A PROPÓSITO DEL CANTO SURERO Y LA POLÍTICA

Por: Gerardo Fernández

En la música de la llanura pampeana están presentes la soledad del peón, el trabajo golondrina, la distancia de la persona amada, el horizonte largo. Sonidos y ritmos que parecieran estar ahí desde siempre, tanto en el paisaje como en el alma. “Lo social, contenido en un destello descriptivo de una injusticia evidente”, que no necesita hacerse explícito con una “bajada de línea”, asegura el autor de esta nota.

Si se sobrevuela el canto surero, esto es: José Larralde, Alberto Merlo, Omar Moreno Palacios o la más actual Lucía Ceresani, entre otros, puede surgir la impresión de que en su temática casi no se plantea confrontación entre la peonada y la patronal. O sea, la utopía de la transformación de los términos de la propiedad que posibilitan que el peón deje de ser proletario y el patrón la encarnación del burgués. Pero una mirada más aguda  sugiere que la canción surera, como parte de la canción popular, no tiene por qué confundirse con la proclama política, ya que, entre otras cosas, no siempre la canción testimonial tiene un valor trascendente y puede terminar degradándose. Quizá el paso de los años tenga algo que ver en el enfoque de este asunto y es posible que alguien que en su juventud buscó “la línea política” en discos, después entienda que así como la política viaja paralela a la moral, probablemente también vaya en paralelo la canción popular. A los pueblos (a la gente) le sucede el amor, los sentimientos como la venganza, el destrato, la traición, la admiración del paisaje. Resulta un tanto miope suponer que la canción popular debe privilegiar lo social y lo expresamente político. Lo puede “contener”, pero no es una bajada de línea, sino un destello descriptivo de una injusticia evidente, una burla, “algo más”.

 

Perderá el tiempo quien dedique horas a escuchar la obra de José Larralde o Alberto Merlo buscando la proclama política explícita. Seguramente encontrará alusiones y razonamientos que luego podrán entroncarse con un pensamiento político, pero su objetivo artístico es más trascendente, o si se quiere, su vuelo es más elevado.

Resulta un tanto miope suponer que la canción popular debe privilegiar lo social y lo expresamente político. Lo puede “contener”, pero no es una bajada de línea, sino un destello descriptivo de una injusticia evidente, una burla, “algo más”.

Si se repasa con atención el vasto repertorio de lo que se conoce como canción surera, que es música de la llanura pampeana que reconoce su ritmo más usual en la milonga, la cifra y el triunfo, hallará planteos que generalmente parten de la soledad, ya que el peón -especie en serio riesgo de extinción aunque ese no sea el motivo de esta nota- generalmente vive solo y en muchos casos proviene de aquellos conocidos como “mal entretenidos” que tan bien describe el Martín Fierro. Es el tipo que puede ser peón golondrina en una estancia en plena pampa húmeda y pocos meses después trabajar en el valle de Río Negro, en la recolección de fruta. De ahí, de esa cuestión, de esa soledad deviene el canto surero. Del calvario que significaba para un peón trabajar a varios kilómetros de su amada en un tiempo donde ni siquiera había teléfono para comunicarse. Pero además porque la vida en el campo está asociada desde siempre a la soledad.

 

Tuvieron que pasar algunas décadas para que aquel pibe que con gomera en mano se pasara las tardes en las vías cazando pájaros, un buen día descubriese que esa llanura explica casi toda su experiencia y alguna vez, transitando esas rutas desiertas, compruebe que ahí está su origen aunque lleve décadas sumergido en la gran ciudad. Ser de la pampa, crecer en medio de ese horizonte infinito, esos montes de eucaliptos, ver hacienda pastando y concurrir a  la escuela justo cuando empiezan a levantarse esas heladas machazas, predisponen al habitante de la región a recibir con naturalidad, vaya uno a saber a través de qué mecanismos de transmisión, sonidos y ritmos que parecieran estar ahí desde siempre, tanto en el paisaje como en el alma. Hablo de la cifra, la milonga, el estilo, el triunfo y tantos otros ritmos nacidos de ese territorio, ese clima y esos olores inconfundibles como el de la tierra cuando se empieza a humedecer con las primeras gotas de lluvia.

Ser de la pampa, crecer en medio de ese horizonte infinito, esos montes de eucaliptos, ver hacienda pastando y concurrir a  la escuela justo cuando empiezan a levantarse esas heladas machazas, predisponen al habitante de la región a recibir con naturalidad  sonidos y ritmos que parecieran estar ahí desde siempre, tanto en el paisaje como en el alma.

Luego de que todo esto se empieza a asentar en la conciencia es cuando se generan las condiciones para comprender la profundidad de la canción pampeana y su trascendencia por encima de la demanda de política en su poesía. Ahí se empieza a entender por qué Larralde en lugar de discursear grandilocuencias, dice que nadie salió a despedirlo cuando se fue de la estancia, despedido por el hijo del patrón ya muerto (“Cosas que pasan”), ese mismo jovencito que se crió a su lado y aprendió con él casi todo lo que sabe, y resulta que por una discusión zonza que se subió de tono terminó en que el peón debía marcharse para nunca más volver. O Alberto Merlo en su clásico “Mi peón Segundo Molina” relata el caso del peón que se instala a trabajar en un campo hasta que cuando viene el comisario a buscarlo por desertor el patrón le dice: “Cómo que no ha servido a la patria mi peón Segundo Molina, si lo visto levantarse de madrugada para hacer tal y tal cosa en el campo”. El estanciero entiende que Segundo Molina, al servirle a él ha hecho patria y ese es otro de los tantos debates que arrastramos: cabe preguntarse si efectivamente servirle a un terrateniente tiene algo que ver con servir a la patria. En el caso de estas dos obras no hay mención explícita a lo político. Y ojo que aquí no auspiciamos desentendernos de esa utopía, sino visualizar que la vida es una suma de contradicciones  lo suficientemente honda como para encorsetarla en un ritual militante. Lo político de estas milongas está, porque está arraigado a la descripción. Está en la misma “naturaleza” de la canción. Está porque no se puede esquivar. Pero en esa forma “natural” se enquista y resulta mucho más profundo el efecto sensible en quien escucha, que esa lírica política tan deliberada.

La mejor canción popular será aquella que represente de manera más fiel al pueblo trabajador, la que enarbole valores como el amor, la solidaridad y la justicia social.

Horacio Guarany compuso en los últimos años de su trayectoria “La villerita”. Un chamamé en la que, quizás, bajó más línea política que en toda su vastísima obra. Es la historia de una jovencita que se prostituye en la Panamericana y lo explica todo en unas pocas estrofas demoledoras. Entonces ¿si una canción no menta al obrero y al burgués pierde potencia transformadora? La mejor canción popular será aquella que represente de manera más fiel al pueblo trabajador, la que enarbole valores como el amor, la solidaridad y la justicia social. La canción popular que se nos ocurre necesaria es aquella que enarbole banderas de valores trascendentes.

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