CLUB EL DARI EN LA VILLA 21/24

Por: Nodo de Investigación UTEP*

Un almuerzo en el club El Dari, uno de los espacios que tiene el Frente Popular Darío Santillán como una de las organizaciones que impulsan la UTEP junto a Dina Sanchez como Secretaria General Adjunta, ubicada en Barracas, Ciudad de Buenos Aires. Dar de comer, atender a los adultos mayores, contener a los pibes, cuidar los hijxs de las compañeras que trabajan fuera de sus casas. El segundo informe sobre el trabajo de cuidado en espacios de la economía popular de Nación Trabajadora aborda la tarea monumental de una organización que lucha contra la indiferencia y desatención del gobierno porteño.

Fotos: Gala Abramovich

Nos reciben tres compañeras. En la cabecera de la mesa está Flavia Romero que se integró a la organización a comienzos de 2006: separándose, sin trabajo y con una enorme dificultad económica. “Empecé a ir y a conocer la Organización. Iba con mis hijos todos los días caminando, ayudaba y garantizaba que ellos coman porque yo estaba en una situación muy apretada y al no tener guita un plato de comida y una merienda servían”, inicia la charla. Federico Orchani, militante del Frente y trabajador del CELS, participa del almuerzo y destaca la transformación que vio en esta compañera que no dejó de expandir saberes y desplegar destreza organizativa. Entonces la organización pudo en un santiamén pasar de producir y distribuir unas 300 porciones de comida a 1970 viandas diarias. Con delivery incluido hasta los hogares en el caso de los adultos mayores con riesgo de salud. Tuvieron que improvisar varios puntos nuevos de distribución. Estirar y estirar los alimentos que reciben del gobierno de la Ciudad. Organizarse para demandar más alimentos a través de los canales formales y también de movilizaciones. Devolvieron pollos de 650 gramos y milanesas negras.

Estamos sentados en unas sillas desvencijadas, un comedor acogedor hecho con muebles que otros desecharon y ahí, en un clima amistoso pese a la distancia, los barbijos y el frío del espacio abierto, nos cuentan muchas anécdotas, se ríen y dicen que casi siempre logran su misión: alimentar y escuchar “qué rico”. Sin embargo, en algunos tramos de la conversación describen jornadas tan largas y tantos obstáculos que también se siente su extenuación. Como si la supervivencia de miles en un barrio estuviera sobre sus espaldas.

La organización pudo en un santiamén pasar de producir y distribuir unas 300 porciones de comida a 1970 viandas diarias. Con delivery incluido hasta los hogares, en el caso de los adultos mayores con riesgo de salud.

Flavia además de ser referenta del FPDS en la villa 21/24, una de las más antiguas y grandes de la Ciudad de Buenos Aires, es vicecoordinadora de la Junta Vecinal.   La Junta ganó fuerza durante la pandemia porque nadie más tenía capacidad de respuesta. Entonces se conformó un comité de crisis – una articulación entre Junta Vecinal, parroquia de Caacupé y organizaciones sociales- que logró respuestas en medio de una pandemia que es aún más dramática en los barrios que sufren problemas de hacinamiento y precarización extrema del trabajo y de la vida.

La 21/24 es una villa con poca suerte porque no fue ungida por el gobierno local para un proyecto de urbanización. Hace 10 años un grupo de vecinos presentó un recurso de amparo frente al riesgo eléctrico que afecta al barrio pero el Gobierno de la Ciudad prefirió pagar una multa antes que acatar el fallo del Poder Judicial que intimó a diseñar un “proyecto eléctrico adecuado” para evitar más muertes de vecinos por electrocución. Pocos fondos y arreglos superficiales. El gobierno local eligió otros barrios para mostrar su rostro humano.

Según Flavia los avances en las viviendas provienen del esfuerzo que realiza cada familia a través de los años: “yo vivo desde los 5 años, se fue transformando de a poquito con el esfuerzo de los vecinos. Si hoy alguien tiene su casita de material es por el esfuerzo y el sacrificio que hizo, no es por ningún gobierno. Antes había casillas de madera, de chapa y de cartón”.

La construcción que permitió que Flavia integre la Junta Vecinal no fue sencilla sino el resultado de una articulación entre las organizaciones sociales con presencia y acción en el territorio. Sin embargo, durante la charla la bronca con el Gobierno de la Ciudad es inocultable porque retacea legitimidad a la Junta: “Acá en el barrio no fue fácil, después de tantos años que se pueda elegir Junta Vecinal. Aunque existan los punteros políticos se logró ir a elecciones y era nuestra oportunidad porque nosotros tenemos un gran laburo dentro del barrio. Si hay cosas que mejoraron es porque las organizaciones pusimos el cuerpo ya sea comprar un caño, cemento, lo que sea, todo sale a pulmón. También salir a colaborar con los vecinos. Nos cuesta mucho que el Gobierno de la Ciudad nos acepte. No nos quieren reconocer hasta el día de hoy y es una lucha constante que damos día a día”.

-¿Cómo salió aquí la última elección, la presidencial? ¿Ganó Juntos por el Cambio?

Alicia Delgado: – Acá en la villa no y comuneros tampoco. Le hicimos la pelea grande, estuvimos militando y la mayoría de la gente de las organizaciones son compañeros nuestros, los mismos que trabajan en los pasillos, los mismos que trabajan en la recolección, son todos compañeros nuestros. Entonces cuando hacemos campaña, salimos a volantear, ya de vecino a vecino te conoces y eso fue lo bueno, hizo la diferencia. Más allá de que ellos tengan sus punteros, acá adentro no pudieron.

Flavia Romero: -Siempre renegamos porque nosotros queremos que nuestros hijos tengan un futuro mejor. Más allá de que vivamos en una villa, si logramos y queremos, esto mejora un montonazo. Pero siempre hay trabas y siempre estamos en la misma situación. Acá lo principal es la necesidad del agua, la cloaca y la luz. Hace un año y medio atrás, llegamos a estar sin luz en varios sectores como dos o tres semanas, tuvimos que hacer un re quilombo, llegamos a estar sentados con Edesur para poder lograr algo, mejoró un poco pero después volvió, otra vez una semana sin luz. Si el gobierno quiere, nosotros vamos a poder estar mejor, lo que pasa es que al gobierno no le importan los villeros, esa es la realidad, por eso la lucha que nosotros damos en la calle y si no la damos en la calle no podríamos tener lo que tenemos, los locales para poder ayudar a los vecinos, a las compañeras que están con nosotros, que participan. No somos piqueteros vagos, “quedate en tu casa y te damos un plan”. Nosotros lo transformamos en laburo como la cuadrilla de recolección de basura. Pudimos lograr eso, pudimos arrancarle puestos de trabajo al gobierno. Acá la empresa de recolección no entra, tenemos cuadrillas de barrido, las chicas salen a barrer en varios sectores que nosotros tenemos ya referenciados hace mucho tiempo.

Multiplicar las viandas

-¿Cómo organizaron la alimentación durante la pandemia?

Flavia: -Los primeros meses fueron terribles porque estamos viviendo algo nuevo y ni sabíamos para dónde correr, si cerrar los locales, porque todo el mundo tenía miedo y llegó un momento que los vecinos venían y te pedían el plato de comida y por medio de la lucha pudimos sacarle más raciones al gobierno y pudimos darle un plato de comida al vecino que hacía changas y no tenía ni un mango y venía a pedirte porque son 5 hijos y no le podías decir que no, imagínate lo que estaba viviendo todo el país. Acá no sé cuántos vecinos siguen viniendo de día y también logramos cocinar a la noche porque no dábamos abasto.

Federico Orchani: -El año pasado había colas que llegaban hasta allá a la vuelta.

Flavia: -Por ejemplo, acá al frente tenemos un comedor comunitario, ahí van si hay lugar, en cambio acá nosotros recibimos y aceptamos a los compañeros nuestros, no es abierto al barrio, pero ahora por el tema de la pandemia un millón de vecinos se quedaron sin nada y tuvimos que abrir tres espacios. Estamos acá a la noche y abrimos cinco manzanas más a la noche. Está el otro local que se tuvo que abrir a la noche porque al mediodía no daba abasto. Abrimos en la casa de una compañera que le prestó un espacio el vecino. En la manzana 8 seguimos y en la manzana 1 también, porque la pandemia no terminó, los vecinos necesitan el plato de comida. También pudimos lograr sacarle bolsones para los vecinos, para los abuelos que no queríamos que salgan a la calle. Hicimos relevamiento con muchas organizaciones sociales para poder sacarle los bolsones al Gobierno. Los bolsones se van distribuyendo en distintos sectores. Hoy solo les estamos dando a los abuelos, ya no se dan para las familias. El Gobierno se los quiere sacar, pero estamos luchando para que no lo hagan. Los abuelos lo necesitan, la pandemia sigue, los que se nos mueren son ellos, uno más joven se la banca. Trabajamos muy fuerte yendo a la casa de los vecinos cuando había casos positivos, cuesta mucho que el vecino se vaya a hacer el testeo, nosotros nos acercamos como Organización para convencer al vecino de que vaya al médico, porque hasta el día de hoy siguen los contagios.

Neiza Huanca (Carla): -Ves ahora ya están apareciendo las chicas para cocinar para la noche

Flavia: -Sí, y así todos los días de lunes a viernes estamos bancando acá y en todos los locales. El único local donde no se cocina a la noche es el de Cayasta. Pero este y el de Osvaldo Cruz y Labardén se cocina los 2 turnos y se hace merienda a la tarde. El turno de la noche se abrió con la pandemia, no solo en los locales sino en otras manzanas. Se abrió en 2 locales y en 3 manzanas.

-¿Qué fue lo más difícil para ustedes como organización durante la pandemia?

Flavia: -A mí lo que más me afectó, además de las muertes, es que el vecino te venga a pedir un plato de comida, un vecino conocido que jamás lo hubiese visto en un comedor te partía el alma en mil pedazos porque el chabón se quedó sin laburo, 3, 4 o 5 pibes sin tener un plato de comida, era algo sorprendente.

-¿Qué tipo de trabajos se perdían ahí?

Flavia: -Changas. Por ahí a algunos les pagaban el sueldo, pero los que hacían changas ¡imaginate! No tenés contrato, no tenés un sueldo fijo, no tenés nada, no te pagan por no trabajar y esos son los primeros que se acercaron a pedir un plato de comida. Incluso te pedían para poder venir al mediodía, es re difícil decirles que no, porque al mediodía también estaba repleto de vecinos y ya no podíamos recibir a nadie más. Ayer vinieron dos vecinas para sumarse y no podemos, tendríamos que achicar más la porción y tuvimos que decir que no. Eso me llamó mucho la atención y obviamente el fallecimiento de las personas mayores. Es re difícil eso, perder un familiar, una persona. Todo el mundo tenía miedo es la realidad, hay compañeros que dejaron de trabajar, sin embargo, los bancamos, le pusimos el cuerpo. Salimos a la calle a buscar los casos positivos para que se vengan a hisopar. Una también tiene hijos y vivís un poco el miedo, no sabes si te vas a contagiar y cómo te va a agarrar.

Alicia: –Fueron las organizaciones sociales las que se pusieron al hombro las necesidades de la gente en el barrio.

Un vecino conocido que jamás lo hubiese visto en un comedor te partía el alma en mil pedazos porque el chabón se quedó sin laburo, 3, 4 o 5 pibes sin un plato de comida, era algo sorprendente.

-¿Cómo definen un menú? ¿Cómo hacen para que alcance la comida en este crecimiento enorme de las necesidades?

Flavia: -El menú te lo manda el Gobierno pero no podemos cocinar eso, nosotros lo transformamos. Te mandan pollo para hacer al horno, pero no podemos cocinar eso para 170 raciones a la noche, no le podés dar una patita o la pechuga entera, entonces terminas haciendo un guiso para poder abastecer a todos. A veces con las milanesas hacemos guiso y si no juntamos lo de dos o tres semanas para servir milanesas, porque no podemos hacer guiso todos los días. Tratamos de buscarle la vuelta, de invertir y hacer otras comidas porque lo que manda el Gobierno no lo podemos hacer. Por ahí te manda ravioles que va con verdura y a nosotros mucho no nos gusta así, entonces cuando viene carne entera guardamos para ponerle unos trocitos a los ravioles.

-¿Cada cuánto llegan las raciones? ¿Todos los días?

Flavia: -Todas las semanas. Todos los días bajan un menú para el otro día y ahí ya vamos viendo qué hacemos, cómo lo transformamos. Así nos manejamos no nos queda otra. Renegamos con el Gobierno cuando nos baja las raciones, hasta hace poco nos bajaba pollos de 650 gramos. Cuando yo vine acá las compañeras ya me venían diciendo que los pollitos eran chicos y justo pasé por acá y los pesamos, 650 gramos, eso es casi una porción y ahí llamamos al compañero que hace los reclamos, le mandamos foto con la balanza, hicimos una movida y vinieron a la tarde y se llevaron todos los pollos y nos trajeron unos pollos enormes. El pollo tiene que pesar 2 kilos para poder hacer el menú que ellos te mandan que nosotros después lo transformamos. Si no hacíamos el reclamo seguíamos con las palomitas. A veces las milanesas te vienen negras y yo cuando las veo así ya empiezo a hacer quilombo, ellos te chamuyan que es por el freezer, eso es porque ya perdió como 500 veces la cadena de frío, si no la carne está roja. La peleamos con todo, las compañeras se ponen a contar el pan y si falta reclamamos. Las compañeras cuentan todo, no se escapa nada cuando hay que pelearla, la peleamos.

El club

-¿Cómo surgió este espacio?

Flavia: -Se llama Club Popular El Dari. Se pensó en estar adentro del barrio, se pensó que sea un club de los pibes, para que los chicos no estén todo el tiempo en la calle, sino que tengan un espacio donde poder pensar de otra forma. Porque existe la droga y nosotros lo sabemos, hay que contener a los pibes de alguna forma y tener el espacio para que los pibitos no estén todo el día en la calle, que estén acá, y poder hacer con un grupo de compañeras distintas actividades, ir a la plaza, deportes, eso influye mucho para que los pibes no agarren nada en la calle. Con ese propósito está el Club El Dari.

Alicia: -Nuestro trabajo es que los chicos, aparte de la escuela, estén en un lugar donde tengan contención, donde puedan expresarse, ayudarlos. Ahora con esto de la pandemia, quedaron todos muy atrasados con la escuela y estamos empezando con eso. No ser solo una institución donde se tienen que sentar y hacer la tarea, no es eso, pensamos también en hacer actividades recreativas para que se diviertan. Los llevamos a la plaza, hacemos juegos recreativos, de integración, para que vayan aprendiendo a través de los juegos. Porque en la escuela no pueden tocarse, no pueden hacer nada. Acá tratamos de cumplir el protocolo, pero es muy difícil con los chicos. Son muchos chicos, si fuera por nosotros anotaríamos a todos, pero en este contexto estamos haciendo por grupos, no viene todos los días el mismo grupo para poder dar espacio a otros chicos.

-¿Qué edades tienen?

Neiza: -Desde los 5 años hasta los 10, 11 años, son los que más vienen, de lunes a viernes a la tarde También funciona un espacio de recreación mañana y tarde pero solo con bebés, son hijos de compañeros que hacen la recolección, el barrido, la limpieza de cloacas y el mantenimiento de la infraestructura. Y también está el Mecopo. Hay muchos espacios en al barrio, muchas cosas.

Federico: -El ME.CO.PO es la comercializadora, Mercado de Consumo Popular.

Flavia: -Lo que yo te contaba del otro local es que en un momento llegamos a sentarnos y charlar de armar guarderías para que cuiden a los hijos de las compañeras cuando salen a trabajar, porque las compañeras tenían que pagar a otras personas y, con lo que ganan, llega fin de mes y no les queda nada y entonces desde ese lugar pudimos transformarlo en eso, no solo que tengan al pibe y le den de comer sino hacer actividades, transformarlo en recreación, dibujar, salir a la plaza, cantar, bailar, todo lo que pueda generar algo en los chicos.

Alicia: -Hacemos cursos también tenemos talleres.Durante la pandemia hicimos talleres de formación para niñez, estuvimos seis meses en forma virtual, ahora en abril arranca otro curso de la Universidad Metropolitana,es de 6 meses una vez por semana 4 horas, modo virtual también, nos vamos a capacitar todas las que trabajamos con niños porque necesitamos más herramientas.

Flavia: -Como las compañeras, ellas se pusieron al hombro eso sin saber nada y lo tuvieron que aprender, porque pensamos en lo mejor para todos los compañeros que laburamos, pagarle a alguien para que te cuide un pibe implica dejar todo el sueldo.

Alicia: -Yo arranqué con recolección y después me vieron un perfil para trabajar con chicos y me propusieron cambiar de espacio, al principio me costó, pero a mí me gusta, encontré algo que me gusta hacer, tengo mucha afinidad con los chicos y espero seguir. Voy a hacer los cursos, los talleres, eso me re gusta. Me gusta mucho ayudar a los chicos porque vienen y con su actitud reflejan que algo les está pasando. Ellos solitos vienen y te cuentan si tienen un problema en la casa, les re gusta venir, se van muy contentos y esa satisfacción de encontrarlos por la calle y que te digan Seño.

Neiza: –Están las compañeras que trabajan en Salud, las Promotoras de salud que se están capacitando para los puestos de vacunación no solo para los abuelos sino para el calendario de vacunación.

Se llama Club Popular El Dari. Se pensó en estar adentro del barrio, para que los chicos no estén todo el tiempo en la calle y tengan un espacio donde poder pensar de otra forma.

-¿Eso también organizado a través de ustedes?

Flavia: -Nosotros tenemos un grupo de Promotoras de Salud desde hace mucho tiempo. Tenemos una compañera de fierro que es María Elena, las compañeras van a los cursos, ayudan a los abuelos, tenemos ida y vuelta con los CESAC (Centros de Salud y Acción Comunitaria) eso está muy bueno laburarlo siempre y las compañeras están todos los días caminando o en cada esquina tomando la presión repartiendo volantes, haciendo prevención de un montón de cuestiones que tienen que ver con la salud. Toda esta semana estuvieron haciendo relevamiento de los abuelos de la edad que se tiene que vacunar ahora. Tienen un gran laburo las promotoras de salud, visitan a los abuelos para ver si necesitan una medicación o si necesitan insulina, van con enfermeras de la salita. Laburan todos los días. Lo que ellas se movieron durante la pandemia no lo hizo casi nadie.

-¿Y María Migliore, la ministra de Desarrollo Social de la ciudad? ¿Tienen contacto con ella?

Flavia: -Migliore tiene contacto con los punteros, acá no viene.

-¿El IFE cómo fue, pudieron cobrarlo los vecinos?

Flavia: -Sí, se pagó, pero no alcanza, para las compañeras es lo mínimo, no alcanza, fueron $10.000 y después está el Potenciar, pero con 20 lucas ¿qué hacés? no alcanza ni para 15 días. Hoy vas a comprar con $1000 y no traes ni 5 pesos de vuelto. Una familia numerosa, seis personas en la casa, olvidate. Es complejo, la guita no alcanza, con el IFE la fueron piloteando, iba a ser un desastre si el Gobierno no colaboraba con eso, pero lo sacaron.

*Parte de este trabajo fue elaborado en el contexto del Proyecto PISAC COVID 19 00014 «Heterogeneidad Estructural y Desigualdades Sociales – HEDeS-» financiado por la Agencia i + d + i, PISAC y CONICET. Argentina 

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