ARIEL RAMÍREZ, UN IMPRESCINDIBLE

Por: Gerardo Fernández

Una semblanza y un recuerdo para este gran compositor del folklore nacional.

Allá por las décadas del sesenta y setenta, cuando en la radio se pasaba música, y era algo más ágil que esta monotonía de las AM sobre-habladas de hoy, se escuchaban obras del LP Coronación del Folklore. Sonaba “El Paraná en una zamba” por Los Trovadores del Norte o sonaba Mercedes Sosa con obras de Mujeres Argentinas y la Cantata Sudamericana. A mediados de los sesenta el país fue conmovido por la aparición de “La Misa Criolla”, donde participaron Los Fronterizos, Domingo Cura y Jaime Torres, entre otros.

Pues bien, en nuestra música popular de aquellos años hay un nombre central y es el de Ariel Ramírez. Es imposible atravesar la historia de nuestro cancionero sin su presencia, siempre ubicado en el centro exacto del movimiento, siempre batallando entre la vanguardia y el conservadurismo y siempre ensanchando el rumbo de la “música popular del interior del país”, como sabiamente define Manolo Juárez a eso que equivocadamente denominamos “folklore”.

“Alfonsina y el mar” es lo más sublime de Ariel Ramírez porque es una de esas obras donde letra y música parecen imposibles de separar una de otra. Fue Ariel el que dio el puntapié inicial y compuso la música, motivado por los relatos de su padre, que había sido profesor de la poetisa. “Alfonsina y el mar” constituye una obra de arte por la dulzura con que Ariel imagina musicalmente ese “desenlace” para el que Félix Luna también encuentra palabras exactas. Cerrás los ojos al escuchar esta zamba y entrás en esa bella ensoñación que transforma la muerte en un canto a la vida.

El problema que tenemos para entender la importancia de Ariel es que nuestra vinculación con la música popular es muy posterior a su tiempo de gloria, entonces nos suena muy tradicional, antiguo. Por eso Jorge Lanata pisó el palito y quedó pagando de una manera enternecedora cuando allá por el 2000 entrevistando a Charly García intentó desvalorizar a Ariel:

-Yo lo escucho tocar a Ariel Ramírez y toca como una maestra del colegio…

-¿Te parece?

-Ojo, no es peyorativo lo que te digo pero es una manera que lo hace como más duro al  

 tocar. No va a pasar nada raro ahí…

-Pero seguramente todas las notas van a estar bien…

Charly puso las cosas en orden.

Ariel Ramírez es un músico decisivo de nuestra música popular. Y no hay que olvidar que todo lo referido a nuestra música está muy fresco. Sin ir más lejos fue “El Tata” Farías Gómez (el padre de Chango y Marián) uno de los primeros buceadores en cómo tocar una chacarera o una zamba en el piano. Aunque hoy nos parezca mentira hubo un tiempo donde alguien se sentó frente al piano o a otro instrumento y se preguntó, “¿cómo se tocaría un gato?”. Hay que la perspectiva histórica y ver que cuando arrancaron tipos como Atahualpa Yupanqui, Ariel Ramírez, “Tránsito” Cocomarola o Adolfo Ábalos, casi no había referencias, sencillamente no había “pasado” y mucho menos teoría. Prácticamente todo debía ser inventado, todo había que escribirlo por primera vez. Fundar una música, uniendo sonidos autóctonos con la información externa. Hay que imaginar ese tiempo histórico para empezar a comprender la importancia de Ariel Ramírez, concretamente remontarse a los años 40 del siglo pasado. Ariel, de hecho, grabó su primer disco de 78 R.P.M en 1946.

El alemán Joachim E. Berendt, uno de los mejores críticos de jazz de la historia, supo escribir que contrariamente a lo que pueda suponer cualquier fanático de la vanguardia jazzística, Louis Armstrong fue mucho más revolucionario que Charlie Parker o Miles Davis por la sencilla razón de que los cambios introducidos en el desarrollo del jazz entre el tiempo en que él comenzó a tocar y el tiempo de su retiro fueron mayores que los que introdujeron Bird o Miles, pero son tan lejanas esas innovaciones de Sachmo que hasta nos cuesta detectarlas cien años más tarde.

¿Algo similar ocurrirá con Ariel Ramírez? Nosotros crecimos cuando “Alfonsina y el mar”, “La Tristecita”, “El Paraná en una zamba” o la Cantata sudamericana ya estaban compuestas y grabadas. Crecimos con ese disco que grabó junto al Conjunto Ritmus, una formación de percusión sinfónica que por primera vez se reunía con un músico popular para amalgamar ambas corrientes (y tuvo que recurrir al “Chango” Farías Gómez para que les explicara a los integrantes de Ritmus cuáles eran los patrones básicos de nuestra música folklórica). Pero todo eso debió ser inventado y craneado alguna vez. Por eso nos cuesta tomar conciencia de la profundidad su obra y por eso el mejor homenaje que se le puede hacer a don Ariel es tratar de entender lo complejo que era componer y tocar nuestros ritmos cuando casi no había referencias.

Su hija Laura me contó que de chiquita cuando lo acompañaba al estudio de grabación de la Phonogram, en Freire y La Pampa, donde ahora está el Colegio Pestalozzi. Para grabar en aquellos tiempos tenían que respetar los horarios del ferrocarril, que está a una cuadra, y detener la grabación cuando pasaban los trenes por razones obvias. Esta anécdota, que da una imagen de suma precariedad desde lo tecnológico, quizá sirva para darnos una idea de cómo fueron aquellos años y entender desde dónde arrancaron estos tipos que fueron los constructores de los cimientos, los que levantaron la casa sonora que luego fuimos habitando las generaciones posteriores. Ariel Ramírez logró que muchas de sus obras sean conocidas por el pueblo y que ese pueblo ignore su autoría, lo que constituye quizás el logro más ansiado por un músico popular. Y también fue quien le suministró la infraestructura nada menos que a Mercedes Sosa para su despegue, ya que esta tucumana que había sido presentada de contrabando por Jorge Cafrune en aquel festival de Cosquín en 1967 se instaló definitivamente como la gran voz de nuestra música cuando Ariel le escribió “Mujeres Argentinas” con letras de Félix Luna. (Ariel llegó a ser envidiado hasta por Astor Piazzolla, que valoraba su capacidad como compositor).

Alguna vez circuló por ciertos cenáculos un chiste horrendo que reza “Vendo piano en prefecto estado, poco uso en el medio, firmado: Ariel Ramírez”. Un chiste que describe a la perfección ese amor masturbatorio por la digitación desenfrenada, propia de incapaces para entender la grandeza artística de resolver con unas pocas notas justas y colocadas con precisión el desarrollo de una canción. Los grandes compositores de canciones populares no quedaron en la historia por eso que Paquito D’Rivera denomina “Turbo Music”, sino por encontrar las notas apropiadas para redondear una canción que con su justa belleza penetre en el alma del pueblo. Ariel Ramírez se especializó en esto, nada menos.

También fue importantísimo en todo lo referido a los derechos autorales. Durante cinco períodos fue presidente de SADAIC (Sociedad Argentina de Autores y Compositores) porque también hubo que pensar y gestionar una política gremial en defensa de los músicos. Y ahí también su figura ocupa un lugar destacado.

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