CALÉ, EL ÚLTIMO BIZANTINO

Por: Lucas Nine

"Buenos Aires en Camiseta”, la página que Alejandro del Prado dibujó en la revista Rico Tipo desde comienzos de la década del 50 hasta su temprana muerte es un catálogo tipológico fundamental para entender la Argentina de esos años, con el raro extra de revistar en la vanguardia gráfica del siglo XX.

Los historiadores suelen poner fin al Imperio Romano de Oriente (Bizancio para los amigos) con la caída de la ciudad de Constantinopla a manos de los musulmanes, ocurrida en el año 1453. La fecha es arbitraria, dado que la cultura de Bizancio, eludiendo demarcaciones oficiales, desparramó ejemplos tanto por África como por Italia, Grecia o Rusia. Yo agregaría al barrio porteño de Villa Real a la lista y en materia de fechas me atrevería a sugerir como más conveniente la de 1963, año de la muerte de Calé, el autor de “Buenos Aires en Camiseta”.

Alejandro del Prado nació en Rosario en 1924, en el seno de una familia de artistas. Instalado en Buenos Aires, publicó sus primeros dibujos en los diarios “Democracia” y “El Laborista”, y en la revista “Descamisada”, todos de orientación peronista. El futbol y el tango fueron sus otras dos grandes pasiones: escribió columnas para la revista River Plate y hasta fue representante de la orquesta de Horacio Salgán. Como muchos de sus colegas, incursionó en la publicidad y el cartelismo, lo que explica el control milimétrico que poseía sobre recursos técnico-tipográficos que luego aparecerían en su obra. En suma, laburaba por cuatro. En una publicación chiquita llamada “Sucedió en la farra”, dio a conocer una página de dibujos titulada “Buenos Aires íntimo”. Esta serie llamó la atención de Guillermo Divito, que lo invitó a colaborar en las páginas de la célebre “Rico Tipo”. El resultado pasó a la historia.

«Buenos Aires en Camiseta” consiste en una serie de viñetas, sustentadas por un texto mínimo, que giran sobre los tópicos del baile, el colectivo, los amigos, etc. Su universo es el de los barrios populares de la Capital. El poder de observación que demuestra Calé hace honor a su alias y es aterrador: pulverizando los lugares comunes más transitados del “porteñismo”, su mirada atraviesa directamente las paredes de las casitas para exhibir a sus habitantes con temores y fantasías tan al aire que uno empieza a sospechar que lo de la camiseta es apenas un subterfugio dictado por el pudor.

Es que “Buenos Aires en Camiseta” es el lugar donde el costumbrismo pega la vuelta y se empieza a convertir en otra cosa. Como descubrió en algún artículo Juan Sasturain, la mirada de Calé tiende a disolver la distancia entre observador, protagonista y receptor, a diferencia de otros autores cuyas aproximaciones a los usos sociales se sostienen en la toma de distancia y el deschave del otro. Los hombres y mujeres de Calé no son nunca arquetipos, sino personas concretas. Peligrosamente concretas, como pude averiguar hace algunos años en el curso de una excursión a la pizzería “El Fortín” (Lope de Vega y Álvarez Jonte) para descubrir allí las caras exactas -un poco más trabajadas por los años- que poblaban sus páginas; rostros puntuales, factibles de ser señalados con el dedo. Mi primera intención -pedir un autógrafo al “dibujo” en lugar del dibujante que ya no está- fue rápidamente reemplazada por un desasosiego similar al que pudieran sentir los lectores del OrbisTertius de Borges viendo a la representación invadir la esfera de la realidad. Provocar este julepe cósmico queda reservado a los grandes artistas.

«Buenos Aires en Camiseta” consiste en una serie de viñetas, sustentadas por un texto mínimo, que giran sobre los tópicos del baile, el colectivo, los amigos, etc. Su universo es el de los barrios populares de la Capital.

“Dejalo que ya está”

La afirmación que precede a este párrafo, junto a la sugerencia “no lo toques más”, fue probablemente una de las frases más oídas por los dibujantes del pasado (sospecho que ahora no se usa tanto), pero Calé tiene que haberla escuchado más que el resto de sus colegas. Son famosos los telegramas que el editor Divito dirigía a Villa Real, suplicando por las dos páginas que faltaban para mandar la revista a imprenta. Es que Calé estaba siempre corrigiendo, retocando, redibujando. Se podría usar la palabra “maniático” si no fuese porque cada segundo extra puesto en el trabajo contaba y sonaba en una operación que era fundamentalmente cuerda; de manera que la gente con alguna cultura visual no tuviera más remedio que unirse al atorrante de barrio y admitir que su reflejo boquiabierto, puesto en página, era algo nunca antes visto. Esta paradoja aparente se resolvía en los 400 mil ejemplares semanales que vendía la revista de Divito en un país habitado por 20 millones de personas.

Según el dibujante Carlos Nine, “sus personajes de barrio bordeaban peligrosamente la abstracción y la pura geometría. Su colección de variaciones sobre jopos, peinados y cabelleras diversas era sencillamente alucinante. Los ritmos y grosores de sus rotundos trazos negros para representar arrugas, ceños fruncidos, narices, trajes cruzados, manos velludas, pechos y caderas, eran descomunales. Las diferentes texturas visuales (puntos, ondas, rayas, flores, cuadriculados, etc.) para tratar los ropajes de sus muchachas y muchachones nos retrotraía a pinturas persas o bizantinas, y a un sentido casi musical de la imagen. A esto se añadía una capacidad natural para las representaciones arquitectónicas donde se vivía esta comedia dramática que era la vida barrial de los 50, y que resultaba fundamental para comprender cierto costado ‘espacial’ del planteo
argumental.”

Según el dibujante Carlos Nine, “sus personajes de barrio bordeaban peligrosamente la abstracción y la pura geometría. Su colección de variaciones sobre jopos, peinados y cabelleras diversas era sencillamente alucinante.

Y, sin embargo, no existe un “estilo Calé”: hay como tres o cuatro. Sus últimos trabajos fueron la refundición de los viejos dibujos hechos para Rico Tipo. El objetivo fue filmarlos para un cortometraje que nunca llegó a ver, dirigido por Martin Schor. Cualquier otro se hubiese conformado con una ampliación de los popularísimos monos, de los que no habría que moverse un milímetro. Comparar estos dibujos finales con las versiones originales hace correr un sudor frío por la espalda: los personajes -o más bien, las piezas que componen a los personajes -se decantan en la búsqueda esencialista de una verdad última, la “peligrosa abstracción”que no desentonaría puesta en mosaicos en una catedral bizantina, aunque, tratándose de Calé sospecho que serían preferibles aquellos más modestos que se usan para decorar las pizzerías. La cuenta, por favor.

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