UN ARTISTA DEL PUEBLO

Por: Gerardo Fernández

¿Dónde radica el secreto de Jorge Cafrune? ¿Qué tiene para que quien lo escucha quede embrujado, como poseído ante este “artista del pueblo” que murió prematuramente cuando sólo tenía 40 años? ¿Cómo se explica que en la década del sesenta este cantor vendiera más de un millón de discos?

Algunos artistas tienen un alcance mayor. Sandro, Horacio Guarany, Mercedes Sosa y, claro, Jorge Cafrune, por nombrar unos pocos. El llamado cantante popular de raíz folklórica tiene algo que lo une directamente con el público. La conexión de algunos es relativa, la de otros, intensa, y la de unos pocos total y absoluta. Veamos el viaje que hacen las canciones: una misma canción interpretada por muchos artistas puede pasar como una más hasta que la entona esa figura excluyente y la transforma en un éxito, o, más aún, en un clásico. Por eso el intérprete “crea”. La canción tiene autores, pero el canto la completa.

La diferencia que distinguió a Cafrune radica en que los sectores populares lo vieron desde el vamos como uno de los suyos, un hombre de pueblo, de abajo y de a caballo, que entre tantos méritos tuvo el de saber elegir su repertorio, acomodarlo a su voz, a su forma más lenta. Cafrune, como esos jugadores que le ponen el ritmo al equipo, ¿como Riquelme?, sabía hacer suya la canción. Componía muy poco, casi nada, y alguna vez explicó que no se interesaba tanto por escribir sino por “ponerle voz” a las grandes obras de otros. Por eso hizo explotar “Chiquillada”, esa belleza de El Sabalero:

Pantalón cortito

bolsita de los recuerdos…

Y cuando le puso su voz y su guitarra a “El Orejano”, de otro oriental, Serafín García, esa canción se transformó en himno, uno que expresa las broncas de la mujer y el hombre de pueblo que sobrevive a duras penas viendo como los acomodados la viven tan fácil:

Yo sé que en el pago me tienen idea

porque a los que mandan no les cabresteo.

Cafrune fue la contracara de esa caricatura montada en un folklorismo impostado y banalmente paisajista, donde el conflicto del trabajador nunca “arruina” la escena. Ya sabemos de qué hablamos: abundan esas figuras de paternalismo conservador y por momentos reaccionario. En su rol de seleccionador acomodó la letra de “Coplas del Payador Perseguido” dejando lo que, según él, más importaba, y consiguió que hasta el día de hoy sea su versión de la obra la más escuchada, por encima de la de Atahualpa Yupanqui. Algo que no le causó ninguna gracia a Don Ata, por cierto. Su figura no fue la del líder tribunero, a lo Guarany, sino la del paisano que entona lo que le pasa al laburante en medio de una ronda en un boliche cualquiera en un mano a mano con los suyos.

Cafrune siempre entendió la dimensión política. De ahí el esfuerzo y el talento para escoger el repertorio entre miles de obras disponibles. Y así podía elegir y conmoverse con poetas como José Pedroni o sorprender a la comisión directiva de Cosquín y sin autorización ni previo aviso presentar a Mercedes Sosa ante la colmada plaza “Próspero Molina”.

A “La Negra” le pagó hasta el alojamiento. El escenario era un lugar político, de tensiones, de negociaciones, de arrojos. Dijo esa noche: “Yo me voy a atrever, porque es un atrevimiento lo que voy a hacer ahora. Y me voy a recibir un tirón de orejas por la Comisión, pero qué le vamos a hacer. Les voy a ofrecer el canto de una mujer purísima, que no ha tenido oportunidad de darlo. Y que, como les digo, aunque se arme bronca, les voy a dejar con ustedes a una tucumana: Mercedes Sosa.”

Veintisiete fueron los discos que grabó en su corta carrera. Es consignar algunos como “La Independencia”, que editó en CBS en 1965, una obra que sintetiza su mirada política sobre la patria. O el que publica en 1966: “El Chacho, Vida y muerte de un caudillo”, una obra conceptual dedicada al Chacho Peñaloza con letras de León Benarós. Fue por esa época que llega a Huanguelén, localidad del partido de Coronel Suárez en el sudeste de la provincia de Buenos Aires y conoce a un joven del lugar, era nada menos que José Larralde a quien invitaría a que lo acompañe en algunas de sus giras. En 1971 edita “Aquí me pongo a cantar cosas del Martín Fierro”. Cantó obras de Eduardo Falú y Jaime Dávalos, inmortalizó la “Zamba de mi esperanza”, “Milonga del peón de campo”, “Que seas vos”, “Chiquillada”, “Cuando llegue el alba”, “Virgen india” o “Zambita pa’ Don Rosendo”, entre otras. Podría decir “inserte aquí” su clásico de Cafrune favorito.

Amante como pocos del caballo, una vez dijo: “Nuestro canto nace de a caballo, nuestro hacer latinoamericano nace de a caballo y aún se le está debiendo el monumento a ese gran amigo del hombre que es el caballo”. Y este es otro pequeño gran detalle que funda su llegada a los más humildes: Cafrune era un hombre de a caballo, vivía montando y no sólo en las celebraciones.

La muerte lo halló el 31 de enero de 1978 iniciando una cabalgata desde Buenos Aires a Yapeyú, adonde iba a reunirse con otros diez mil jinetes llevando tierra de Boulogne Sur Mer. El 25 de febrero se cumplían los 200 años del nacimiento del general José de San Martín. Su plan era cabalgar 30 km por día y parar para actuar en los diversos pueblos por los que pasaba. No está claro si la camioneta Dodge que lo atropelló en Benavídez lo hizo a propósito o fue una simple desgracia. Murió a los 40 años. Ese enero había regresado al festival de Cosquín. Y a pedido del público había entonado la “Zamba de mi esperanza”, esa vieja zamba insólitamente prohibida y “El Orejano”, también prohibida por la dictadura. Así era “El Turco”. Tomaba el escenario por asalto y lo hacía suyo: para transgredir, para decir lo prohibido, para darle voz a los que no la tenían.

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