a pedido del público interpretó la insólitamente prohibida Zamba de mi esperanza. A los pocos días moriría en un confuso episodio en Benavídez cuando iniciaba su marcha a caballo hasta Yapeyú al cumplirse 100 años del natalicio de San Martín.

A partir de la dictadura instaurada en 1976 muchos artistas tuvieron que exiliarse. El contenido de las obras que se escuchaban cambió de manera rotunda hacia un nacionalismo liberal conservador del tipo “Mire qué lindo es mi país paisano”. Ahí arranca de a poco el cliché festivalero donde el aplauso deja de ser el reconocimiento a una propuesta artística para transformarse en una suerte de histeria colectiva. Pero a no confundirse: todos esos cambios fueron generados desde el escenario, de arriba hacia abajo. Nada es casual y con el paso de los años, a medida que el producto artístico iba cediendo en términos de calidad, se impuso esa búsqueda del aplauso a como dé lugar. Fue en ese contexto que algún músico llegó a decir que si en Cosquín colocás un par de notas bien los de la primera fila se miran entre sí preguntándose qué pasó… Un poco cruel, un poco cierto.  

Todo confluía en una pérdida paulatina de calidad hasta que, ya promediando los años noventa, esa transformación que se vino incubando desde mediados de los setenta derivó en una búsqueda desenfrenada del aplauso de la monada, del revoleo del poncho y en formaciones instrumentales absolutamente electrificadas para no tocar nada nuevo -como si ser más moderno fuera un dilema meramente tecnológico-. Vino el auge patético de la “zamba-balada”, que parece más una evocación de “los lentos” del boliche que una propuesta original.

Fue el peor final.

Se trastocó el sentido del festival, los sellos discográficos ganaron terreno imponiendo a sus figuras más taquilleras y se llegó a fletar micros repletos de fans de los artistas “jóvenes” más convocantes para que potenciaran su ovación durante sus actuaciones. Esa presión comercial fue corriendo a los artistas más comprometidos a horarios marginales y generando que la transmisión en directo de Canal 7 fuera manejada con criterios siempre arbitrarios. Liliana Herrero, por ejemplo, cuando habló de la realidad del país en 2016 no se pudo ver por la tanda publicitaria. Muchos hemos renegado cuando artistas importantes eran vistos a lo sumo durante un solo tema y después irrumpía la tanda. Cosa que no sucedía durante los números más taquilleros.

Y sí, la TV imponía que en entre las 22 y las 24 pasaran los peso pesados, se sumaba rating y venta de publicidad. Hubo ocasiones donde artistas no promovidos por disqueras pegaban muy bien en el público y llegaba a dar vergüenza ajena cómo los presentadores se veían apretados para despedirlos de prepo mientras la multitud pedía desaforadamente otra interpretación más. 

Los de abajo

Pero… lo mejor sucedía debajo del escenario mayor. En las peñas, como la de los Coplanacu, la de Ica Noco o “El patio de la Pirincha” donde noche a noche se podía disfrutar de un Raúl Carnota. No es aventurado afirmar que finalmente hace años se trata de “dos festivales de Cosquín”, el oficial y el de abajo, el de las peñas, el de las calles y el de la guitarreada hasta altas horas de la madrugada donde quizás sin planearlo se practicó una resistencia artística ante el embate del poncho insustancialmente revoleado.

Algo verdaderamente positivo que hasta hoy se mantiene es la etapa previa al festival conocida como el pre Cosquín, una actividad que se desarrolla en todo el país, dividido por zonas y de donde surgen músicos y voces nuevas que luego acceden al escenario Atahualpa Yupanqui. La puja y el debate sigue latente, porque si bien es impensable un desarrollo de nuestra música sin el rol necesario de las productoras y la industria, mucho más impensable es creer que un festival puede sobrevivir en el tiempo despojado de las verdaderas razones culturales y artísticas que han sido su razón de ser durante más de sesenta años. Habrá Cosquín para rato, incluso, a pesar de Cosquín.

No es aventurado afirmar que finalmente hace años se trata de “dos festivales de Cosquín”, el oficial y el de abajo, el de las peñas, el de las calles y el de la guitarreada hasta altas horas de la madrugada donde quizás sin planearlo se practicó una resistencia artística ante el embate del poncho insustancialmente revoleado.

MÁS
NOTAS

TU OPINIÓN CUENTA

Nos gustaría que nos cuentes sobre tu experiencia en el sitio y sobre todo, acerca de nuestros contenidos.




    Suscripción